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Uber y yo

Llevo seis días de uber. Totalmente de uber. Me desplazo de un lado a otro de la ciudad llevando hamburguesas, huevo frito y pan integral. En eso consiste el trabajo. De hecho no es gran trabajo pero llevo tres años en España y aún no tengo un gran trabajo: todos son en la categoría nominativa de peón. Y ya saben por aquello del ajedrez qué es un peón.

Es más: casi todos los que conozco son peones, tal parece un ambiente peón y algunos ni lo saben como el encargado del último trabajo que lleva treinta años descargando carne en tres bodegas refrigeradas;  desplazando esas carnes llegadas de todas partes del reino.

Treinta años,  ocho horas de lunes a viernes, en esas paredes refrigeradas entre el trasiego de toneladas de carne y tres o cuatro peones a su mando y viene y te habla como si fuera el marqués del Iregua.

 No, te vas a la mierda tú, tu carne, tu marquesado y esa carne de porquería.

Me voy al uber, al menos aquí desplazo hamburguesas, huevo frito y pan integral. Me la suda tu marquesado

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Los voluntarios involuntarios

En el retrato desolador de la Habana, solo digo y me perdonan o no los aludidos: apoyar hoy al gobierno en nombre de una tranquilidad nacida del ahogo del cuerpo de la nación es ser un puto cómplice de la represión.

No quiero Mantras aquí ni el Cuento de la buena pipa que te hacen algunos: esos megas se lo gastan en ver lo que la ntv no puso.

La burguesía de las dictaduras actúa igual desde la colonia: El mismo proceder, se escuda en sus zonas de confort, ya sea físico o ideológico.

Nunca he apoyado invasión alguna ni lo haré pero ya esto es demasiado.

No pido acción ni nada. Solo silencio, que ya es gritar.

En la ecuación social que gobierna en Cuba no hay saldo positivo ni honor ni civilidad ni derechos.

Esos escritores y artistas que se preocupan por su trascendencia y hoy levantan junto a la PNR y a los voluntarios del siglo XXI el mazazo al pueblo, les digo: hay un mañana

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Trinidades

(Fragmento de novela)

Trinidades

(Fragmento de novela)

Cuál es la orden, pregunta Clara detrás de la puerta. Le dices que pase y tome el lío de ropas, lo lave y trate con cuidado las de Mariano: las demás se las pueden repartir entre ellos, enviándole después dos mudas a los huérfanos de la villa, que guarde las de él en su habitación, para cuando llegue algún día. Preguntas por qué no levanta la cabeza cuando se le dirige la palabra, la hunde más en el pecho. Te acuestas y mandas que abran puertas y ventanas, quieres respirar aire puro, es uno de los pocos placeres que te quedan y el aire aquí es más agradable que el de Trinidad, aunque no tiene salitre y desde la ventana no puedes ver el mar, ni los veleros entrar a Casilda o a La Boca. Cierras los ojos y ves todo ese verde infinito de los cañaverales que parecen llegar a Sancti Spíritus, acosando las montañas con las mareas incontenibles de tiempos de cosecha. La torre de la Iznaga semeja un fuerte español, no una atalaya con campanario. Quieres oír el canto del tomeguín, tocas la campanilla, sitúan la jaula al lado de la mampara y lo ves saltar, comer, saltar de nuevo, vuela entre los güines, pero no canta, le retiras la comida, el agua, esperas, pero no canta, deseas aplastarlo como a una naranja. Sales al corredor pensando en las mujeres que raptaron los piratas, qué habrá sido de ellas, de su honra, y ríes por esa preocupación de la honra, cuándo te ha robado el sueño su tenencia. Ya hace un mes que se las llevaron y no saben en la villa si fueron ingleses o franceses, qué estarán haciendo a estas horas. Desde la baranda miras a Clara, siempre sospechaste que era hija de Don José y que él lo que más sufre es que te pertenezca. Ofreció un hato de ganado en Manicaragua, pero dijiste no, un no rotundo que hizo palidecer a los abogados, que sufriera, decidiste, como sufre Mariano en Sevilla. Recuerdas cómo intentó explicar que la había comprado a unos holandeses en Cabagán, que a su vez la adquirieron en Puerto Rico; la vendieron muy a pesar de la tripulación, por la cantidad de vómitos que le provocaba el mar a la mulata de ojos verdes, «esos ojos idénticos a los tuyos, Don José», y él se levantó y te besó en la frente con los labios secos, le pediste que la dejara a tu lado para de alguna forma resarcir los daños de la vida marítima. No la habrán robado en alguna hacienda de Vuelta Abajo y dijo que no, la había cambiado por unas tozas de caoba a esos holandeses, medio piratas, medio armadores de empresas marítimas. Ayer recibiste noticias de que el señor estaba ausente de la villa, que embarcó en Casilda con rumbo desconocido y estabas segura que tramaba algo, juró no quedarse avasallado por una mujer. La esclava se ajusta el faldón de dril hasta el nacimiento de los muslos y en inclinaciones rápidas se agacha a golpear las piezas para dejarlas caer con premura, volviéndolas a golpear una tras otra. Te quedas hipnotizada con esas piernas, siempre te pasa igual: los ojos empotrados en la carne, como clavos de bronce, sientes envidia por la firmeza de sus muslos; los tuyos, únicamente cuando niña se expusieron así, con tanta lujuria, en el río Agabama, cuando nadabas con tu hermano escondidos de tu padre y de los caimanes. Tu hermano menguaba el miedo con zambullidas largas, e imaginas que debió hacer lo mismo en los ríos de San Agustín de la Florida hasta que murió. Clara sigue mostrando las piernas y mira hacia arriba, tu mirada la turba y huye a resguardarse debajo del piso del corredor. La dejas huir y le gritas que tenga cuidado con la ropa de Mariano, que venga al cuarto. Después despachas unas cartas a La Habana y varias a Vuelta Abajo para que te digan si Don José está por allá, sientes el malestar de decir Don José, pero si no le pegas el Don, la lengua se espina, fuerza de la costumbre seguro.

