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Georges Simenon en la Habana

Un oficial de inmigración de Estados Unidos, uno de esos sujetos anodinos que se clonan en las kafkianas oficinas de frontera de cualquier país es el culpable que Georges Simenon deambule, casi un mes, junto a D. [Denise Ouimet, su segunda esposa] y sus dos hijos por una Habana llena de miseria, calor y vida nocturna. Todo aparece en su monumental libro Memorias íntimas.[1]

Es 1947. Cuba después de haberle declarado la guerra a Alemania pugna por salir adelante en paz, solo lucha con sus propias adversidades e imposibilidades, que son muchas. La Constitución del Cuarenta da un respiro y ofrece una plataforma de legalidad que como se sabe es muy endeble para la sarta de matones que bullen en la ciudad detrás del poder. Pende sobre este una amenaza que se respira y prospera una vida nocturna que ya quisieran Gomorra y Sodoma.

La filosofía de Yarini, el chulo tropical macho, remacho, y su barrio de tolerancia es solo recuerdo, símbolo. Ya el barrio del chulo es metástasis, es la ciudad. La noche cubana es una larga cama que se ofrece por unos cuantos dólares o quizá menos. Es el relajo como filosofía nacional. Al menos para el visitante la Habana ha sido tomada por un espíritu juerguista y prosaico.

Así lo cree ver Simenon en su visita azarosa a una ciudad que lo cautiva y mete de cabeza en orgías donde el voyerismo y el ménage à trois llevan la voz cantante. Cualesquiera que fueran las habaneras que ejercieron ‘el oficio’ entre Georges Simenon y D., quizá lo último que supieron es que se habían acostado o «divertido» con uno de los autores más fecundos, seductores y temperamentales del siglo xx.

A la primera integrante del ménage à trois se refiere como: «una chica negra hermosísima y con un cuerpo sin defecto alguno» y más adelante en las esperas habaneras el director del hotel donde se hospeda, que él cree pertenece al sindicato, Mafia, le recomienda otra casa de cita muy famosa entre turistas norteamericanos, y allí aparecen las siguientes: «Elegimos a dos mujeres, una rubia procedente de Dios sabe dónde, y una mulata bella y lasciva. En el patio, bebemos con ellas. Luego nos llevan a una habitación, donde estaremos cerca de dos horas. D. lo pasa tan bien que volvemos dos, tres veces, quizá más. La rubia nos regala, ruborosa, una foto suya, desnuda, en gran formato, y nos la dedica a los dos.»

Los nombres de las prostitutas no figuran pero dejaron marca en la afición que adquirió D. por ese tipo de relación. Afición que es un síntoma más de su enfermedad mental que conduce el matrimonio por un camino incierto, lleno de dolor y desamparo.

Lleva Georges Joseph Christian Simenon más de medio año deambulando por Estados Unidos, lo recorre como un loco en su régimen de vivir a tope y absorber la vida. Es un autor prolífico. Uno de los más prolíficos de la historia de la literatura. Solo necesita un trámite para hacerse residente allí: debe salir y volver a ingresar porque su pasaporte lleva un membrete de «Government Official» que lo hace ‘misionero’ del gobierno francés y le imposibilita la otorgación de la residencia. Cuba, le dice el oficial, queda cerca y de Miami salen muchos vuelos.

Se realiza el viaje a la isla y comienza la gestión del visado que demora mucho más de lo previsto. Entonces comienza la estancia para él en la Habana y en su noche. Que descubre pueden ser dos ciudades.

En la Habana el embajador norteamericano en persona le oficia de guía: lo escolta, le indica lugares, ofrece servicios de representación, y por último lo despide. También el embajador francés lo acoge con estima, así lo refiere Simenon en sus memorias: «… buen amigo. Es un hombre soltero, culto y gourmet. Comemos varias veces en su casa…», y como curiosidad apunta que tiene un prófugo de la justicia como chef: «y nos revela que su cocinero es un preso evadido de un penal.»

Debió parecerle la Habana una ciudad dislocada. Toma al vuelo algunas impresiones:

Calor: «El calor resulta mucho más agobiante que en Florida. Apenas se acuesta uno y las sábanas ya están empapadas. De noche se duerme mal, y de día no se puede a causa de las voces y de los cantos de las mujeres de afuera.»

Ruido: «La ciudad es ruidosa, los tranvías llevan a cuestas racimos humanos que uno siempre teme ver caer; los autos, muy viejos, se cruzan en todos los sentidos, se suben a las aceras y se acometen estridentemente con el claxon. El barullo es ensordecedor.

Al anochecer, en el Prado, se pasean grupos de muchachas, casi todas hermosas, mientras chicos de camisa blanca las piropean provocando alegres carcajadas.»

