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LA MOSCA

“Alrededor de mis fríos despojos,

 en el aire zumbaban insectos…”

J. CASAL

Llueve. Las gotas intentan destruir con su frecuencia la superficie de los charcos. Te resguardas en el portal. Pasas la mano derecha por el rostro. Con el movimiento arrastras los pequeños caudales que corren desde la gorra sucia. Das un manotazo: intentas alejar una mosca impertinente. No la alcanzas. Esperas… Insiste, ahora en el antebrazo. Lo mueves y se dirige al mostrador. Se posa en el labio de la dependienta. Miras a la mujer resoplar, salpicada de sangre como un verdugo de la comuna, y la mosca se oculta en la parte posterior de la puerta del establecimiento. No la puedes ver, la imaginas limpiándose las patas delanteras. Pides el último… Nadie responde. Maldices en voz alta y algunos vuelven hacia tu lado la cabeza, es solo un segundo, después vuelven a sus asuntos. La dependienta gira su cuerpo violentamente, te asombra que no haya cortado de cuajo algún cuello de los clientes que la aorralan, intentando llevarse una porción de huesos. La mosca da dos recorridos en redondo, se detiene en el mango del cuchillo y cuando la dependienta intenta trincar otra vez levanta vuelo. Vuelves a pedir el último. Responden al otro extremo, le preguntas detrás de quién va. No parece entenderte. Intentas de nuevo. No responde, desistes. Será más fácil seguir a la vieja que a la mosca, te dices. Vuelves a mirar al mostrador y ahí está, allí mismo sobre el borde metálico. Sientes una leve felicidad. Un cliente se acerca y toma vuelo azarosamente. Se posa en el labio inferior de la dependienta. Molesta, gira el cuerpo, el cuchillo sigue el recorrido del brazo derecho y abre en canal el cuello del cliente más próximo. Alguien grita desgarradamente. El hombre cae. Abres un espacio entre los dedos que te cubren los ojos y en un atisbo, antes de emprender el vuelo, la ves posada, limpiándose las patas delanteras con agilidad, diríase complacida, en el borde metálico del mostrador inundado en sangre.

La Campana, década del 2000

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En el No Lugar del globo

Como el desplome de un juego de naipes en el lomo del globo es la clausura de un modo de vida que parecía inamovible y ese pulso fallido contra la pandemia ha puesto en jaque lo conocido.

La trasmisión del virus Covid-19 ha sido el as que nadie predijo más allá de las teorías conspirativas.

El estado actual de desamparo durará mucho más, al menos por los próximos meses ni de las previsiones más optimistas se deduce que estemos a salvo: incluso con una vacuna exprés. Algo sin parangón en la historia universal.

Si la globalización tiene una cara horrorosa es esta: la indefensión, la nula independencia, la falta de privacidad personal y nacional. Ya nos ha quedado claro la orfandad: esta distopía la empotró en nuestra memoria colectiva.

El mundo es un NO LUGAR. Ese concepto acuñado por el francés Marc Augé: porque más allá de ensoñaciones patrioteras y de la archivística tradicional de ideologías y nacionalismos, estamos a merced de algo tan simple como un catarro que cualquier compañero de viaje nos echa encima y ante eso el sentido de propiedad, de cuerpo, de independencia, ha desaparecido.

Todo el ego y la belleza humana acumulada en miles de años de cultura, todo el sentido de antropocentrismo se ha refugiado detrás de unos centímetros de gasas de poliéster.

Ha vuelto el miedo ancestral.

Y ningún presupuesto previó defendernos de una nadería así. De la sintomatología de un refriado que nos sorprende en el incierto horizonte de un café, una habitación, una cama, una calle, un aeropuerto o una terminal, esos lugares asumidos en nuestras rutinas habituales en los cuales ya no nos sentimos seguros.

Casi todas las estrategias trazadas por los países han sido fallidas: no ha existido una posición eficiente: lo común ha sido el desastre y vivir en una aldea planetaria es un elemento desfavorecedor, otra debilidad a la hora de enfrentar el futuro inmediato.

