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La grasa

West Palm Beach y junio del 25. 

Hoy he ido al gimnasio a las 5 pm  y está a reventar de grasa: manteca abdominal y glúteos llenos también de grasa. Es un gimnasio de grasa por todas partes y de todas partes. 

La migra no ha venido por la grasa pero de venir tendría que ir mucho atrás porque también hay mucha grasa nórdica, grasa irlandesa: quizá fundacional. 

No, la grasa engrasa la economía.

País de grasa. 

La economía circular produce la grasa y todo el ecosistema se basa en ello: en crear enfermedades así como se arman guerras convencionales pero estas a nivel estomacal: más sutiles, van en plan de enfermar y luego cobrar por curarte. 

Es un circuito cerrado.

Ese ciclo es el bumerán social y todo lo demás es propaganda: en el el fondo es incubar toda una ralea de enfermedades que van del cáncer a la diabetes y de esta a todo lo imaginable. La economía se basa en ello. Solo hay que ver la inmensidad de comida basura como norma y culto.

Hago mi plan de ejercicios cercado por la grasa, asqueado de grasa y me regreso.

Sigo la dieta keto y me pongo una sencilla hamburguesa coronada con american cheese para honrar al país de la grasa, ese que me habita y honro.

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Cuatro años después/Four years later

Se sigue buscando y se anda por ahí

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23 de julio en una casa de la calle angarilla, Trinidad, 1851.

Tres años antes lo intentamos, pero una delación nos truncó el plan. Delación que pagó con la vida su autor, dice desde el fondo Arcis, que sonríe. Fernando, prosigue: como siempre advierte el general López, «que si en esta tierra no se hace algo con el asunto de las delaciones nunca será país», y sonríe, junto al estrépito general. Porque mira que hay acá gente con la lengua suelta, concluye Echerri.

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Marchar(se)

Uno que no es valiente y tiene el cuerpo a salvo, lleno de nutrientes, a 10 000 kilómetros, cómo podría exigir marchar, cómo podría exigir al hermano, a la hermana de tristeza y zozobra que salgan, que se inmole ante la barbarie y la sinrazón. Ante el totalitarismo y la muerte.

Cómo los hay que lo exigen y excitan cuando nunca lo hicieron allí?

Cuando solo verán la golpiza en una pantalla de teléfono.

Y van y cenan un risotto y hablan de la isla con el mismo ahínco puesto a una telenovela o al tema de moda.

Solo anoto que aunque todo sea, quizá un amago, ya no hay revolución, hace mucho que no, ya no hay empatía, ya no hay entusiasmo, hace mucho que no. Solo queda esperar que la muerte sepa que es muerte y de paso a la vida que se parece al 11 de julio.

Es cuestión de tiempo.

El gobierno cubano es un cadáver insepulto.

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EL ABRAZO

Cada vez que pensaba en un encuentro con el gran viejo deseaba que lo recibiera con las manos abiertas y lo estrechara contra su pecho de tiburón flaco. Llevaba años a la espera de ese encuentro: en la guerra grande, cuando se reunieron en el Zanjón, ya el otro había abandonado el país y todo se vino abajo. Al lado del general Carrillo, aguardó a que las tropas decisivas desembarcaran pero todo quedó en el intento y años después no tuvo más ocasión de abrazarlo que en un mitin en Tampa, organizado por ese Delegado, pero tampoco pudo, porque al comprar el boleto: al no entender muy bien el idioma inglés, confundió rutas, horarios y llegó retrasado. Hasta pensó embarcarse a Monte Cristi pero una enfermedad repentina lo condenó a estar tres años prácticamente encamado y cuando por fin llegó la hora del alzamiento se reponía de su dolencia, y fue muchos después que pudo embarcarse con una expedición tardía, al mando de un general olvidable, de los llamados a dedo.