Pobreza: «Muchos mendigos por las calles, sobre todo mendigos cubiertos de andrajos que llevan en brazos a un niño lloroso.

–Alquilan los bebés por días. Las mujeres llevan en la mano una aguja con la que los pinchan cuando se acerca un posible cliente de próspera apariencia.»

Riqueza: «En La Habana hay fortunas iguales a las de Texas: los cinco o seis fabricantes de puros, por ejemplo, o los propietarios de las plantaciones de caña de azúcar. El dueño de la marca de habanos más célebre del mundo casó a su hija durante nuestra estancia en el país. Para esta fiesta, mandó venir de Estados Unidos a los dos conjuntos de jazz más conocidos. Se dice que, sólo en flores, gastó cincuenta mil dólares. Y que la fiesta le costó más de un millón.»

Esclarecido el estatus de Simenon con el gobierno francés obtiene el visado. De la embajada norteamericana anota: «Casi siento vergüenza al ver la cola que se prolonga ante la embajada, con gente que ha pasado toda la noche esperando y que tendrá, probablemente, que pasar aún una noche más».

Quizá la misma cola que  vio Simenon aquel día, nos decimos, es la cinta humana que permanecerá por años allí, a la vera de una visa tal como el creador del célebre comisario Maigret.

Antes eran solo D. y Simenon y una relación que se derrumba ahora se suma la afición de D. por los ménage à trois que ha recabado en la Habana y les provocará otros sinsabores a la pareja que va sin freno camino al desastre.

Lo último que beben es un daiquirí, para muchos la bebida nacional. Del otro lado del canal los espera un reluciente Buick para cruzar las zonas pantanosas de la Florida.


[1] Todas las citas proceden del libro: Georges Simenon: Memorias íntimas, capítulo XXVII, sin paginado. (Versión digital del autor).

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Un país zombi y Pello el Afrokán

La historia de Cuba también puede contarse a través de sus actos de repudio. Un vademécum apretado y preciso compendiaría ese recorrido por la historia de un archipiélago que tiene oficio en el arte de lo grande pero ese trazado está permeado de esas bajezas, de esas lengüetas en la narrativa del cuerpo nacional.

Un acto de repudio en Cuba contra un opositor procura en el fondo vaciarlo de significado; dejarlo sin su capacidad de expresión social; sin su estatura; sin su dignidad de ser contrario, llanamente: ningunearlo. Y es un crimen.

Esa ceremonia del poder la podríamos empotrar en algún resquicio del choteo cubano, la conocida maniobra insular de tirar a mierda cualquier acto trascendente. Pero es un simulacro que pretende igualar, y a la larga, desautorizar al otro que se impone, se manifiesta, se erige en portador de una verdad, de su verdad.

Pero en un país como Cuba, privado de democracia, donde se ensaya una sola verdad desde la narrativa del poder eso no es posible.

Un estado que ejecuta metódicamente un asesinato de reputación no es un estado, es una factoría con capacidad legislativa y actuar delictivo.

Y tiene ese estado, porque allí todo es suyo o le da el visto bueno, la responsabilidad en ese sentido: si se lanza una piedra o un coctel molotov contra un opositor detrás estará el estado cubano o esa zona franca que es Villa Marista: a estas alturas quizá algún coronel dirige todo el país a través de su walkie talkie.

Y desde ese territorio minúsculo que es su buró, donde bebe su café, resopla con hastío, ese coronel echa a andar a todo un país. Ese, su país; ese, un país zombi.

7366 kilómetros es la distancia física que puede separarte del origen natal pero desde cualquier lugar se puede estar cerca, incluso desde esa lejanía algunos pueden ver mucho mejor. Es la obsesión, la fe de miles de los que viven lejos, de los que han decidido alejarse pero pretenden y asumen que eso no implica abandono ni impide participar.

La gravitación de Cuba ante un país tan poderoso como Estados Unidos de América: ya sea por negación o por aceptación, ha definido a cada generación política y desde ese corsé han anclado los límites de los proyectos de país junto a sus posibles coordenadas de sobrevivencia.

Desde que los patricios de la nación, muchas veces hijos del rico colonialista español, vislumbraron la posibilidad de quitarse de encima al gobierno español, la circunstancia de tener cerca a vecinos tan ricos, aupados por el aura de libertad, condicionó ese camino.

Y en ese instante estaba ya la figura del voluntario como protagonista del acto de repudio junto a la sospecha de pretender, el opositor que lucha contra el poder imperante, la solapada anexión a la nación norteamericana. Esa última es la mayor mácula y saeta que invade cualquier proyecto político, lo escuece y lo zarandea.

