Tres años antes lo intentamos, pero una delación nos truncó el plan. Delación que pagó con la vida su autor, dice desde el fondo Arcis, que sonríe. Fernando, prosigue: como siempre advierte el general López, «que si en esta tierra no se hace algo con el asunto de las delaciones nunca será país», y sonríe, junto al estrépito general. Porque mira que hay acá gente con la lengua suelta, concluye Echerri.
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Trinidades
(Fragmento de novela)
Trinidades
(Fragmento de novela)
Cuál es la orden, pregunta Clara detrás de la puerta. Le dices que pase y tome el lío de ropas, lo lave y trate con cuidado las de Mariano: las demás se las pueden repartir entre ellos, enviándole después dos mudas a los huérfanos de la villa, que guarde las de él en su habitación, para cuando llegue algún día. Preguntas por qué no levanta la cabeza cuando se le dirige la palabra, la hunde más en el pecho. Te acuestas y mandas que abran puertas y ventanas, quieres respirar aire puro, es uno de los pocos placeres que te quedan y el aire aquí es más agradable que el de Trinidad, aunque no tiene salitre y desde la ventana no puedes ver el mar, ni los veleros entrar a Casilda o a La Boca. Cierras los ojos y ves todo ese verde infinito de los cañaverales que parecen llegar a Sancti Spíritus, acosando las montañas con las mareas incontenibles de tiempos de cosecha. La torre de la Iznaga semeja un fuerte español, no una atalaya con campanario. Quieres oír el canto del tomeguín, tocas la campanilla, sitúan la jaula al lado de la mampara y lo ves saltar, comer, saltar de nuevo, vuela entre los güines, pero no canta, le retiras la comida, el agua, esperas, pero no canta, deseas aplastarlo como a una naranja. Sales al corredor pensando en las mujeres que raptaron los piratas, qué habrá sido de ellas, de su honra, y ríes por esa preocupación de la honra, cuándo te ha robado el sueño su tenencia. Ya hace un mes que se las llevaron y no saben en la villa si fueron ingleses o franceses, qué estarán haciendo a estas horas. Desde la baranda miras a Clara, siempre sospechaste que era hija de Don José y que él lo que más sufre es que te pertenezca. Ofreció un hato de ganado en Manicaragua, pero dijiste no, un no rotundo que hizo palidecer a los abogados, que sufriera, decidiste, como sufre Mariano en Sevilla. Recuerdas cómo intentó explicar que la había comprado a unos holandeses en Cabagán, que a su vez la adquirieron en Puerto Rico; la vendieron muy a pesar de la tripulación, por la cantidad de vómitos que le provocaba el mar a la mulata de ojos verdes, «esos ojos idénticos a los tuyos, Don José», y él se levantó y te besó en la frente con los labios secos, le pediste que la dejara a tu lado para de alguna forma resarcir los daños de la vida marítima. No la habrán robado en alguna hacienda de Vuelta Abajo y dijo que no, la había cambiado por unas tozas de caoba a esos holandeses, medio piratas, medio armadores de empresas marítimas. Ayer recibiste noticias de que el señor estaba ausente de la villa, que embarcó en Casilda con rumbo desconocido y estabas segura que tramaba algo, juró no quedarse avasallado por una mujer. La esclava se ajusta el faldón de dril hasta el nacimiento de los muslos y en inclinaciones rápidas se agacha a golpear las piezas para dejarlas caer con premura, volviéndolas a golpear una tras otra. Te quedas hipnotizada con esas piernas, siempre te pasa igual: los ojos empotrados en la carne, como clavos de bronce, sientes envidia por la firmeza de sus muslos; los tuyos, únicamente cuando niña se expusieron así, con tanta lujuria, en el río Agabama, cuando nadabas con tu hermano escondidos de tu padre y de los caimanes. Tu hermano menguaba el miedo con zambullidas largas, e imaginas que debió hacer lo mismo en los ríos de San Agustín de la Florida hasta que murió. Clara sigue mostrando las piernas y mira hacia arriba, tu mirada la turba y huye a resguardarse debajo del piso del corredor. La dejas huir y le gritas que tenga cuidado con la ropa de Mariano, que venga al cuarto. Después despachas unas cartas a La Habana y varias a Vuelta Abajo para que te digan si Don José está por allá, sientes el malestar de decir Don José, pero si no le pegas el Don, la lengua se espina, fuerza de la costumbre seguro.
