Cada vez que pensaba en un encuentro con el gran viejo deseaba que lo recibiera con las manos abiertas y lo estrechara contra su pecho de tiburón flaco. Llevaba años a la espera de ese encuentro: en la guerra grande, cuando se reunieron en el Zanjón, ya el otro había abandonado el país y todo se vino abajo. Al lado del general Carrillo, aguardó a que las tropas decisivas desembarcaran pero todo quedó en el intento y años después no tuvo más ocasión de abrazarlo que en un mitin en Tampa, organizado por ese Delegado, pero tampoco pudo, porque al comprar el boleto: al no entender muy bien el idioma inglés, confundió rutas, horarios y llegó retrasado. Hasta pensó embarcarse a Monte Cristi pero una enfermedad repentina lo condenó a estar tres años prácticamente encamado y cuando por fin llegó la hora del alzamiento se reponía de su dolencia, y fue muchos después que pudo embarcarse con una expedición tardía, al mando de un general olvidable, de los llamados a dedo.
Muerto ya el delegado y el lugarteniente, no quedaba más lumbrera que el gran viejo, que envolvía con su táctica maestra a las atrofiadas tropas españolas. Y entonces pensó que llegaría el gran día, que abrazaría de un vez por toda al generalísimo y por eso esmerábase en cada combate, en cada guardia, en cada exploración y con cada enfermo, pero todo quedaba en el intento, siempre el abrazo se esfumaba en cada oportunidad: en un combate en Las Villas, en un ingenio de Santo Domingo, se destacó tanto que pensó llegada la hora, pero un ataque español al amanecer obligó a que se dispersaran la tropas y fuera entregado su ascenso a comandante por otro jefe.
Las semanas pasaban y él sabía que ya era muy tarde para el abrazo, para estrechar al viejo. Con cada día pasado caían los obstáculos para el triunfo y para el desembarco norteamericano, ya la guerra estaba ganada y así fueron pasando los meses: al borde de los poblados, con apenas ropas y recursos para festejar. De vez en vez les obsequiaban ron y una noche celebró el nacimiento del primer hijo que le nacía en el monte y fue tal el gozó que se aventuró a realizar diez disparos al aire de su campamento cuando irrumpía la tropa comandada por el viejo, que venía crispado por el fracaso de las pláticas para cambiar el curso del tratamiento dado al ejército libertador.
El viejo general creyó ver plasmado el desorden del proceder, la desfachatez y el libertinaje atribuido a su ejército en ese oficial que disparaba embriagado al cielo de Cuba y no aguardó ninguna clase de explicaciones y se le vino encima hecho un rayo y le descargó cinco planazos que hicieron rodar al ebrio oficial desde su caballo hasta un lodazal. Y allí, cuando intentaba atenuar el dolor abrazando el escozor provocado por el metal en la espalda, descubrió, asombrado, al viejo general.
(Pertenece a un libro inédito)