El agua de pozo deja ver los nubarrones de mármol de la bañera, agua traslúcida que abrillanta el fondo. Los dedos juegan en la superficie remolinándola por instantes, y ondulan pequeñas olas semejando un brazo de mar, el brazo de mar de la desembocadura del Güarabo, quisieras haber estado allí cuando se llevaron a las mujeres. Esperas, desnuda, que Clara llegue con las dos docenas de mangas blancas y deslizas las piernas de gacela enferma, como las bautizó Don José. El agua está fría, muy fría para un solo cuerpo. Escuchas la algarabía en la cocina, seguro encontraron algún alacrán escondido en las sombras o un jubo reptando en los sacos de azúcar, porque negras para algazara, las tuyas. Recuerdas los primeros días de esta bañera, traída desde Jamaica a un precio exorbitante, comprada por tu capricho de tener un pequeño brazo de mar. Aquellas primeras zambullidas llenas de placer entre él, tú, y la bañera. La bañera también jugaba un papel principal, con sus doce pies de largo y siete de ancho, donde dos cuerpos se separan o unen por puro capricho del agua. Las manos bajan despacio hasta el vientre y se entretienen ensortijando los cabellos, creando pequeñas piras incendiarias. Don José decía: tú allá abajo eres una yesca del Olimpo, y la risa te estremece el cuerpo. Clara no llega, la mano derecha se apoya en el borde curvo de la bañera, anclando tu cuerpo en esa posición, un dedo se introduce en las paredes carnosas del pubis y entra y sale repetidamente, los ojos fijos en los nubarrones del mármol, en las vetas que lo hacen caro en el Caribe, esperas que el alma, esa cosa insustancial para ti, se escape por las piernas y flotas hasta que caes, despacio, como una hoja de sauce, al fondo, a los nubarrones que aguardan fundiéndose entre sí. Intentas flotar un rato después, esperando que llegue la esclava con las mangas; se justifica diciendo que fue necesario ir a la arboleda y que todos los hombres están en el corte de caña, y los del trapiche son intocables, la dejas hablar, miras sus labios redondos, y ella, sola, fue a la arboleda y se encontró, menuda suerte, una vara de cañabrava y uno a uno los tumbé mi ama, le dices que está bien, calla esa boca dulce, leguleya y desnúdate para que entres, duda, pero con la mirada la obligas a despojarse de las ropas, ves los senos, más pequeños que los tuyos, salir al aire con frescor, las caderas también, miras su monte de Venus, una catarata negra tienes ahí abajo, susurras, cambia la mirada: siempre es igual desde el primer día, de quién tienes miedo, a Don José, es tu padre, ella calla y hunde la cabeza en su pecho desnudo, le preguntas si conoce la historia de Venus, la diosa de espuma y ella niega con la cabeza, entonces acércate, ven, lo hace vacilante, en su oído le relatas las historias de la diosa, con la otra mano tocas los círculos concéntricos de la corona de los senos en recorridos lentos, rápidos. Le dices del nacimiento de la diosa y que ella era tu Venus, tu diosa africana, una diosa de chocolate, tiembla su carne, le pides que entre, lo hace, te levantas y echas las mangas al agua, todas van al fondo junto a las vetas grises, ella explica que tiene marido y no quiere hacer nada de esto, no la escuchas, sopesas los senos con arrebato en la superficie, le pides que desmenuce las mangas y tire las cáscaras al agua. Comienza uno por uno, observas sus labios trabajar y las mangas enturbian con su pulpa el agua clara que se torna viscosa. Las mangas poco a poco van abriéndose en el fondo, no ves las vetas, te acercas y la besas, tu lengua se introduce entre los molares y el comienzo de la garganta, carraspea y mira asustada como siempre, como si esta fuera la primera vez, quién es él, le preguntas y dice con miedo, Madrigal el Carabalí, sonríes, pues pensabas que fuera ese mayoral medio incompetente, no ese negro horrible, pero te habla temblorosa y le pides un abrazo fuerte, fuerte como si quisieran fundirse en una sola persona, tiene sus senos tibios comprimidos con los tuyos, ya fláccidos por el tiempo, exiges que abrace más fuerte, las manos recorren las espaldas. Bésame y lo hace tímida, le demuestras con tu lengua, sientes la de ella en tu boca, busca una salida que no encuentra, que no encontrará, porque choca con las paredes de la garganta, con la campanilla de carne que gustas mirar en el espejo, tomas una mano suya y la posas en el vientre y el dedo más grueso que encuentras lo introduces, despacio, mirándole los ojos verdes y sientes los espasmos otra vez. La besas detenidamente, abre sus ojos y llorando pide que la mandes al corte de caña, pero esto no, no, mi ama, dices que amas, que la amas, y que ella te ame. Agacha la cabeza y la hunde en el agua, sales.

A las once de la mañana vienen a decirte que han llegado, los haces pasar como corresponde a una mujer que vive sola y como se debe tratar a los prestamistas de baja alcurnia, estos criollos que nunca llegarán a nada, estás segura. Entran comedidos y exponen sus necesidades, hablan de la solicitud de préstamos de varias personas, familiares de las mujeres raptadas y los piratas exigen un Potosí, de esa manera, el dinero de la deuda de su hijo será empleado en una buena causa, dicen, asientes con la cabeza y dices que les pagarás, que regresen a las tres de la tarde, que ahora estás indispuesta y que estabas agradecida de su ayuda a Mariano en los momentos de desgracia, aun con intereses tan altos. Regresen a esa hora y me harán un gran favor, pueden pasar por la cocina a comer algo y los corceles cambiarlos por otros descansados, para que visiten a quienes quieran en el valle. Aceptan los caballos para llegarse al campanario de la Iznaga, que tiene progresos maravillosos. Los sientes marcharse y ríes con todo el cuerpo, los tienes en las manos, solícitos en tus caballos, en dirección al camino real, cabalgan en bestias de otros y puedes prenderlos por ladrones y si resisten matarlos como tales. Matías pide permiso para hablar, dice que trae una carta del cura Don Ignacio Cagigal y Morales, le miras a los ojos, crees ver insolencia, lo reprendes como se reprende a un perro de mierda, que si tuvieras contactos lo venderías en la costa para no verlo jamás, querer vejar a Clara. Cuando entrega la carta le dices que mande a los cuatro negros del trapiche y le diga al mayoral que los sustituya por hoy, piérdete, negro, le gritas. Miras los cuadros de la sala, encargados a un pintor italiano que, insolente, resaltó más el brillo de la diadema que tus ojos y se lo dijiste con presteza, bien caro que se le pagó, la cara de palo de Don José nunca ha cambiado, piensas, y lo jóvenes que estaban allí, el cuadro también está avejentado, no imaginabas que esto llegaría a suceder, tener a Mariano en Sevilla, casi expatriado como un político de poca monta, sufriendo el vicio que él mismo le inculcó con visitas a burdeles y casas de juego y hubo de ser aquellos días de la compra del cafetal de Güinía cuando caíste en desgracia, Mariano; ahora te preguntas qué hubiera pasado si él hubiese pagado la deuda en lugar de dejar a su hijo sin merced y sin un peso fuerte, todos acechando a Mariano en la villa y su padre renuente a pagar la deuda y aquel negro con la sugerencia de raptarlo y esconderlo en alguna cueva para pedir un rescate y pagar las deudas de Mariano. El esclavo ganaba la libertad más unos miles de pesos y ser un ineficaz el negro, que lo único bueno que hizo fue no hablar para que todo fuera sospechas de Don José contra tu proceder, por ser el negro de tu dotación. Don José es un viejo zorro. Los cuatros negros llegan y les explicas que el plan no puede ser cambiado y menos realizarlo mal, que les costaría la vida, uno porque si la justicia los atrapa, los ahorca y si huyen al monte soy capaz de contratar a la partida de Armona, los ojos de los negros se asustan, el mismo que mató a Caniquí en María Aguilar, lo mató como a una mojarra, igual los mataría a ustedes, los negros asienten, les dices una parte de la recompensa, la otra será al final.

