Reseñas

125 mililitros de dentífrico u otras verdades del glaucoma editorial

El diario El país, uno de los más influyentes de España, tras una votación entre «100 críticos, escritores y periodistas» ha dado como la mejor obra literaria de España en el año 2020 a Un amor de la escritora española Sara Mesa.

Negar que sea una narradora destacada es faltar a la verdad: y esta verdad es un manojo de obras que ha editado Anagrama, sello editorial sacralizador si los hay.

Otra verdad a tener en cuenta: «un libro se produce como se produce un chorizo», como siempre recuerda un destacado editor.

Y ese enunciado, con su imagen peregrina, para los que lo vean un libro solo en su halo romántico encierra comprensión del sector editorial.

Más allá de lo epatante de la frase: se producen miles de libros con el mismo afán que se producen miles de chorizos o cualquier otro bien y se tratan de vender como tales. Quizá la única verdad detrás de todos esos hits parade que nos empotran cada cierto tiempo sea ese mecanismo de vendernos el «artefacto» libro.

La industria editorial española es de las más pujantes en el sector internacional a pesar de todo lo deteriorado del sistema: con tantos contratiempos y adecuaciones ante los avances tecnológicos, ante las maneras de afrontar la lectura millones de lectores ya casi solo de pantallas digitales.

Por ello es interesante ver qué obras se ubican en las más valoradas cada año y así auscultar el estado de la lectura y del sistema editorial.

Se sabe que un periódico no jerarquiza literariamente ningún libro más allá de un tiempo limitado; que haría falta generaciones de lectores y ubicarse en las principales academias como obra de estudio por mucho tiempo y ni así la canonización es segura.

Un periódico no te vuelve un clásico, pero te ayuda mucho a vender y mucho más a confundir a los lectores.

Cualquier lector que abra Un amor descubrirá una novela de 192 páginas escrita con oficio, pero no mucho más.

Nat, el personaje, huye de un hecho vergonzoso —un robo innecesario en la empresa que laboraba— y recala en un caserío perdido donde todos se conocen y existe un raro equilibrio. Un ecosistema cerrado: una de esas aldeas de la llamada España vaciada, aunque el sitio qué más da, pudo ser en Ámsterdam

Allí intenta recomenzar su vida haciendo traducciones. Así presenciamos muchas dudas que surgen del texto a traducir y se vuelcan en su propia vida en un proceso de osmosis casi mise en abyme hasta que la gestión de traductora, Nat, la abandona inmersa en la vorágine de hechos.

La Escapa, el pueblo, está coronado por la silueta de una elevación: El Glauco, y ese nombre ella lo analiza como objeto de traducción: «Glauco es un nombre feo, sin duda; ella deduce que se debe a su color pálido y macilento. La palabra glauco le recuerda un ojo enfermo, con conjuntivitis, o esos ojos propios de los ancianos, vidriosos y enrojecidos, como empañados. Ella misma comprende que se está dejando contaminar por el significado de glaucoma. Casualmente la palabra glauco había aparecido en el libro que intenta traducir, atribuida al personaje principal, el padre temible que en un momento dado suelta una imprecación muy dolorosa para uno de sus hijos, algo que, según el texto, hace clavándole su mirada glauca. Al principio, Nat pensó en una afección de los ojos, pero luego comprendió que una mirada glauca es, simplemente, una mirada vacía, inexpresiva, el tipo de mirada en la que la pupila permanece muerta, casi opaca[1]

Nat, tal parece que vive con glaucoma: con ojos «vidriosos y enrojecidos, como empañados» se deja conducir, se somete sin mucha resistencia a fuerzas exteriores: un casero abusivo y avasallador, que la exprime económicamente y psicológicamente; Píter, un vecino amable que la adentra en el universo pueblerino pero llegado el momento la traiciona y denuncia; El Alemán, con quien un trueque le hace nacer una obsesión amorosa que no sabe manejar y la conduce a huir del pueblo.

Hay escenas donde el sometimiento, la culpa, la expiación se manifiesta y Nat se debate entre conatos de rebelión o doblegarse.

Se le reclama que no pertenece al lugar, un sitio donde se maneja la existencia con otros códigos que ella no entenderá: no por ser mujer sino por entender la vida y sus necesidades de otra manera. Eso le señala El Alemán antes de romper la relación:

«Nat se muerde los labios, contesta con las lágrimas contenidas.

—Hablas como mi casero. Con el mismo desprecio. Os sentís por encima del resto.

—Porque tu casero tiene razón. Aquí nos manejamos con otras reglas. Y tú no las entiendes. No es que no las asumas. Es que eres incapaz de entenderlas.