El origen del virus fue una provincia China, y el proceder de ese gobierno, lento, ocultando desde el inicio el problema ha ayudado a la propagación y al estado actual. Es el proceder habitual en países donde no hay libertad de expresión y los gobiernos pisotean los derechos.

En estos meses hemos visto ubicar en lugares privilegiados de la cadena informativa a agoreros, a pitonisas y publicaciones en cualquier formato que previeron o informan del futuro ante este escenario.

Estamos hoy otra vez agachados ante el chamán de la tribu, horrorizados del relato que nos echa encima y sobre todo del sentido de su respiración, de las gotitas de su saliva.

Desamparados como nunca.

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Tres yemas, seis pulgares. El arte de podar(se)

Solo tres. Lo miro. Nos miramos. Es lo más complicado de podar: limitarse a eso. Se empieza a cortar y dan ganas de seguir picando yemas como si fueran malos recuerdos. La poda se resume en eso: inclinarse. Creo que cuando uno es inmigrante no para de inclinarse.

La furgoneta Ford culebrea la cuesta en un llano de los campos de La Rioja, norte de España. Hace menos dos grados fuera y dentro más de veinte.

En la radio vuelven a repetir las cifras de contagios y de muertos: más de cien mil contagios y miles de muertos. No queremos saber más nada de ese virus. Es un tema omitido. En la vida vamos omitiendo situaciones; esta es una, pero ella no nos omite. Nos cerca y nos trae aquí.

El chofer gira el dial y sintoniza Tire Pa’ ‘Lante de Daddy Yankee, sube el volumen. Nos gusta.

Hay un olor penetrante que no se quita del aire. Apesta. Sale de alguno de los compañeros del viaje: el ghanés, alto, barbudo, con cráteres en la cara y una pelambre vieja. El salvadoreño, bajito, barrigón. No habla nunca. El marroquí, bajo y delgado, no sabe español. El boliviano, la misma cara de Atahualpa, habla mucho, nunca calla. La peste da ganas de tirarse por la ventanilla. Aún no sé precisar de quién sale.

El jefe de la cuadrilla es un colombiano, tan amargo como la sal. Ahí vamos.

Nos reunimos en un lugar intrincado, cada uno va como puede hasta ese punto.

El trabajo se organiza rápido: dentro del piso de la furgoneta están las tijeras de podar. Largas, afiladas. Rojas, a veces negras. Además de guantes, es lo único que se necesita. Comenzamos apenas amanece.

Somos subcontratos de un subcontrato. Es una ecuación matemática simple: el dueño de las viñas contrata a «X» y esta «X» contrata a «Y» y esta «Y» contrata a unos (…….), esos seis o siete puntos que somos nosotros, que ahora bajamos del furgón americano y el frío nos da en la cara que es lo único desprotegido que llevamos, salvo por la mascarilla que en mi caso llamo bozal.

Quien inicia la ecuación va restando los dineros, que es la única razón por la cual uno se levanta; sale disparado para ese lugar de encuentro, se mete dentro del olor de puñeta, ya pegado en la ropa, y se somete a doblarse hasta allá abajo, hasta la cepa de la uva que muchas veces es un tronquito pequeño, justo en los pies.

La ecuación no para de restar dineros. A los seis o siete puntos dentro del paréntesis nos pagarán la hora a cinco o seis euros. Al total se le restan cinco euros por el viaje en el furgón.

Por ese puñado de euros nos agachamos y empezamos la poda: que pueden ser dos o tres yemas por pulgar. La yema son los retoños y el pulgar las ramas. Cada cepa debe tener seis pulgares. Se corta como indica la X mencionada arriba, y el colombiano lo hace cumplir. Nos vigila, es un nervio con pies y muchos ojos. No para el cabrón. Va de aquí para allá y viceversa.

Lo miramos. Él nos mira a todos. Camina. Explica que es a tres yemas por pulgar. Lo repite. Solo habla de eso y de la música salsa de Cali, de las mujeres caleñas. Su repertorio se reduce a eso: las yemas, el pulgar, la cepa, las caleñas y la salsa. Ahora habla de las yemas, que dejemos solo tres. Tres, repite, y empieza a nevar.

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