Cuando son las nueve pides un chocolate caliente para aguardar las noticias que los negros deben traer. Bebes despacio, saboreándolo con las imágenes de lo seguro acontecido en la guardaraya. Cierras los ojos con sorbos del líquido en la boca, ves caer del caballo a uno de los prestamistas, el brazo cortado de cuajo, resbalará desde la silla y quedará en el suelo con un pie enredado en el estribo. Su grito vagará en los cañaverales, un grito de pánico que asustará al otro sin tiempo para huir del machetazo en el vientre. Los intestinos saldrán como los de un cerdo, esos dos son un par de cerdos, el machetazo siguiente será en el cuello, y la cabeza rodará en la tierra, los cuerpos temblando en un estertor violento. Los caballos intentarán irse, azorados por tanta sangre. Los negros llegan a las nueve, traen las noticias esperadas, han cumplido a cabalidad todo lo planeado, los caballos de los prestamistas están tirados en un pozo seco, donde nadie puede encontrarlos y los que usted les prestó, como deseaba, están en el fondo del Agabama; los bichos fueron acercándose poco a poco y de pronto era un enjambre, mi ama, y las burbujas subían alocadas entre la sangre. Les das la primera parte del dinero y unos garrafones de aguardiente, acuérdense del silencio. Se van callados por la puerta de la cocina, si todo saliera siempre así, Mariano no estuviera ahora donde está y no fuera lo que es. Mandas a buscar a Clara para dormir, que se presenta fría la noche. Adiós prestamistas, ríes. Se acuestan en silencio, los cuerpos separados, estás cansada de este día, lo has repasado como siempre y no quieres mucha proximidad con Clara, que duerma como le plazca en la otra esquina y forme ese ovillo de estambre claro que semeja dormida, cierras los ojos soñolienta, pero la campana te estremece, aun más los desesperados gritos del mayoral, pero estos duran unos instantes, después todo es un silencio misterioso, como alaridos silenciados en los barracones. Te asomas a la ventana para cerciorarte de que no fuera lo dicho por el cura Don Ignacio Cagigal y Morales: un castigo del Señor por los tráficos de negros en la costa de esta villa luciferina, casi un emporio de la desmesura, igual que fue, que es Haití, pero no, parece el ulular del viento, y quiera Dios que jamás ocurra un levantamiento de esclavos. Recuestas tus piernas a las de Clara, acaparas su calor y piensas en Mariano, solo en Sevilla, viviendo tan mal, deseas que no sea arrastrado al juego por sus manías. Le añoras, y esos peninsulares por el dinero más nimio saldan la deuda a puñal limpio. Sientes otro grito, ahora en la cocina, te intriga tal desfachatez, hacer eso en la casa vivienda y con tanto bullicio, vestida para bajar escuchas la algarabía en el cuarto de las esclavas, desconfías en la certeza de oídos viejos, mueves la cabeza dudando de ti, no será un ruido de puertas abiertas sin comedida, o botas resonando en el descanso de la escalera, ella duerme sin importarle nada. Las esclavas invocan clemencia a los dioses y confunden nombres africanos con católicos, risas femeninas recorren el corredor, si es alguna de las negras la azotarás, la mandarás al cepo. Empujan las hojas de la puerta, esperas, quieres ver sus ojos, sus rostros atrevidos. La oscuridad apenas deja ver y gritas quién anda, pero nadie responde y unos manotazos te recorren el cuerpo, gritan para sujetarte entre todas. Te prenden. Toman rumbo al río. La luna redonda no alumbra el camino porque no hay camino, lo sabes por el silbido de los sables en la manigua y dan trompicones tus pies con las piedras, enredándose con bejucos y otras inmundicias que aborreces, quieres gritar pero tienes la boca amordazada, aunque gritar aquí es en balde. Quién escuchará tus gritos, y si los oyen, qué harán, ¿salvarte? En estos lugares sólo cimarrones puedes encontrar y figurarán que son gritos de aparecidos, de brujas, mente de infelices tienen estos animales. Haces fuerza con los hombros, dicen que no resistas, que de nada vale resistir con ellas y crees reconocer la voz, pero son figuraciones. Por el temor los pasos son agitados, las escuchaste hablar de los esclavos, de la posibilidad de que escapen de las barracas y las persigan para rescatarte y recibir de premio la libertad, sabes que ellos, los negros, harán algo, se beberán los barriles de aguardiente y formarán juerga hasta que aparezca otra autoridad, porque ese mayoral no vale un real, te das cuenta, y debe estar huyendo, pero salvarte jamás lo harán, nada puede esperarse de ellos, los pasos disminuyen cuando llegan al cañón del río, dan gritos y les responden desde un bote en la distancia, tienes miedo de ellas, de Mariano en España, del río, de los caimanes, recuerdas a los esclavos que intentaron irse apenas llegaron al ingenio, y saltaron al agua creyendo poder escaparse y los hombres de la partida sólo vieron los muñones sangrantes de los brazos saltar en el agua, y un instante después hundirse entre las burbujas rojas. Bajan al cañón y te hacen saltar al bote, ellas silban una melodía, silban todas a la vez. Pero no es una zarzuela, es una canción de mar, son putas de mar y ríen despreocupadas de llevar esta carga inútil e inofensiva, destapan tu cara y ves solo cinco siluetas que beben de un garrafón, después entonan la misma melodía, y una toca tus senos y los deja con violencia, dice que para qué él querrá esta cosa vieja y todas ríen y se abrazan con efusión. Los árboles que bordean el cañón se descubren aguzando la vista y con un poco de imaginación, las estrellas apenas parpadean. De un salto caes al agua oscura y te dejas hundir pensando en Clara que nada supo, o quizás todo…

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LA MOSCA

“Alrededor de mis fríos despojos,

 en el aire zumbaban insectos…”

J. CASAL

Llueve. Las gotas intentan destruir con su frecuencia la superficie de los charcos. Te resguardas en el portal. Pasas la mano derecha por el rostro. Con el movimiento arrastras los pequeños caudales que corren desde la gorra sucia. Das un manotazo: intentas alejar una mosca impertinente. No la alcanzas. Esperas… Insiste, ahora en el antebrazo. Lo mueves y se dirige al mostrador. Se posa en el labio de la dependienta. Miras a la mujer resoplar, salpicada de sangre como un verdugo de la comuna, y la mosca se oculta en la parte posterior de la puerta del establecimiento. No la puedes ver, la imaginas limpiándose las patas delanteras. Pides el último… Nadie responde. Maldices en voz alta y algunos vuelven hacia tu lado la cabeza, es solo un segundo, después vuelven a sus asuntos. La dependienta gira su cuerpo violentamente, te asombra que no haya cortado de cuajo algún cuello de los clientes que la aorralan, intentando llevarse una porción de huesos. La mosca da dos recorridos en redondo, se detiene en el mango del cuchillo y cuando la dependienta intenta trincar otra vez levanta vuelo. Vuelves a pedir el último. Responden al otro extremo, le preguntas detrás de quién va. No parece entenderte. Intentas de nuevo. No responde, desistes. Será más fácil seguir a la vieja que a la mosca, te dices. Vuelves a mirar al mostrador y ahí está, allí mismo sobre el borde metálico. Sientes una leve felicidad. Un cliente se acerca y toma vuelo azarosamente. Se posa en el labio inferior de la dependienta. Molesta, gira el cuerpo, el cuchillo sigue el recorrido del brazo derecho y abre en canal el cuello del cliente más próximo. Alguien grita desgarradamente. El hombre cae. Abres un espacio entre los dedos que te cubren los ojos y en un atisbo, antes de emprender el vuelo, la ves posada, limpiándose las patas delanteras con agilidad, diríase complacida, en el borde metálico del mostrador inundado en sangre.

