Miscelánea

Tres yemas, seis pulgares. El arte de podar(se)

Solo tres. Lo miro. Nos miramos. Es lo más complicado de podar: limitarse a eso. Se empieza a cortar y dan ganas de seguir picando yemas como si fueran malos recuerdos. La poda se resume en eso: inclinarse. Creo que cuando uno es inmigrante no para de inclinarse.

La furgoneta Ford culebrea la cuesta en un llano de los campos de La Rioja, norte de España. Hace menos dos grados fuera y dentro más de veinte.

En la radio vuelven a repetir las cifras de contagios y de muertos: más de cien mil contagios y miles de muertos. No queremos saber más nada de ese virus. Es un tema omitido. En la vida vamos omitiendo situaciones; esta es una, pero ella no nos omite. Nos cerca y nos trae aquí.

El chofer gira el dial y sintoniza Tire Pa’ ‘Lante de Daddy Yankee, sube el volumen. Nos gusta.

Hay un olor penetrante que no se quita del aire. Apesta. Sale de alguno de los compañeros del viaje: el ghanés, alto, barbudo, con cráteres en la cara y una pelambre vieja. El salvadoreño, bajito, barrigón. No habla nunca. El marroquí, bajo y delgado, no sabe español. El boliviano, la misma cara de Atahualpa, habla mucho, nunca calla. La peste da ganas de tirarse por la ventanilla. Aún no sé precisar de quién sale.

El jefe de la cuadrilla es un colombiano, tan amargo como la sal. Ahí vamos.

Nos reunimos en un lugar intrincado, cada uno va como puede hasta ese punto.

El trabajo se organiza rápido: dentro del piso de la furgoneta están las tijeras de podar. Largas, afiladas. Rojas, a veces negras. Además de guantes, es lo único que se necesita. Comenzamos apenas amanece.

Somos subcontratos de un subcontrato. Es una ecuación matemática simple: el dueño de las viñas contrata a «X» y esta «X» contrata a «Y» y esta «Y» contrata a unos (…….), esos seis o siete puntos que somos nosotros, que ahora bajamos del furgón americano y el frío nos da en la cara que es lo único desprotegido que llevamos, salvo por la mascarilla que en mi caso llamo bozal.

Quien inicia la ecuación va restando los dineros, que es la única razón por la cual uno se levanta; sale disparado para ese lugar de encuentro, se mete dentro del olor de puñeta, ya pegado en la ropa, y se somete a doblarse hasta allá abajo, hasta la cepa de la uva que muchas veces es un tronquito pequeño, justo en los pies.

La ecuación no para de restar dineros. A los seis o siete puntos dentro del paréntesis nos pagarán la hora a cinco o seis euros. Al total se le restan cinco euros por el viaje en el furgón.

Por ese puñado de euros nos agachamos y empezamos la poda: que pueden ser dos o tres yemas por pulgar. La yema son los retoños y el pulgar las ramas. Cada cepa debe tener seis pulgares. Se corta como indica la X mencionada arriba, y el colombiano lo hace cumplir. Nos vigila, es un nervio con pies y muchos ojos. No para el cabrón. Va de aquí para allá y viceversa.

Lo miramos. Él nos mira a todos. Camina. Explica que es a tres yemas por pulgar. Lo repite. Solo habla de eso y de la música salsa de Cali, de las mujeres caleñas. Su repertorio se reduce a eso: las yemas, el pulgar, la cepa, las caleñas y la salsa. Ahora habla de las yemas, que dejemos solo tres. Tres, repite, y empieza a nevar.

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