El agua de pozo deja ver los nubarrones de mármol de la bañera, agua traslúcida que abrillanta el fondo. Los dedos juegan en la superficie remolinándola por instantes, y ondulan pequeñas olas semejando un brazo de mar, el brazo de mar de la desembocadura del Güarabo, quisieras haber estado allí cuando se llevaron a las mujeres. Esperas, desnuda, que Clara llegue con las dos docenas de mangas blancas y deslizas las piernas de gacela enferma, como las bautizó Don José. El agua está fría, muy fría para un solo cuerpo. Escuchas la algarabía en la cocina, seguro encontraron algún alacrán escondido en las sombras o un jubo reptando en los sacos de azúcar, porque negras para algazara, las tuyas. Recuerdas los primeros días de esta bañera, traída desde Jamaica a un precio exorbitante, comprada por tu capricho de tener un pequeño brazo de mar. Aquellas primeras zambullidas llenas de placer entre él, tú, y la bañera. La bañera también jugaba un papel principal, con sus doce pies de largo y siete de ancho, donde dos cuerpos se separan o unen por puro capricho del agua. Las manos bajan despacio hasta el vientre y se entretienen ensortijando los cabellos, creando pequeñas piras incendiarias. Don José decía: tú allá abajo eres una yesca del Olimpo, y la risa te estremece el cuerpo. Clara no llega, la mano derecha se apoya en el borde curvo de la bañera, anclando tu cuerpo en esa posición, un dedo se introduce en las paredes carnosas del pubis y entra y sale repetidamente, los ojos fijos en los nubarrones del mármol, en las vetas que lo hacen caro en el Caribe, esperas que el alma, esa cosa insustancial para ti, se escape por las piernas y flotas hasta que caes, despacio, como una hoja de sauce, al fondo, a los nubarrones que aguardan fundiéndose entre sí. Intentas flotar un rato después, esperando que llegue la esclava con las mangas; se justifica diciendo que fue necesario ir a la arboleda y que todos los hombres están en el corte de caña, y los del trapiche son intocables, la dejas hablar, miras sus labios redondos, y ella, sola, fue a la arboleda y se encontró, menuda suerte, una vara de cañabrava y uno a uno los tumbé mi ama, le dices que está bien, calla esa boca dulce, leguleya y desnúdate para que entres, duda, pero con la mirada la obligas a despojarse de las ropas, ves los senos, más pequeños que los tuyos, salir al aire con frescor, las caderas también, miras su monte de Venus, una catarata negra tienes ahí abajo, susurras, cambia la mirada: siempre es igual desde el primer día, de quién tienes miedo, a Don José, es tu padre, ella calla y hunde la cabeza en su pecho desnudo, le preguntas si conoce la historia de Venus, la diosa de espuma y ella niega con la cabeza, entonces acércate, ven, lo hace vacilante, en su oído le relatas las historias de la diosa, con la otra mano tocas los círculos concéntricos de la corona de los senos en recorridos lentos, rápidos. Le dices del nacimiento de la diosa y que ella era tu Venus, tu diosa africana, una diosa de chocolate, tiembla su carne, le pides que entre, lo hace, te levantas y echas las mangas al agua, todas van al fondo junto a las vetas grises, ella explica que tiene marido y no quiere hacer nada de esto, no la escuchas, sopesas los senos con arrebato en la superficie, le pides que desmenuce las mangas y tire las cáscaras al agua. Comienza uno por uno, observas sus labios trabajar y las mangas enturbian con su pulpa el agua clara que se torna viscosa. Las mangas poco a poco van abriéndose en el fondo, no ves las vetas, te acercas y la besas, tu lengua se introduce entre los molares y el comienzo de la garganta, carraspea y mira asustada como siempre, como si esta fuera la primera vez, quién es él, le preguntas y dice con miedo, Madrigal el Carabalí, sonríes, pues pensabas que fuera ese mayoral medio incompetente, no ese negro horrible, pero te habla temblorosa y le pides un abrazo fuerte, fuerte como si quisieran fundirse en una sola persona, tiene sus senos tibios comprimidos con los tuyos, ya fláccidos por el tiempo, exiges que abrace más fuerte, las manos recorren las espaldas. Bésame y lo hace tímida, le demuestras con tu lengua, sientes la de ella en tu boca, busca una salida que no encuentra, que no encontrará, porque choca con las paredes de la garganta, con la campanilla de carne que gustas mirar en el espejo, tomas una mano suya y la posas en el vientre y el dedo más grueso que encuentras lo introduces, despacio, mirándole los ojos verdes y sientes los espasmos otra vez. La besas detenidamente, abre sus ojos y llorando pide que la mandes al corte de caña, pero esto no, no, mi ama, dices que amas, que la amas, y que ella te ame. Agacha la cabeza y la hunde en el agua, sales.