La Campana, década del 2000

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Libro de la semana

Libro de la semana: Lenin. El inventor del totalitarismo

Autor: Stéphane Courtois

«Stéphane Courtois demuestra en esta obra fundamental la forma en que Lenin, un joven intelectual radical, elabora, ansía y establece una dictadura ideológica despiadada al crear los conceptos y los instrumentos del totalitarismo que simbolizarían los horrores del siglo XX.

La figura de Vladimir Ílich Uliánov se distingue no solo por enfrentarse a los liberales y a los demócratas, sino también a todos los movimientos socialistas. Ayudado por un inusitado poder de convicción y avanzando desde las sombras, logró conquistar, por la fuerza y sanguinariamente, el poder en octubre en 1917.

Esta es la biografía, clarificadora y desmitificadora, sobre el inventor de una ideología y una forma de estado que acabaría con la vida de millones de personas en todo el mundo a lo largo de la historia reciente.»

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Libro de la semana

Libro de la semana: La palabra arrestada

Autor: Vitali Shentalinski

Sinopsis (Tomado de internet):

«Nunca en la historia de la humanidad un régimen político se ensañó tanto con la inteligencia y la creación artística como el totalitarismo soviético. Fueron miles los escritores, artistas, científicos, investigadores, profesores universitarios, represaliados por el régimen, silenciados o asesinados. Y millones, las personas castigadas sin crimen.
Este libro se centra en ocho de los mejores escritores rusos del siglo XX, víctimas del estalinismo. Su autor, Vitali Shentalinski, fue uno de los pocos investigadores que tuvo acceso a los archivos hasta entonces secretos de la KGB y la Oficina de la Fiscalía de la URSS, durante los años en que permanecieron abiertos a la consulta pública. Hoy vuelven a estar inaccesibles por decisión gubernamental.
A través de los documentos policiales, interrogatorios, cartas y manuscritos, el presente volumen reconstruye el intento de destrucción de la persona y la obra de Bábel, Mandelstam, Bulgákov, Tsvietáieva, Platónov, Ajmátova, Gorki y Pasternak, convirtiéndose así en un documento imprescindible y valiosísimo para comprender lo que ocurrió y preservar la memoria de un terror de Estado que todavía no ha sido declarado crimen contra la humanidad.»

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Artículos

Georges Simenon en la Habana

Un oficial de inmigración de Estados Unidos, uno de esos sujetos anodinos que se clonan en las kafkianas oficinas de frontera de cualquier país es el culpable que Georges Simenon deambule, casi un mes, junto a D. [Denise Ouimet, su segunda esposa] y sus dos hijos por una Habana llena de miseria, calor y vida nocturna. Todo aparece en su monumental libro Memorias íntimas.[1]

Es 1947. Cuba después de haberle declarado la guerra a Alemania pugna por salir adelante en paz, solo lucha con sus propias adversidades e imposibilidades, que son muchas. La Constitución del Cuarenta da un respiro y ofrece una plataforma de legalidad que como se sabe es muy endeble para la sarta de matones que bullen en la ciudad detrás del poder. Pende sobre este una amenaza que se respira y prospera una vida nocturna que ya quisieran Gomorra y Sodoma.

La filosofía de Yarini, el chulo tropical macho, remacho, y su barrio de tolerancia es solo recuerdo, símbolo. Ya el barrio del chulo es metástasis, es la ciudad. La noche cubana es una larga cama que se ofrece por unos cuantos dólares o quizá menos. Es el relajo como filosofía nacional. Al menos para el visitante la Habana ha sido tomada por un espíritu juerguista y prosaico.

Así lo cree ver Simenon en su visita azarosa a una ciudad que lo cautiva y mete de cabeza en orgías donde el voyerismo y el ménage à trois llevan la voz cantante. Cualesquiera que fueran las habaneras que ejercieron ‘el oficio’ entre Georges Simenon y D., quizá lo último que supieron es que se habían acostado o «divertido» con uno de los autores más fecundos, seductores y temperamentales del siglo xx.

A la primera integrante del ménage à trois se refiere como: «una chica negra hermosísima y con un cuerpo sin defecto alguno» y más adelante en las esperas habaneras el director del hotel donde se hospeda, que él cree pertenece al sindicato, Mafia, le recomienda otra casa de cita muy famosa entre turistas norteamericanos, y allí aparecen las siguientes: «Elegimos a dos mujeres, una rubia procedente de Dios sabe dónde, y una mulata bella y lasciva. En el patio, bebemos con ellas. Luego nos llevan a una habitación, donde estaremos cerca de dos horas. D. lo pasa tan bien que volvemos dos, tres veces, quizá más. La rubia nos regala, ruborosa, una foto suya, desnuda, en gran formato, y nos la dedica a los dos.»

Los nombres de las prostitutas no figuran pero dejaron marca en la afición que adquirió D. por ese tipo de relación. Afición que es un síntoma más de su enfermedad mental que conduce el matrimonio por un camino incierto, lleno de dolor y desamparo.

Lleva Georges Joseph Christian Simenon más de medio año deambulando por Estados Unidos, lo recorre como un loco en su régimen de vivir a tope y absorber la vida. Es un autor prolífico. Uno de los más prolíficos de la historia de la literatura. Solo necesita un trámite para hacerse residente allí: debe salir y volver a ingresar porque su pasaporte lleva un membrete de «Government Official» que lo hace ‘misionero’ del gobierno francés y le imposibilita la otorgación de la residencia. Cuba, le dice el oficial, queda cerca y de Miami salen muchos vuelos.

Se realiza el viaje a la isla y comienza la gestión del visado que demora mucho más de lo previsto. Entonces comienza la estancia para él en la Habana y en su noche. Que descubre pueden ser dos ciudades.

En la Habana el embajador norteamericano en persona le oficia de guía: lo escolta, le indica lugares, ofrece servicios de representación, y por último lo despide. También el embajador francés lo acoge con estima, así lo refiere Simenon en sus memorias: «… buen amigo. Es un hombre soltero, culto y gourmet. Comemos varias veces en su casa…», y como curiosidad apunta que tiene un prófugo de la justicia como chef: «y nos revela que su cocinero es un preso evadido de un penal.»

Debió parecerle la Habana una ciudad dislocada. Toma al vuelo algunas impresiones:

Calor: «El calor resulta mucho más agobiante que en Florida. Apenas se acuesta uno y las sábanas ya están empapadas. De noche se duerme mal, y de día no se puede a causa de las voces y de los cantos de las mujeres de afuera.»

Ruido: «La ciudad es ruidosa, los tranvías llevan a cuestas racimos humanos que uno siempre teme ver caer; los autos, muy viejos, se cruzan en todos los sentidos, se suben a las aceras y se acometen estridentemente con el claxon. El barullo es ensordecedor.

Al anochecer, en el Prado, se pasean grupos de muchachas, casi todas hermosas, mientras chicos de camisa blanca las piropean provocando alegres carcajadas.»

Pobreza: «Muchos mendigos por las calles, sobre todo mendigos cubiertos de andrajos que llevan en brazos a un niño lloroso.

–Alquilan los bebés por días. Las mujeres llevan en la mano una aguja con la que los pinchan cuando se acerca un posible cliente de próspera apariencia.»