No importa que todo movimiento libertario en Cuba haya sido ayudado de algún grado desde Estados Unidos, esa asistencia es una carga difícil de soportar y un error estratégico en lo ideológico a la hora de blasonar la futura independencia.

Los métodos usados por la prensa cubana en el siglo XXI parecen calcos a las del siglo XIX. Cuando no hay libertad de pensamiento todo se asemeja.

Y el acto de repudio es el mismo en el siglo XIX, XX o XXI: siempre una masa acéfala que agrede física o verbalmente al otro. Que asalta su espacio e intimida. Siempre con el apoyo tácito del gobierno que deja hacer desde la complicidad de la tolerancia o activamente con sus efectivos muchas veces de civil.

Hace décadas es un secreto a voces que cada efectivo de Tropas Especiales o del Minint en la Habana revolucionaria tiene entre sus uniformes reglamentarios uno del Contingente Obrero Blas Roca Calderío, otro de miliciano, además sus ropas de civil que emplean según el cuadro operativo.

Siempre el acto de repudio envilece y mata. Coarta la libertad de pensamiento y de movimiento. Es un crimen. Cuando se articula como expresión estatal a mitad del siglo XIX junto al cuerpo de voluntarios tienen los mismos rasgos que hoy. Una turba desprovista de legalidad que arrecia la presión social contra los núcleos opositores al poder. Baste solo recordar los sucesos del teatro Villanueva en 1869.

Unos años antes El Conde de Pozos Dulces reclamaba a aquella prensa virulenta de la Habana lo mismo que se le reclama hoy:

Confiados en el sentido común de los lectores, jamás hemos querido ocuparnos del periodismo habanero, sino para desahogar accesos de hilaridad que no otra cosa nos ha inspirado siempre la quijotesca y mercenaria defensa del gobierno (…) Personajes de mala ley que jamás supieron ganar el pan en el campo del trabajo y de la industria; que ni en la categoría de empleados tuvieron nunca la moderación suficiente para no abusar de la rapacidad tan lícita y provocativa en el mecanismo burocrático de nuestra administración; acogidos hoy al seguro de la impunidad que procuran siempre la celebración de la fuerza y la adulación al poder… [1]

Cuando el acto de repudio es enaltecido desde el gobierno esa turba que lo ejecuta cree festivamente que hace el bien y más si cuenta con el visto bueno de los medios de comunicación que los promueve con difamaciones o inexactitudes: asesinatos de reputación.

Entonces en ese contexto estamos asistiendo a un crimen de estado y muchas veces en esa clave festiva. Es tal la degradación moral que asistimos a una manifestación zombi. Un alarde de expresión corporal, una catarsis.

Si se analiza distintos testimonios visuales de algunos de esos actos de repudio en Cuba podemos ver la similitud entre estos y las propias expresiones carnavalescas de la cultura cubana: gritos, bailes, avanzadas a ritmo de conga; cuerpos que se pegan; violencia verbal y física; bramidos guturales, manos que se alzan y amenazan, invocaciones de pertenencia  y golpes en pecho, movimientos sincronizados en una puesta en escena para el poder.

Ese segmento memorable en el inicio del filme Memorias del Subdesarrollo, con música de Pello el Afrokán, sería la banda de música arquetípica para el acto de repudio. Allí vemos cómo dentro de la fiesta se comete un asesinato. La turba gira y gira, manotea, grita, ríe, bebe, no se desconcierta, abre momentáneamente un redondel en su cuerpo, y deja pasar el cuerpo del caído que es alzado en manos del poder, mira de reojo y prosigue en el baile.

Un baile que no cesa. El baile de la historia.

En Cuba, ni pensando igual que el poder se está exento de sufrir un acto de repudio. El Poeta Nacional Nicolás Guillén, en los años sesenta sufrió también el suyo. Lo vivió su esposa a 17 pisos por encima de la concentración que gritaba, según narra Guillermo Cabrera Infante en Vidas para leerlas: ¡Nicolás, tú no trabajas ná!/ ¡Nicolás, tú no eres poeta ni ná!

Poco antes, en la Universidad de la Habana, Fidel Castro, había dudado de la entrega del Poeta Nacional al trabajo productivo de la nación y había ensalzado al Indio Naborí que publicaba un poema casi a diario en la prensa.

Rebellón, es ese clásico funcionario de segunda que con el tiempo lo hacen desaparecer, guió a los estudiantes a la tángana a Guillén. Cada generación tiene sus oscuros funcionarios y sus voluntarios y sobre todo un pueblo que sabe mirar para el lugar indicado del baile para no ver nada, para seguir bailando.


[1] Francisco de Frías, Conde de Pozos Dulces: periódico La Verdad, 25 de diciembre de 1854.

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