Muerto ya el delegado y el lugarteniente, no quedaba más lumbrera que el gran viejo, que envolvía con su táctica maestra a las atrofiadas tropas españolas. Y entonces pensó que llegaría el gran día, que abrazaría de un vez por toda al generalísimo y por eso esmerábase en cada combate, en cada guardia, en cada exploración y con cada enfermo, pero todo quedaba en el intento, siempre el abrazo se esfumaba en cada oportunidad: en un combate en Las Villas, en un ingenio de Santo Domingo, se destacó tanto que pensó llegada la hora, pero un ataque español al amanecer obligó a que se dispersaran la tropas y fuera entregado su ascenso a comandante por otro jefe.

Las semanas pasaban y él sabía que ya era muy tarde para el abrazo, para estrechar al viejo. Con cada día pasado caían los obstáculos para el triunfo y para el desembarco norteamericano, ya la guerra estaba ganada y así fueron pasando los meses: al borde de los poblados, con apenas ropas y recursos para festejar. De vez en vez les obsequiaban ron y una noche celebró el nacimiento del primer hijo que le nacía en el monte y fue tal el gozó que se aventuró a realizar diez disparos al aire de su campamento cuando irrumpía la tropa comandada por el viejo, que venía crispado por el fracaso de las pláticas para cambiar el curso del tratamiento dado al ejército libertador.

El viejo general creyó ver plasmado el desorden del proceder, la desfachatez y el libertinaje atribuido a su ejército en ese oficial que disparaba embriagado al cielo de Cuba y no aguardó ninguna clase de explicaciones y se le vino encima hecho un rayo y le descargó cinco planazos que hicieron rodar al ebrio oficial desde su caballo hasta un lodazal. Y allí, cuando intentaba atenuar el dolor abrazando el escozor provocado por el metal en la espalda, descubrió, asombrado, al viejo general.

(Pertenece a un libro inédito)

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CULTURA DE LA TOGA Y DE LA ESPADA

Si se respeta este día para el Día de la Cultura Nacional, prefiero hacerlo por esta advertencia que José Martí (nos) hizo un día como hoy a un general porque en Cuba siempre ha sido un diálogo entre generales y doctores:

«Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento: –y cuando en los trabajos preparatorios de una revolución más delicada y compleja que otra alguna, no se muestra el deseo sincero de conocer y conciliar todas las labores, voluntades y elementos que han de hacer posible la lucha armada, mera forma del espíritu de independencia, sino la intención, bruscamente expresada a cada paso, o mal disimulada, de hacer servir todos los recursos de fe y de guerra que levante este espíritu a los propósitos cautelosos y personales de los jefes justamente afamados que se presentan a capitanear la guerra, ¿qué garantías puede haber de que las libertades públicas, único objeto digno de lanzar un país a la lucha, sean mejor respetadas mañana? ¿Qué somos, General?: ¿los servidores heroicos y modestos de una idea que nos calienta el corazón, los amigos leales de un pueblo en desventura, o los caudillos valientes y afortunados que con el látigo en la mano y la espuela en el tacón se disponen a llevar la guerra a un pueblo, para enseñorearse después de él?»…

Así de simple y donde la espada destruye una y otra vez a la toga. Todo lo demás es narrativa de esos hechos. Literatura. Balbuceo democrático y agonía.


New York, octubre 20, 1884

Sr. Gral. Máximo Gómez N.Y.

Distinguido General y amigo:

Salí en la mañana del sábado de la casa de Ud. con una impresión tan penosa, que he querido dejarla reposar dos días, para que la resolución que ella, unida a otras anteriores, me inspirase, no fuera resultado de una ofuscación pasajera, o excesivo celo en la defensa de cosas que no quisiera ver yo jamás atacadas, –sino obra de meditación madura: –¡qué pena me da tener que decir estas cosas a un hombre a quien creo sincero y bueno, y en quien existen cualidades notables para llegar a ser verdaderamente grande!– Pero hay algo que está por encima de toda la simpatía personal que Ud. pueda inspirarme, y hasta de toda razón de oportunidad aparente: y es mi determinación de no contribuir en un ápice, por amor ciego a una idea en que me está yendo la vida, a traer a mi tierra a un régimen de despotismo personal, que sería más vergonzoso y funesto que el despotismo político que ahora soporta, y más grave y difícil de desarraigar, porque vendría excusado por algunas virtudes, embellecido por la idea encarnada en él, y legitimado por el triunfo.

Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento: –y cuando en los trabajos preparatorios de una revolución más delicada y compleja que otra alguna, no se muestra el deseo sincero de conocer y conciliar todas las labores, voluntades y elementos que han de hacer posible la lucha armada, mera forma del espíritu de independencia, sino la intención, bruscamente expresada a cada paso, o mal disimulada, de hacer servir todos los recursos de fe y de guerra que levante este espíritu a los propósitos cautelosos y personales de los jefes justamente afamados que se presentan a capitanear la guerra, ¿qué garantías puede haber de que las libertades públicas, único objeto digno de lanzar un país a la lucha, sean mejor respetadas mañana? ¿Qué somos, General?: ¿los servidores heroicos y modestos de una idea que nos calienta el corazón, los amigos leales de un pueblo en desventura, o los caudillos valientes y afortunados que con el látigo en la mano y la espuela en el tacón se disponen a llevar la guerra a un pueblo, para enseñorearse después de él? ¿La fama que ganaron Uds. en una empresa, la fama de valor, lealtad y prudencia, van a perderla en otra?– Si la guerra es posible, y los nobles y legítimos prestigios que vienen de ella, es porque antes existe, trabajado con mucho dolor, el espíritu que la reclama y hace necesaria: -y a ese espíritu hay que atender, y a ese espíritu hay que mostrar, en todo acto público y privado, el más profundo respeto; –porque tal como es admirable el que da su vida por servir a una gran idea, es abominable el que se vale de una gran idea para servir a sus esperanzas personales de gloria o de poder, aunque por ella exponga la vida. El dar la vida constituye un derecho cuando se la da desinteresadamente.

Ya lo veo a Ud. afligido, porque entiendo que Ud. procede de buena fe en todo lo que emprende, y cree de veras, que lo que hace, como que se siente inspirado de un motivo puro, es el único modo bueno de hacer que hay en sus empresas. Pero con la mayor sinceridad se pueden cometer los más grandes errores; y es preciso que, a despecho de toda consideración de orden secundario la verdad adusta, que no debe conocer amigos, salga al paso de todo lo que considere un peligro, y ponga en su puesto las cosas graves, antes de que lleven ya un camino tan adelantado que no tengan remedio. Domine Ud., Gral,. esta pena, como dominé yo el sábado el asombro y disgusto con que oí un inoportuno arranque de Ud., y una curiosa conversación que provocó a propósito de él el Gral. Maceo, en la que quiso– ¡locura mayor!–darme a entender que debíamos considerar la guerra de Cuba como una propiedad exclusiva de Ud., en la que nadie puede poner pensamiento ni obra sin cometer profanación, y la cual ha de dejarse, si se la quiere ayudar, servil y ciegamente en sus manos. –¡No: no por Dios!: –¿pretender sofocar el pensamiento, aun antes de verse, como se verán Uds. mañana, al frente de un pueblo entusiasmado y agradecido, con todos los arreos de la victoria? La patria no es de nadie: y si es de alguien, será, y esto sólo en espíritu, de quien la sirva con mayor desprendimiento e inteligencia.