Riqueza: «En La Habana hay fortunas iguales a las de Texas: los cinco o seis fabricantes de puros, por ejemplo, o los propietarios de las plantaciones de caña de azúcar. El dueño de la marca de habanos más célebre del mundo casó a su hija durante nuestra estancia en el país. Para esta fiesta, mandó venir de Estados Unidos a los dos conjuntos de jazz más conocidos. Se dice que, sólo en flores, gastó cincuenta mil dólares. Y que la fiesta le costó más de un millón.»

Esclarecido el estatus de Simenon con el gobierno francés obtiene el visado. De la embajada norteamericana anota: «Casi siento vergüenza al ver la cola que se prolonga ante la embajada, con gente que ha pasado toda la noche esperando y que tendrá, probablemente, que pasar aún una noche más».

Quizá la misma cola que  vio Simenon aquel día, nos decimos, es la cinta humana que permanecerá por años allí, a la vera de una visa tal como el creador del célebre comisario Maigret.

Antes eran solo D. y Simenon y una relación que se derrumba ahora se suma la afición de D. por los ménage à trois que ha recabado en la Habana y les provocará otros sinsabores a la pareja que va sin freno camino al desastre.

Lo último que beben es un daiquirí, para muchos la bebida nacional. Del otro lado del canal los espera un reluciente Buick para cruzar las zonas pantanosas de la Florida.


[1] Todas las citas proceden del libro: Georges Simenon: Memorias íntimas, capítulo XXVII, sin paginado. (Versión digital del autor).

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Libro de la semana

Libro de la semana: El síndrome Woody Allen

AUTOR: Edu Galán

RESEÑA (Tomada de internet):

¿Por qué, después de más de veinte años con el caso cerrado, el debate sobre la monstruosidad de Woody Allen se ha recrudecido?

En 2017 Woody Allen fue declarado culpable por una parte de la opinión pública. Con el auge del movimiento Me Too, el testimonio de su hija Dylan sobre los supuestos abusos sexuales que sufrió por parte de su padre hizo revivir con virulencia la antigua acusación de su madre, Mia Farrow, de principios de los noventa. La confesión de la niña arrancó entonces una serie de investigaciones policiales y de los servicios sociales que, sin ni siquiera llegar al juzgado, acabaron exonerando al cineasta. ¿Por qué, después de más de veinte años con el caso cerrado, el debate sobre la monstruosidad de Allen se ha recrudecido?

El síndrome Woody Allen recorre los síntomas que explican esta cuestión: el omnipresente sentimentalismo y victimismo; las nuevas formas de activismo; los tabúes sociales; la irrupción de internet y sus consecuencias comunicativas y psicológicas; el falso recuerdo; la intrincada relación entre ficción y realidad; la tiranía del sujeto-cliente en nuestra época; o la relevancia actual de la causocracia, donde parece justificable eliminar los derechos de las personas en pos de una causa mayor. El crítico Edu Galán, uno de los creadores de la revista satírica Mongolia, también se coloca en la diana: ¿podría volver a celebrar los cursos universitarios que organizó en 2008 y 2009 sobre la obra de Allen sin que los boicoteasen? ¿Qué ha cambiado en la universidad en tan corto tiempo?

Alternándolo al análisis de la cuestión, este ensayo incluye además el relato periodístico de lo que ocurrió en la familia Farrow-Allen en aquella etapa convulsa de separación, acusaciones y juicios y su retorno a las portadas durante la pasada década.

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Reseñas

125 mililitros de dentífrico u otras verdades del glaucoma editorial

El diario El país, uno de los más influyentes de España, tras una votación entre «100 críticos, escritores y periodistas» ha dado como la mejor obra literaria de España en el año 2020 a Un amor de la escritora española Sara Mesa.

Negar que sea una narradora destacada es faltar a la verdad: y esta verdad es un manojo de obras que ha editado Anagrama, sello editorial sacralizador si los hay.

Otra verdad a tener en cuenta: «un libro se produce como se produce un chorizo», como siempre recuerda un destacado editor.

Y ese enunciado, con su imagen peregrina, para los que lo vean un libro solo en su halo romántico encierra comprensión del sector editorial.

Más allá de lo epatante de la frase: se producen miles de libros con el mismo afán que se producen miles de chorizos o cualquier otro bien y se tratan de vender como tales. Quizá la única verdad detrás de todos esos hits parade que nos empotran cada cierto tiempo sea ese mecanismo de vendernos el «artefacto» libro.

La industria editorial española es de las más pujantes en el sector internacional a pesar de todo lo deteriorado del sistema: con tantos contratiempos y adecuaciones ante los avances tecnológicos, ante las maneras de afrontar la lectura millones de lectores ya casi solo de pantallas digitales.

Por ello es interesante ver qué obras se ubican en las más valoradas cada año y así auscultar el estado de la lectura y del sistema editorial.

Se sabe que un periódico no jerarquiza literariamente ningún libro más allá de un tiempo limitado; que haría falta generaciones de lectores y ubicarse en las principales academias como obra de estudio por mucho tiempo y ni así la canonización es segura.

Un periódico no te vuelve un clásico, pero te ayuda mucho a vender y mucho más a confundir a los lectores.

Cualquier lector que abra Un amor descubrirá una novela de 192 páginas escrita con oficio, pero no mucho más.

Nat, el personaje, huye de un hecho vergonzoso —un robo innecesario en la empresa que laboraba— y recala en un caserío perdido donde todos se conocen y existe un raro equilibrio. Un ecosistema cerrado: una de esas aldeas de la llamada España vaciada, aunque el sitio qué más da, pudo ser en Ámsterdam

Allí intenta recomenzar su vida haciendo traducciones. Así presenciamos muchas dudas que surgen del texto a traducir y se vuelcan en su propia vida en un proceso de osmosis casi mise en abyme hasta que la gestión de traductora, Nat, la abandona inmersa en la vorágine de hechos.

La Escapa, el pueblo, está coronado por la silueta de una elevación: El Glauco, y ese nombre ella lo analiza como objeto de traducción: «Glauco es un nombre feo, sin duda; ella deduce que se debe a su color pálido y macilento. La palabra glauco le recuerda un ojo enfermo, con conjuntivitis, o esos ojos propios de los ancianos, vidriosos y enrojecidos, como empañados. Ella misma comprende que se está dejando contaminar por el significado de glaucoma. Casualmente la palabra glauco había aparecido en el libro que intenta traducir, atribuida al personaje principal, el padre temible que en un momento dado suelta una imprecación muy dolorosa para uno de sus hijos, algo que, según el texto, hace clavándole su mirada glauca. Al principio, Nat pensó en una afección de los ojos, pero luego comprendió que una mirada glauca es, simplemente, una mirada vacía, inexpresiva, el tipo de mirada en la que la pupila permanece muerta, casi opaca[1]

Nat, tal parece que vive con glaucoma: con ojos «vidriosos y enrojecidos, como empañados» se deja conducir, se somete sin mucha resistencia a fuerzas exteriores: un casero abusivo y avasallador, que la exprime económicamente y psicológicamente; Píter, un vecino amable que la adentra en el universo pueblerino pero llegado el momento la traiciona y denuncia; El Alemán, con quien un trueque le hace nacer una obsesión amorosa que no sabe manejar y la conduce a huir del pueblo.

