“Alrededor de mis fríos despojos,
en el aire zumbaban insectos…”
J. CASAL
Llueve. Las gotas intentan destruir con su frecuencia la superficie de los charcos. Te resguardas en el portal. Pasas la mano derecha por el rostro. Con el movimiento arrastras los pequeños caudales que corren desde la gorra sucia. Das un manotazo: intentas alejar una mosca impertinente. No la alcanzas. Esperas… Insiste, ahora en el antebrazo. Lo mueves y se dirige al mostrador. Se posa en el labio de la dependienta. Miras a la mujer resoplar, salpicada de sangre como un verdugo de la comuna, y la mosca se oculta en la parte posterior de la puerta del establecimiento. No la puedes ver, la imaginas limpiándose las patas delanteras. Pides el último… Nadie responde. Maldices en voz alta y algunos vuelven hacia tu lado la cabeza, es solo un segundo, después vuelven a sus asuntos. La dependienta gira su cuerpo violentamente, te asombra que no haya cortado de cuajo algún cuello de los clientes que la aorralan, intentando llevarse una porción de huesos. La mosca da dos recorridos en redondo, se detiene en el mango del cuchillo y cuando la dependienta intenta trincar otra vez levanta vuelo. Vuelves a pedir el último. Responden al otro extremo, le preguntas detrás de quién va. No parece entenderte. Intentas de nuevo. No responde, desistes. Será más fácil seguir a la vieja que a la mosca, te dices. Vuelves a mirar al mostrador y ahí está, allí mismo sobre el borde metálico. Sientes una leve felicidad. Un cliente se acerca y toma vuelo azarosamente. Se posa en el labio inferior de la dependienta. Molesta, gira el cuerpo, el cuchillo sigue el recorrido del brazo derecho y abre en canal el cuello del cliente más próximo. Alguien grita desgarradamente. El hombre cae. Abres un espacio entre los dedos que te cubren los ojos y en un atisbo, antes de emprender el vuelo, la ves posada, limpiándose las patas delanteras con agilidad, diríase complacida, en el borde metálico del mostrador inundado en sangre.
La Campana, década del 2000