A una guerra, emprendida en obediencia a los mandatos del país, en consulta con los representantes de sus intereses, en unión con la mayor cantidad de elementos amigos que pueda lograrse; –a una guerra así, que venía yo creyendo –porque así se la pinté en una carta mía de hace tres años que tuvo de Ud. hermosa respuesta– que era la que Ud. ahora se ofrecía a dirigir; –a una guerra así el alma entera he dado, porque ella salvará a mi pueblo; –pero a lo que en aquella conversación se me dio a entender, a una aventura personal, emprendida hábilmente en una hora oportuna, en que los propósitos particulares de los caudillos pueden confundirse con las ideas gloriosas que los hacen posibles; a una campaña emprendida como una empresa privada, sin mostrar más respeto al espíritu patriótico que la permite, que aquel indispensable, aunque muy sumiso a veces, que la astucia aconseja, para atraerse las personas o los elementos que pueden ser de utilidad en un sentido u otro; a una carrera de armas, por más que fuese brillante y grandiosa, y haya de ser coronada con el éxito–, y sea personalmente honrado el que la capitanee; –a una campaña que no dé desde su primer acto vivo, desde sus primeros movimientos de preparación, muestras de que se la intenta como un servicio al país, y no como una invasión despótica; –a una tentativa armada que no vaya pública, declarada, sincera y únicamente movida del propósito de poner a su remate en manos del país, agradecido de antemano a sus servidores, las libertades públicas; a una guerra de baja raíz y temibles fines cualesquiera que sean su magnitud y condiciones de éxito –y no se me oculta que tendría hoy muchas –no prestaré yo jamás mi apoyo. –Valga mi apoyo lo que valga, y yo sé que él, que viene de una decisión indomable de ser absolutamente honrado, vale por eso oro puro, –yo no se lo prestaré jamás.

¿Cómo, General, emprender misiones, atraerme afectos, aprovechar los que ya tengo, convencer a hombres eminentes, deshelar voluntades, con estos miedos y dudas en el alma? –Desisto, pues, de todos los trabajos activos que había comenzado a echar sobre mis hombros.
Y no me tenga a mal, General, que le haya escrito estas razones. Lo tengo por hombre noble, y merece Ud. que se le haga pensar. Muy grande puede llegar a ser Ud., –y puede no llegar a serlo. Respetar a un pueblo que nos ama y espera de nosotros, es la mayor grandeza. Servirse de sus dolores y entusiasmos en provecho propio, sería la mayor ignominia.– Es verdad, Gral., que desde Honduras me habían dicho que alrededor de Ud. se movían acaso intrigas, que envenenaban, sin que Ud. lo sintiese, su corazón sencillo; que se aprovechaban de sus bondades, sus impresiones y sus hábitos para apartar a Ud. de cuantos hallase en su camino que le acompañasen en sus labores con cariño, y le ayudaran a librarse de los obstáculos que se fueran ofreciendo –a un engrandecimiento a que tiene Ud. derechos naturales.– Pero yo confieso que no tengo ni voluntad ni paciencia para andar husmeando intrigas, ni deshaciéndolas. Yo estoy por encima de todo eso. Yo no sirvo más que al deber, y con éste, seré siempre bastante poderoso.

¿Se ha acercado a Ud. alguien, Gral., con un afecto más caluroso que aquél con que lo apreté en mis brazos desde el primer día en que le vi? ¿Ha sentido Ud. en muchos esta fatal abundancia de corazón que me dañaría tanto en mi vida, si necesitase yo andar ocultando mis propósitos para favorecer ambicioncillas femeniles de hoy o esperanzas de mañana? Pues después de todo lo que he escrito, y releo cuidadosamente, y confirmo, a Ud., lleno de méritos, creo que lo quiero: –a la guerra que en estos instantes me parece que, por error de forma acaso, está Ud. representando, –no-.

Queda estimándole y sirviéndole

JOSÉ MARTÍ

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Déjà vu de país

Esas mujeres asustadas y ridículas qué representan?

Esas rejas de hierro donde está empotrado el escudo de La Habana no serán las mismas rejas que protegían al Capitán General de la Isla cuando era colonia de España?

Hoy no protegen los designios de otro General que mueve los tentáculos mientras juega parchís y se sirve un vodka con hielo ante otro (el mismo) país en ruina?

Solo es cuestión de tiempo. Muy poco tiempo. El general lo sabe mientras mueve su vodka con ahínco como si moviera un ejército en pleno.

Sino es este muchacho, que aún no está preso como los otros, vendrán más. Siempre vienen más en este país.

Es el mismo juego de roles de siempre:
-un@s tontos útiles que defienden el reino con un cartel o una porra o un fusil
-un general embebido en alcohol y autocrático
-un joven con su derecho y razón que acecha y siempre es acusado de anexionista.