Hay escenas donde el sometimiento, la culpa, la expiación se manifiesta y Nat se debate entre conatos de rebelión o doblegarse.

Se le reclama que no pertenece al lugar, un sitio donde se maneja la existencia con otros códigos que ella no entenderá: no por ser mujer sino por entender la vida y sus necesidades de otra manera. Eso le señala El Alemán antes de romper la relación:

«Nat se muerde los labios, contesta con las lágrimas contenidas.

—Hablas como mi casero. Con el mismo desprecio. Os sentís por encima del resto.

—Porque tu casero tiene razón. Aquí nos manejamos con otras reglas. Y tú no las entiendes. No es que no las asumas. Es que eres incapaz de entenderlas.

—¿Qué reglas? ¿A qué reglas te refieres? ¿A cambiar mano de obra por sexo, por ejemplo?»[2]

Algún crítico ha dicho que Un amor solo pudo ser escrito por una mujer «por un tipo de mirada sobre el deseo», es como si se dijera que Moby Dick​ solo pudo ser escrito por un pescador de los mares japoneses por «un tipo de mirada sobre las ballenas».

Leer Un amor no deja indiferente al lector. Adentrase en un personaje bien logrado siempre provoca eso. Y Sara Mesa tal parece que los cerca, que los ubica allá abajo y sitúa al lector en un panóptico a lo Jeremy Bentham.

Qué vieron los cien críticos convocados por diario El país que ha posicionado a Un amor como la obra más sobresaliente de España en 2020?

Quizá nunca lo sabemos cómo quizá nunca sabremos qué criterios usaron para tal selección a no ser el respaldo de un manojo de reseñas laudatorias que podemos ver en la ficha del libro en el sitio web de Anagrama.

Como tampoco nunca sabremos la marca comercial del misterioso dentífrico 125 mililitros que Nat no logra agotar en toda la novela: a pesar de usarlo varias veces al día y cambiar estaciones del año en la historia narrada.


[1] Sara Mesa: Un amor, Editorial Anagrama, p. 10, 2020, E-book, ISBN: 978-84-339-4171-8

[2] Sara Mesa: Un amor, Editorial Anagrama, p. 81, 2020, E-book, ISBN: 978-84-339-4171-8

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Miscelánea

En el No Lugar del globo

Como el desplome de un juego de naipes en el lomo del globo es la clausura de un modo de vida que parecía inamovible y ese pulso fallido contra la pandemia ha puesto en jaque lo conocido.

La trasmisión del virus Covid-19 ha sido el as que nadie predijo más allá de las teorías conspirativas.

El estado actual de desamparo durará mucho más, al menos por los próximos meses ni de las previsiones más optimistas se deduce que estemos a salvo: incluso con una vacuna exprés. Algo sin parangón en la historia universal.

Si la globalización tiene una cara horrorosa es esta: la indefensión, la nula independencia, la falta de privacidad personal y nacional. Ya nos ha quedado claro la orfandad: esta distopía la empotró en nuestra memoria colectiva.

El mundo es un NO LUGAR. Ese concepto acuñado por el francés Marc Augé: porque más allá de ensoñaciones patrioteras y de la archivística tradicional de ideologías y nacionalismos, estamos a merced de algo tan simple como un catarro que cualquier compañero de viaje nos echa encima y ante eso el sentido de propiedad, de cuerpo, de independencia, ha desaparecido.

Todo el ego y la belleza humana acumulada en miles de años de cultura, todo el sentido de antropocentrismo se ha refugiado detrás de unos centímetros de gasas de poliéster.

Ha vuelto el miedo ancestral.

Y ningún presupuesto previó defendernos de una nadería así. De la sintomatología de un refriado que nos sorprende en el incierto horizonte de un café, una habitación, una cama, una calle, un aeropuerto o una terminal, esos lugares asumidos en nuestras rutinas habituales en los cuales ya no nos sentimos seguros.

Casi todas las estrategias trazadas por los países han sido fallidas: no ha existido una posición eficiente: lo común ha sido el desastre y vivir en una aldea planetaria es un elemento desfavorecedor, otra debilidad a la hora de enfrentar el futuro inmediato.

El origen del virus fue una provincia China, y el proceder de ese gobierno, lento, ocultando desde el inicio el problema ha ayudado a la propagación y al estado actual. Es el proceder habitual en países donde no hay libertad de expresión y los gobiernos pisotean los derechos.

En estos meses hemos visto ubicar en lugares privilegiados de la cadena informativa a agoreros, a pitonisas y publicaciones en cualquier formato que previeron o informan del futuro ante este escenario.

Estamos hoy otra vez agachados ante el chamán de la tribu, horrorizados del relato que nos echa encima y sobre todo del sentido de su respiración, de las gotitas de su saliva.

Desamparados como nunca.

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Reseñas

Vidas de los Guastavinos a lo Andrés Barba

El escritor español Andrés Barba publica por la Editorial Anagrama, Vida de Guastavino y Guastavino, uno de esos libros que hacen erosionar las demarcaciones textuales.

Barba es en la actualidad uno de los autores más sólidos del panorama literario en castellano. Ha editado casi toda su obra por Anagrama: junto a Javier Montes ganó su Premio de Ensayo por La ceremonia del porno en 2007. Diez años después, ya en solitario, el Premio Herralde de novela por República luminosa.

Vida de Guastavino y Guastavino es una suerte de biografía entrelazada de los constructores Rafael Guastavino y Rafael Guastavino Jr.: el primero huyó de España a Nueva York con cuarenta mil dólares resultado de una estafa, su amante, varios hijos, sin saber inglés y una sorprendente reinvención.

El segundo huyó del primero con igual capacidad de reinvención pero en esa huida termina todas las edificaciones importantes que el padre había comenzado. El libro de Barba recorre esas huidas y nos propone esa especie de paralelismo: escapadas, lances, firmeza en modos de sobrevivir, dejando huellas en ciudades que como Nueva York, frenéticas y expansivas, viabilizan esas carreras de padre e hijo.

Edificaciones memorables como: «Las bóvedas del Oyster Bar de la Grand Central Station, de la catedral de San Juan el Divino, de la estación del metro de City Hall o del vestíbulo de edificio de inmigrantes de la isla de Ellis» tienen ese legado de los «Guastavinos».

La biografía es el cuerpo y género de la quimera. Invención que muchas veces asumimos para hacer edificaciones mentales del vacío. Surgen de esa ausencia que dejan las vidas: ya imposibles de fijar en el presente y aunque toda literatura persigue ese imposible, esta variante textual nos hace más visible la falsedad de lo literario, su imposibilidad y limitaciones.

Este género nos atrae por ser un tipo de texto que traza lo probable desde lo improbable por estar nosotros abocados a los encantamientos y a la fábula. Por querer escapar siempre de uno mismo.

Pudiéramos citar algunos de antecesores de esta clase de biografía literaria en el ámbito en castellano, con mucho parecido al perfil periodístico: Borges, Bolaño, Cabrera Infante, Vila Mata y en otras lenguas: Schwob, Michon, Echenoz.

Más que similitudes formales lo relevante es la búsqueda de rellenar ese vacío, esa representación con tal libertad que ofrece ese género.