A las once de la mañana vienen a decirte que han llegado, los haces pasar como corresponde a una mujer que vive sola y como se debe tratar a los prestamistas de baja alcurnia, estos criollos que nunca llegarán a nada, estás segura. Entran comedidos y exponen sus necesidades, hablan de la solicitud de préstamos de varias personas, familiares de las mujeres raptadas y los piratas exigen un Potosí, de esa manera, el dinero de la deuda de su hijo será empleado en una buena causa, dicen, asientes con la cabeza y dices que les pagarás, que regresen a las tres de la tarde, que ahora estás indispuesta y que estabas agradecida de su ayuda a Mariano en los momentos de desgracia, aun con intereses tan altos. Regresen a esa hora y me harán un gran favor, pueden pasar por la cocina a comer algo y los corceles cambiarlos por otros descansados, para que visiten a quienes quieran en el valle. Aceptan los caballos para llegarse al campanario de la Iznaga, que tiene progresos maravillosos. Los sientes marcharse y ríes con todo el cuerpo, los tienes en las manos, solícitos en tus caballos, en dirección al camino real, cabalgan en bestias de otros y puedes prenderlos por ladrones y si resisten matarlos como tales. Matías pide permiso para hablar, dice que trae una carta del cura Don Ignacio Cagigal y Morales, le miras a los ojos, crees ver insolencia, lo reprendes como se reprende a un perro de mierda, que si tuvieras contactos lo venderías en la costa para no verlo jamás, querer vejar a Clara. Cuando entrega la carta le dices que mande a los cuatro negros del trapiche y le diga al mayoral que los sustituya por hoy, piérdete, negro, le gritas. Miras los cuadros de la sala, encargados a un pintor italiano que, insolente, resaltó más el brillo de la diadema que tus ojos y se lo dijiste con presteza, bien caro que se le pagó, la cara de palo de Don José nunca ha cambiado, piensas, y lo jóvenes que estaban allí, el cuadro también está avejentado, no imaginabas que esto llegaría a suceder, tener a Mariano en Sevilla, casi expatriado como un político de poca monta, sufriendo el vicio que él mismo le inculcó con visitas a burdeles y casas de juego y hubo de ser aquellos días de la compra del cafetal de Güinía cuando caíste en desgracia, Mariano; ahora te preguntas qué hubiera pasado si él hubiese pagado la deuda en lugar de dejar a su hijo sin merced y sin un peso fuerte, todos acechando a Mariano en la villa y su padre renuente a pagar la deuda y aquel negro con la sugerencia de raptarlo y esconderlo en alguna cueva para pedir un rescate y pagar las deudas de Mariano. El esclavo ganaba la libertad más unos miles de pesos y ser un ineficaz el negro, que lo único bueno que hizo fue no hablar para que todo fuera sospechas de Don José contra tu proceder, por ser el negro de tu dotación. Don José es un viejo zorro. Los cuatros negros llegan y les explicas que el plan no puede ser cambiado y menos realizarlo mal, que les costaría la vida, uno porque si la justicia los atrapa, los ahorca y si huyen al monte soy capaz de contratar a la partida de Armona, los ojos de los negros se asustan, el mismo que mató a Caniquí en María Aguilar, lo mató como a una mojarra, igual los mataría a ustedes, los negros asienten, les dices una parte de la recompensa, la otra será al final.