Déjà vu de país

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Comercializadora de Servicios Médicos Cubanos solo para extranjeros

La jefa del Departamento de Ventas de esa entidad, doctora Iliana Reyes Álvarez, anunció que para octubre, fecha que se adelanta un mes a la prevista para el reinicio de las operaciones del turismo en Cuba, la Comercializadora de Servicios Médicos Cubanos ofrece «teleasesoramiento» a disposición de extranjeros que desde cualquier lugar del mundo deseen conocer los programas médicos, quirúrgicos, de bienestar y calidad de vida, entre otros, que recibirían en Cuba, explicó.

El nuevo servicio, que ya se envió a la Cámara de Comercio de Cuba  para poner a disposición de sus canales, junto a las embajadas y consulados de Cuba por el mundo tiene en función a especialistas de medicina que aclaran dudas, en cualquier idioma, a los interesados.

Para la dirigente gubernamental, «Cuba ofrece, un sistema sanitario único, integral y goza de prestigio, y de acuerdo con la enfermedad o padecimiento, deben informarles el posible tiempo de estancia, en qué centros serían asistidos, las consultas con especialistas, tratamientos, los costos hospitalarios y cómo pagarlos, las tasas de cambio monetario, clima, cómo comunicarse con sus familiares desde este país, la transportación local, si desean hospedarse en un hotel o casa de renta, entre otros temas de interés, y recalcarles los protocolos de bioseguridad establecidos», concluye.

 Los que se propongan recibir tratamiento en Cuba tienen a su disposición el correo smc@smcsalud.cu o teléfonos + 5352112461, +5352165849, +532165844, +5352165856,+5352165854 y +5359966897, libre de costo.

El turismo médico en Cuba está vinculado a Biocubafarma, clínicas internacionales, instituciones médicas especializadas y trece centros en el país. Se desconoce si esa infraestructura está al servicio de la población nacional ante la grave crisis derivada del coronavirus en Cuba.

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Espera

Atiende inquieto la entrada de los proyectiles en la madera del techo: chirridos simples y sonidos fofos. Todo junto. Se recuesta a la pared de barro y flexiona lentamente las rodillas como si se dejara caer a una cama. Está muy cansado. Hace tres días lo expuso pero nadie le hizo caso: ralea de estúpidos oficiales, se dice, es el costo de un ejército inmenso y plagado de mocetes. Lo mismo pasó en San Juan de los Caballeros y fuimos blandos. Nunca se puede ser blando y menos con estos tipejos que son bosta de buey; malagradecidos hijos de su puta madre. Ahora dicen que uno de los oficiales mantenidos por el Rey, es uno de los instructores principales de estos marranos, suspira.  Da dos largas chupadas al tabaco y lo tira al suelo con rabia. No resiste mucho este cuartel y menos con los ánimos como están. Cierra los ojos y solo ve el río Ebro, engañoso, diamantino. Desea estar allí y no en esta isla perdida. Solo espera.

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Creo

Creo en las vacunas, en la savia y humildad del científico de la isla.

Creo en su empeño.

Creo que el 15 de noviembre, la fecha anunciada, está adecuada si se cumple  como anuncian el ciclo de vacunación. El mayor daño posible ya lo hizo el gobierno y la mayoría de muertes y contagios es resultado de su arrogancia, su sinsentido, su falta de objetividad al medir consecuencias.

Creo que han sido muertes evitables.

Creo que un día rendirán cuenta de ello.

Creo que un país, si depende su economía del turismo, debe abrirlo tan pronto sea posible. Lo mismo hizo España y otros.

Creo y quiero creer que esta tragedia, evitable en muchos grados, tiene que tener un final muy pronto.

Creo y quiero creer eso

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No se respira, Miguel

Miguel Díaz Canel, funcionario que reúne parte de los cargos del fallecido Fidel Castro y de su hermano Raúl Castro, celebra eufórico que funcione una planta de oxígeno medicinal.

Satisfecho publica en Twitter: «OxiCuba S.A. cumplió. En la madrugada de este sábado, se ha concluido exitosamente la reparación de la planta de oxígeno medicinal, asumida por técnicos cubanos y extranjeros. Se aliviarán las tensiones hospitalarias. Esto es #CubaPorLaVida».