Cuando se lee y relee Vida de Guastavino y Guastavino de Andrés Barba queda la sensación que se espera más, que esa figura literaria, la etopeya, queda corta, falta aliento pero es un libro que se agradece al mostrar otra posible ruta de vida de esos españoles que marcaron época en la arquitectura de Estados Unidos.

Las vidas que nos esboza Barba en esta propuesta —Javier Moro propone, de esa historia, por la Editorial Espasa el libro A prueba de fuego lo que se califica como una biografía novelada— representan una de las rutas del exilio español en el pasado; ese abrirse camino a golpe de ingenio y de ejercer la picaresca, de ser un tránsfuga: algo que cada uno de nosotros  ha ejercido, o lo hará,  a diferente escala.

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Libro de la semana

Libro de la semana: La enfermedad de escribir

AUTOR: Charles Bukowski

RESEÑA (Tomada de internet):

Bukowski reflexiona sobre la escritura y sobre sus maestros literarios y experiencias vitales. Abel Debritto, estudioso del escritor, ha rastreado su correspondencia inédita y ha seleccionado las cartas en las que aborda el tema de su oficio y su arte.

Las hay a editores de revistas, a su editor, John Martin, a escritores como Henry Miller, Lawrence Ferlinghetti o Hilda Doolittle, a críticos y amigos. En ellas reflexiona con agudeza sobre el proceso de escritura y nos permite adentrarnos en las entrañas del negocio editorial. Leerlas plantea un estimulante recorrido autobiográfico que nos descubre a un Bukowski matizado, más allá del arquetipo; a un autor volcado de forma obsesiva en la escritura, con un sólido bagaje de lecturas y una visión muy clara de sus planteamientos, que le lleva a quejarse de algunos intentos editoriales de domesticar su estilo áspero y directo.

El libro, que arranca en 1945 y se cierra en 1993, pocos meses antes de su muerte, es un jugoso compendio de estética bukowskiana, con su característica vehemencia y actitud take no prisoners: lanza pullas feroces contra los beats (Ginsberg y Burroughs), los poetas del Black Mountain College, Hemingway o el mismísimo Shakespeare, pero también expresa su admiración por Dostoievski, Hamsun, Céline, Fante o Sherwood Anderson.

El resultado: un volumen rebosante de opiniones contundentes y sagaces reflexiones literarias, imprescindible para fans de Bukowski y para cualquiera interesado en el proceso creativo de un escritor.

AUTOR:

Henry Charles Bukowski, nacido como Heinrich Karl Bukowski (Andernach, Renania-Palatinado, Alemania, 16 de agosto de 1920 – Los Ángeles, California, 9 de marzo de 1994), fue un escritor y poeta estadounidense nacido en Alemania.

La escritura de Bukowski está fuertemente influida por la atmósfera de la ciudad de Los Ángeles, donde pasó la mayor parte de su vida. Murió de leucemia en 1994, a la edad de 73 años. Hoy en día, es considerado uno de los escritores más influyentes y símbolo del realismo sucio y la literatura independiente.

La poesía de Charles Bukowski (1920-1994) refleja la vida de la clase trabajadora, el alcoholismo y otros temas habitualmente sacados de su propia experiencia. Escribió el guión de la película Barfly, en la que el actor Mickey Rourke interpretaba a un alcohólico salvaje a la deriva. Éste y otros éxitos cimentaron su reputación literaria, pero Bukowski se sintió siempre más cómodo entre los vagabundos y los bebedores que entre los vapores de la fama literaria que, contra todo pronóstico, alcanzaría más adelante.

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Miscelánea

Tres yemas, seis pulgares. El arte de podar(se)

Solo tres. Lo miro. Nos miramos. Es lo más complicado de podar: limitarse a eso. Se empieza a cortar y dan ganas de seguir picando yemas como si fueran malos recuerdos. La poda se resume en eso: inclinarse. Creo que cuando uno es inmigrante no para de inclinarse.

La furgoneta Ford culebrea la cuesta en un llano de los campos de La Rioja, norte de España. Hace menos dos grados fuera y dentro más de veinte.

En la radio vuelven a repetir las cifras de contagios y de muertos: más de cien mil contagios y miles de muertos. No queremos saber más nada de ese virus. Es un tema omitido. En la vida vamos omitiendo situaciones; esta es una, pero ella no nos omite. Nos cerca y nos trae aquí.

El chofer gira el dial y sintoniza Tire Pa’ ‘Lante de Daddy Yankee, sube el volumen. Nos gusta.

Hay un olor penetrante que no se quita del aire. Apesta. Sale de alguno de los compañeros del viaje: el ghanés, alto, barbudo, con cráteres en la cara y una pelambre vieja. El salvadoreño, bajito, barrigón. No habla nunca. El marroquí, bajo y delgado, no sabe español. El boliviano, la misma cara de Atahualpa, habla mucho, nunca calla. La peste da ganas de tirarse por la ventanilla. Aún no sé precisar de quién sale.

El jefe de la cuadrilla es un colombiano, tan amargo como la sal. Ahí vamos.

Nos reunimos en un lugar intrincado, cada uno va como puede hasta ese punto.

El trabajo se organiza rápido: dentro del piso de la furgoneta están las tijeras de podar. Largas, afiladas. Rojas, a veces negras. Además de guantes, es lo único que se necesita. Comenzamos apenas amanece.

Somos subcontratos de un subcontrato. Es una ecuación matemática simple: el dueño de las viñas contrata a «X» y esta «X» contrata a «Y» y esta «Y» contrata a unos (…….), esos seis o siete puntos que somos nosotros, que ahora bajamos del furgón americano y el frío nos da en la cara que es lo único desprotegido que llevamos, salvo por la mascarilla que en mi caso llamo bozal.

Quien inicia la ecuación va restando los dineros, que es la única razón por la cual uno se levanta; sale disparado para ese lugar de encuentro, se mete dentro del olor de puñeta, ya pegado en la ropa, y se somete a doblarse hasta allá abajo, hasta la cepa de la uva que muchas veces es un tronquito pequeño, justo en los pies.

La ecuación no para de restar dineros. A los seis o siete puntos dentro del paréntesis nos pagarán la hora a cinco o seis euros. Al total se le restan cinco euros por el viaje en el furgón.

Por ese puñado de euros nos agachamos y empezamos la poda: que pueden ser dos o tres yemas por pulgar. La yema son los retoños y el pulgar las ramas. Cada cepa debe tener seis pulgares. Se corta como indica la X mencionada arriba, y el colombiano lo hace cumplir. Nos vigila, es un nervio con pies y muchos ojos. No para el cabrón. Va de aquí para allá y viceversa.

Lo miramos. Él nos mira a todos. Camina. Explica que es a tres yemas por pulgar. Lo repite. Solo habla de eso y de la música salsa de Cali, de las mujeres caleñas. Su repertorio se reduce a eso: las yemas, el pulgar, la cepa, las caleñas y la salsa. Ahora habla de las yemas, que dejemos solo tres. Tres, repite, y empieza a nevar.

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Artículos

Un país zombi y Pello el Afrokán

La historia de Cuba también puede contarse a través de sus actos de repudio. Un vademécum apretado y preciso compendiaría ese recorrido por la historia de un archipiélago que tiene oficio en el arte de lo grande pero ese trazado está permeado de esas bajezas, de esas lengüetas en la narrativa del cuerpo nacional.