—¿Qué reglas? ¿A qué reglas te refieres? ¿A cambiar mano de obra por sexo, por ejemplo?»[2]

Algún crítico ha dicho que Un amor solo pudo ser escrito por una mujer «por un tipo de mirada sobre el deseo», es como si se dijera que Moby Dick​ solo pudo ser escrito por un pescador de los mares japoneses por «un tipo de mirada sobre las ballenas».

Leer Un amor no deja indiferente al lector. Adentrase en un personaje bien logrado siempre provoca eso. Y Sara Mesa tal parece que los cerca, que los ubica allá abajo y sitúa al lector en un panóptico a lo Jeremy Bentham.

Qué vieron los cien críticos convocados por diario El país que ha posicionado a Un amor como la obra más sobresaliente de España en 2020?

Quizá nunca lo sabemos cómo quizá nunca sabremos qué criterios usaron para tal selección a no ser el respaldo de un manojo de reseñas laudatorias que podemos ver en la ficha del libro en el sitio web de Anagrama.

Como tampoco nunca sabremos la marca comercial del misterioso dentífrico 125 mililitros que Nat no logra agotar en toda la novela: a pesar de usarlo varias veces al día y cambiar estaciones del año en la historia narrada.


[1] Sara Mesa: Un amor, Editorial Anagrama, p. 10, 2020, E-book, ISBN: 978-84-339-4171-8

[2] Sara Mesa: Un amor, Editorial Anagrama, p. 81, 2020, E-book, ISBN: 978-84-339-4171-8

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Vidas de los Guastavinos a lo Andrés Barba

El escritor español Andrés Barba publica por la Editorial Anagrama, Vida de Guastavino y Guastavino, uno de esos libros que hacen erosionar las demarcaciones textuales.

Barba es en la actualidad uno de los autores más sólidos del panorama literario en castellano. Ha editado casi toda su obra por Anagrama: junto a Javier Montes ganó su Premio de Ensayo por La ceremonia del porno en 2007. Diez años después, ya en solitario, el Premio Herralde de novela por República luminosa.

Vida de Guastavino y Guastavino es una suerte de biografía entrelazada de los constructores Rafael Guastavino y Rafael Guastavino Jr.: el primero huyó de España a Nueva York con cuarenta mil dólares resultado de una estafa, su amante, varios hijos, sin saber inglés y una sorprendente reinvención.

El segundo huyó del primero con igual capacidad de reinvención pero en esa huida termina todas las edificaciones importantes que el padre había comenzado. El libro de Barba recorre esas huidas y nos propone esa especie de paralelismo: escapadas, lances, firmeza en modos de sobrevivir, dejando huellas en ciudades que como Nueva York, frenéticas y expansivas, viabilizan esas carreras de padre e hijo.

Edificaciones memorables como: «Las bóvedas del Oyster Bar de la Grand Central Station, de la catedral de San Juan el Divino, de la estación del metro de City Hall o del vestíbulo de edificio de inmigrantes de la isla de Ellis» tienen ese legado de los «Guastavinos».

La biografía es el cuerpo y género de la quimera. Invención que muchas veces asumimos para hacer edificaciones mentales del vacío. Surgen de esa ausencia que dejan las vidas: ya imposibles de fijar en el presente y aunque toda literatura persigue ese imposible, esta variante textual nos hace más visible la falsedad de lo literario, su imposibilidad y limitaciones.

Este género nos atrae por ser un tipo de texto que traza lo probable desde lo improbable por estar nosotros abocados a los encantamientos y a la fábula. Por querer escapar siempre de uno mismo.

Pudiéramos citar algunos de antecesores de esta clase de biografía literaria en el ámbito en castellano, con mucho parecido al perfil periodístico: Borges, Bolaño, Cabrera Infante, Vila Mata y en otras lenguas: Schwob, Michon, Echenoz.

Más que similitudes formales lo relevante es la búsqueda de rellenar ese vacío, esa representación con tal libertad que ofrece ese género.

Cuando se lee y relee Vida de Guastavino y Guastavino de Andrés Barba queda la sensación que se espera más, que esa figura literaria, la etopeya, queda corta, falta aliento pero es un libro que se agradece al mostrar otra posible ruta de vida de esos españoles que marcaron época en la arquitectura de Estados Unidos.

Las vidas que nos esboza Barba en esta propuesta —Javier Moro propone, de esa historia, por la Editorial Espasa el libro A prueba de fuego lo que se califica como una biografía novelada— representan una de las rutas del exilio español en el pasado; ese abrirse camino a golpe de ingenio y de ejercer la picaresca, de ser un tránsfuga: algo que cada uno de nosotros  ha ejercido, o lo hará,  a diferente escala.

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