Cuando son las nueve pides un chocolate caliente para aguardar las noticias que los negros deben traer. Bebes despacio, saboreándolo con las imágenes de lo seguro acontecido en la guardaraya. Cierras los ojos con sorbos del líquido en la boca, ves caer del caballo a uno de los prestamistas, el brazo cortado de cuajo, resbalará desde la silla y quedará en el suelo con un pie enredado en el estribo. Su grito vagará en los cañaverales, un grito de pánico que asustará al otro sin tiempo para huir del machetazo en el vientre. Los intestinos saldrán como los de un cerdo, esos dos son un par de cerdos, el machetazo siguiente será en el cuello, y la cabeza rodará en la tierra, los cuerpos temblando en un estertor violento. Los caballos intentarán irse, azorados por tanta sangre. Los negros llegan a las nueve, traen las noticias esperadas, han cumplido a cabalidad todo lo planeado, los caballos de los prestamistas están tirados en un pozo seco, donde nadie puede encontrarlos y los que usted les prestó, como deseaba, están en el fondo del Agabama; los bichos fueron acercándose poco a poco y de pronto era un enjambre, mi ama, y las burbujas subían alocadas entre la sangre. Les das la primera parte del dinero y unos garrafones de aguardiente, acuérdense del silencio. Se van callados por la puerta de la cocina, si todo saliera siempre así, Mariano no estuviera ahora donde está y no fuera lo que es. Mandas a buscar a Clara para dormir, que se presenta fría la noche. Adiós prestamistas, ríes. Se acuestan en silencio, los cuerpos separados, estás cansada de este día, lo has repasado como siempre y no quieres mucha proximidad con Clara, que duerma como le plazca en la otra esquina y forme ese ovillo de estambre claro que semeja dormida, cierras los ojos soñolienta, pero la campana te estremece, aun más los desesperados gritos del mayoral, pero estos duran unos instantes, después todo es un silencio misterioso, como alaridos silenciados en los barracones. Te asomas a la ventana para cerciorarte de que no fuera lo dicho por el cura Don Ignacio Cagigal y Morales: un castigo del Señor por los tráficos de negros en la costa de esta villa luciferina, casi un emporio de la desmesura, igual que fue, que es Haití, pero no, parece el ulular del viento, y quiera Dios que jamás ocurra un levantamiento de esclavos. Recuestas tus piernas a las de Clara, acaparas su calor y piensas en Mariano, solo en Sevilla, viviendo tan mal, deseas que no sea arrastrado al juego por sus manías. Le añoras, y esos peninsulares por el dinero más nimio saldan la deuda a puñal limpio. Sientes otro grito, ahora en la cocina, te intriga tal desfachatez, hacer eso en la casa vivienda y con tanto bullicio, vestida para bajar escuchas la algarabía en el cuarto de las esclavas, desconfías en la certeza de oídos viejos, mueves la cabeza dudando de ti, no será un ruido de puertas abiertas sin comedida, o botas resonando en el descanso de la escalera, ella duerme sin importarle nada. Las esclavas invocan clemencia a los dioses y confunden nombres africanos con católicos, risas femeninas recorren el corredor, si es alguna de las negras la azotarás, la mandarás al cepo. Empujan las hojas de la puerta, esperas, quieres ver sus ojos, sus rostros atrevidos. La oscuridad apenas deja ver y gritas quién anda, pero nadie responde y unos manotazos te recorren el cuerpo, gritan para sujetarte entre todas. Te prenden. Toman rumbo al río. La luna redonda no alumbra el camino porque no hay camino, lo sabes por el silbido de los sables en la manigua y dan trompicones tus pies con las piedras, enredándose con bejucos y otras inmundicias que aborreces, quieres gritar pero tienes la boca amordazada, aunque gritar aquí es en balde. Quién escuchará tus gritos, y si los oyen, qué harán, ¿salvarte? En estos lugares sólo cimarrones puedes encontrar y figurarán que son gritos de aparecidos, de brujas, mente de infelices tienen estos animales. Haces fuerza con los hombros, dicen que no resistas, que de nada vale resistir con ellas y crees reconocer la voz, pero son figuraciones. Por el temor los pasos son agitados, las escuchaste hablar de los esclavos, de la posibilidad de que escapen de las barracas y las persigan para rescatarte y recibir de premio la libertad, sabes que ellos, los negros, harán algo, se beberán los barriles de aguardiente y formarán juerga hasta que aparezca otra autoridad, porque ese mayoral no vale un real, te das cuenta, y debe estar huyendo, pero salvarte jamás lo harán, nada puede esperarse de ellos, los pasos disminuyen cuando llegan al cañón del río, dan gritos y les responden desde un bote en la distancia, tienes miedo de ellas, de Mariano en España, del río, de los caimanes, recuerdas a los esclavos que intentaron irse apenas llegaron al ingenio, y saltaron al agua creyendo poder escaparse y los hombres de la partida sólo vieron los muñones sangrantes de los brazos saltar en el agua, y un instante después hundirse entre las burbujas rojas. Bajan al cañón y te hacen saltar al bote, ellas silban una melodía, silban todas a la vez. Pero no es una zarzuela, es una canción de mar, son putas de mar y ríen despreocupadas de llevar esta carga inútil e inofensiva, destapan tu cara y ves solo cinco siluetas que beben de un garrafón, después entonan la misma melodía, y una toca tus senos y los deja con violencia, dice que para qué él querrá esta cosa vieja y todas ríen y se abrazan con efusión. Los árboles que bordean el cañón se descubren aguzando la vista y con un poco de imaginación, las estrellas apenas parpadean. De un salto caes al agua oscura y te dejas hundir pensando en Clara que nada supo, o quizás todo…