Un acto de repudio en Cuba contra un opositor procura en el fondo vaciarlo de significado; dejarlo sin su capacidad de expresión social; sin su estatura; sin su dignidad de ser contrario, llanamente: ningunearlo. Y es un crimen.

Esa ceremonia del poder la podríamos empotrar en algún resquicio del choteo cubano, la conocida maniobra insular de tirar a mierda cualquier acto trascendente. Pero es un simulacro que pretende igualar, y a la larga, desautorizar al otro que se impone, se manifiesta, se erige en portador de una verdad, de su verdad.

Pero en un país como Cuba, privado de democracia, donde se ensaya una sola verdad desde la narrativa del poder eso no es posible.

Un estado que ejecuta metódicamente un asesinato de reputación no es un estado, es una factoría con capacidad legislativa y actuar delictivo.

Y tiene ese estado, porque allí todo es suyo o le da el visto bueno, la responsabilidad en ese sentido: si se lanza una piedra o un coctel molotov contra un opositor detrás estará el estado cubano o esa zona franca que es Villa Marista: a estas alturas quizá algún coronel dirige todo el país a través de su walkie talkie.

Y desde ese territorio minúsculo que es su buró, donde bebe su café, resopla con hastío, ese coronel echa a andar a todo un país. Ese, su país; ese, un país zombi.

7366 kilómetros es la distancia física que puede separarte del origen natal pero desde cualquier lugar se puede estar cerca, incluso desde esa lejanía algunos pueden ver mucho mejor. Es la obsesión, la fe de miles de los que viven lejos, de los que han decidido alejarse pero pretenden y asumen que eso no implica abandono ni impide participar.

La gravitación de Cuba ante un país tan poderoso como Estados Unidos de América: ya sea por negación o por aceptación, ha definido a cada generación política y desde ese corsé han anclado los límites de los proyectos de país junto a sus posibles coordenadas de sobrevivencia.

Desde que los patricios de la nación, muchas veces hijos del rico colonialista español, vislumbraron la posibilidad de quitarse de encima al gobierno español, la circunstancia de tener cerca a vecinos tan ricos, aupados por el aura de libertad, condicionó ese camino.

Y en ese instante estaba ya la figura del voluntario como protagonista del acto de repudio junto a la sospecha de pretender, el opositor que lucha contra el poder imperante, la solapada anexión a la nación norteamericana. Esa última es la mayor mácula y saeta que invade cualquier proyecto político, lo escuece y lo zarandea.

No importa que todo movimiento libertario en Cuba haya sido ayudado de algún grado desde Estados Unidos, esa asistencia es una carga difícil de soportar y un error estratégico en lo ideológico a la hora de blasonar la futura independencia.

Los métodos usados por la prensa cubana en el siglo XXI parecen calcos a las del siglo XIX. Cuando no hay libertad de pensamiento todo se asemeja.

Y el acto de repudio es el mismo en el siglo XIX, XX o XXI: siempre una masa acéfala que agrede física o verbalmente al otro. Que asalta su espacio e intimida. Siempre con el apoyo tácito del gobierno que deja hacer desde la complicidad de la tolerancia o activamente con sus efectivos muchas veces de civil.

Hace décadas es un secreto a voces que cada efectivo de Tropas Especiales o del Minint en la Habana revolucionaria tiene entre sus uniformes reglamentarios uno del Contingente Obrero Blas Roca Calderío, otro de miliciano, además sus ropas de civil que emplean según el cuadro operativo.

Siempre el acto de repudio envilece y mata. Coarta la libertad de pensamiento y de movimiento. Es un crimen. Cuando se articula como expresión estatal a mitad del siglo XIX junto al cuerpo de voluntarios tienen los mismos rasgos que hoy. Una turba desprovista de legalidad que arrecia la presión social contra los núcleos opositores al poder. Baste solo recordar los sucesos del teatro Villanueva en 1869.

Unos años antes El Conde de Pozos Dulces reclamaba a aquella prensa virulenta de la Habana lo mismo que se le reclama hoy:

Confiados en el sentido común de los lectores, jamás hemos querido ocuparnos del periodismo habanero, sino para desahogar accesos de hilaridad que no otra cosa nos ha inspirado siempre la quijotesca y mercenaria defensa del gobierno (…) Personajes de mala ley que jamás supieron ganar el pan en el campo del trabajo y de la industria; que ni en la categoría de empleados tuvieron nunca la moderación suficiente para no abusar de la rapacidad tan lícita y provocativa en el mecanismo burocrático de nuestra administración; acogidos hoy al seguro de la impunidad que procuran siempre la celebración de la fuerza y la adulación al poder… [1]

Cuando el acto de repudio es enaltecido desde el gobierno esa turba que lo ejecuta cree festivamente que hace el bien y más si cuenta con el visto bueno de los medios de comunicación que los promueve con difamaciones o inexactitudes: asesinatos de reputación.

Entonces en ese contexto estamos asistiendo a un crimen de estado y muchas veces en esa clave festiva. Es tal la degradación moral que asistimos a una manifestación zombi. Un alarde de expresión corporal, una catarsis.

Si se analiza distintos testimonios visuales de algunos de esos actos de repudio en Cuba podemos ver la similitud entre estos y las propias expresiones carnavalescas de la cultura cubana: gritos, bailes, avanzadas a ritmo de conga; cuerpos que se pegan; violencia verbal y física; bramidos guturales, manos que se alzan y amenazan, invocaciones de pertenencia  y golpes en pecho, movimientos sincronizados en una puesta en escena para el poder.

Ese segmento memorable en el inicio del filme Memorias del Subdesarrollo, con música de Pello el Afrokán, sería la banda de música arquetípica para el acto de repudio. Allí vemos cómo dentro de la fiesta se comete un asesinato. La turba gira y gira, manotea, grita, ríe, bebe, no se desconcierta, abre momentáneamente un redondel en su cuerpo, y deja pasar el cuerpo del caído que es alzado en manos del poder, mira de reojo y prosigue en el baile.

Un baile que no cesa. El baile de la historia.

En Cuba, ni pensando igual que el poder se está exento de sufrir un acto de repudio. El Poeta Nacional Nicolás Guillén, en los años sesenta sufrió también el suyo. Lo vivió su esposa a 17 pisos por encima de la concentración que gritaba, según narra Guillermo Cabrera Infante en Vidas para leerlas: ¡Nicolás, tú no trabajas ná!/ ¡Nicolás, tú no eres poeta ni ná!

Poco antes, en la Universidad de la Habana, Fidel Castro, había dudado de la entrega del Poeta Nacional al trabajo productivo de la nación y había ensalzado al Indio Naborí que publicaba un poema casi a diario en la prensa.

Rebellón, es ese clásico funcionario de segunda que con el tiempo lo hacen desaparecer, guió a los estudiantes a la tángana a Guillén. Cada generación tiene sus oscuros funcionarios y sus voluntarios y sobre todo un pueblo que sabe mirar para el lugar indicado del baile para no ver nada, para seguir bailando.


[1] Francisco de Frías, Conde de Pozos Dulces: periódico La Verdad, 25 de diciembre de 1854.

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