Como el desplome de un juego de naipes en el lomo del globo es la clausura de un modo de vida que parecía inamovible y ese pulso fallido contra la pandemia ha puesto en jaque lo conocido.
La trasmisión del virus Covid-19 ha sido el as que nadie predijo más allá de las teorías conspirativas.
El estado actual de desamparo durará mucho más, al menos por los próximos meses ni de las previsiones más optimistas se deduce que estemos a salvo: incluso con una vacuna exprés. Algo sin parangón en la historia universal.
Si la globalización tiene una cara horrorosa es esta: la indefensión, la nula independencia, la falta de privacidad personal y nacional. Ya nos ha quedado claro la orfandad: esta distopía la empotró en nuestra memoria colectiva.
El mundo es un NO LUGAR. Ese concepto acuñado por el francés Marc Augé: porque más allá de ensoñaciones patrioteras y de la archivística tradicional de ideologías y nacionalismos, estamos a merced de algo tan simple como un catarro que cualquier compañero de viaje nos echa encima y ante eso el sentido de propiedad, de cuerpo, de independencia, ha desaparecido.
Todo el ego y la belleza humana acumulada en miles de años de cultura, todo el sentido de antropocentrismo se ha refugiado detrás de unos centímetros de gasas de poliéster.
Ha vuelto el miedo ancestral.
Y ningún presupuesto previó defendernos de una nadería así. De la sintomatología de un refriado que nos sorprende en el incierto horizonte de un café, una habitación, una cama, una calle, un aeropuerto o una terminal, esos lugares asumidos en nuestras rutinas habituales en los cuales ya no nos sentimos seguros.
Casi todas las estrategias trazadas por los países han sido fallidas: no ha existido una posición eficiente: lo común ha sido el desastre y vivir en una aldea planetaria es un elemento desfavorecedor, otra debilidad a la hora de enfrentar el futuro inmediato.
El origen del virus fue una provincia China, y el proceder de ese gobierno, lento, ocultando desde el inicio el problema ha ayudado a la propagación y al estado actual. Es el proceder habitual en países donde no hay libertad de expresión y los gobiernos pisotean los derechos.
En estos meses hemos visto ubicar en lugares privilegiados de la cadena informativa a agoreros, a pitonisas y publicaciones en cualquier formato que previeron o informan del futuro ante este escenario.
Estamos hoy otra vez agachados ante el chamán de la tribu, horrorizados del relato que nos echa encima y sobre todo del sentido de su respiración, de las gotitas de su saliva.
Desamparados como nunca.