Todos nos alegramos de ello: quién no va alegrarse de que se abastezca de oxígeno medicinal la red hospitalaria de la isla. Cuántos muertos no se hubieran evitado de estar funcionando?

Díaz Canel escoge muy bien el sitio para presentarse.

Él, o sus asesores de imagen, intentan resaltarlo como gestor de ese logro que, hablando en plata, es muy normal que una planta industrial de esa naturaleza funcione: lo inconcebible es no haber previsto esa contingencia que tanto dolor y muerte ha causado pero es que esa hornada de funcionarios no tienen vergüenza. No tienen piedad.

Viven en una Cuba paralela y la dirigen desde ese limbo.

Las cientos de muertes evitables que han sacudido a la isla pesan y cuentan más para el imaginario social que toda la caravana de facciones opositoras que por décadas han puesto el pecho al implacable brazo de la represión gubernamental.

Hoy sí está muy solo el general Raúl Castro en su laberinto. Allí teje y desteje los hilos del poder. Es una olla podrida de funcionarios que caen y vuelven a caer en la isla de las caídas y puertas giratorias.

Lo triste es que los muertos, como siempre, los ponemos desde el pueblo y la falta de oxígeno más todo lo demás ausente es para el pueblo.

Es que hace décadas no se respira, Miguel.

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Los seis y los cuatro grados: y los otros

Existe la teoría de los seis grados de separación. Formula que los grados de distancia con el ser más alejado en el globo son únicamente esos: seis.

Una teoría más reciente los reduce a cuatro ante la multiplicidad de las redes sociales o comunidades virtuales.

Cuando estudié la primera de las formulaciones saqué cuenta rápido y esgrimí a dos personas públicas y alejadas de mí: Obama/Fidel Castro. Del primero un amigo recibió un importante premio en sus manos, un abrazo y del segundo, la prima (trinitaria como yo) de un primo, era su esposa.

Con ese esbozo di por terminada la cuestión: ¡acientífico que soy! De cierta forma, me dije, soy optimista, ya está probada. Sé que no es para nada irrefutable pero me demostró que había algo. Una certeza, una corazonada y para las corazonadas siempre he sido un tonto.

Una teoría bella en su planteamiento siempre me seduce: como el aleteo de la mariposa y el Caos.

Pero cada vez que abro alguna red social solo veo horror, sufrimiento, la muerte inconcebible en personas sanas y jóvenes. Veo a mi país en el caos que lo ha llevado la ceguera política de unos cuantos privilegiados, la indiferencia de millones y el brazo armado de los primeros.

Hasta personas que vivían en una burbuja intocable y las cuestiones políticas les resbalaban estallan en sus muros, en el teléfono o en el grito de balcón a balcón.

Qué más hay que esperar para el orgullo de unos decisores ceda y el país, en sus voces de dirigentes pida, clame y acepte ayuda aunque sea del propio gobierno norteamericano que es también cínico y alimenta sus posturas de una casta de cubanos que viven de esa guerra.

Ya es hora de decir alto. Los cubanos en su mayoría han creído por seis décadas en eso que se ha llamado Proceso Revolucionario y al cabo de tantos años se han descubierto timados, no cuidados y prescindibles.

Omito aquí los cientos de presos por cuestiones políticas, que luchando por nuestro derecho a pensar diferente se consumen en calabozos: a esos los admiro y abrazo.

Ahora mismo Cuba está en la crisis más grande de su historia donde no existe una correspondencia entre cifras oficiales de muertes y las reales que afloran en las redes: el país va perdiendo, por desatención y falta de recursos, a muchos de sus hijos.

El orgullo político de unos pocos no puede estar por encima de la vida millones y si no lo ves así no solo eres un mal cubano eres un indolente hijo de puta.

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Dos libros hoy

Tres años hace que no compro libros. La razón: una vida nómada, de alquiler en alquiler; los precios y la facilidad del pirateo digital.

Los que me conocen saben que dejé una biblioteca interesante en mi país (al final buena parte la cedí a un amigo, de esos amigos que uno siempre le tiene cariño aunque ya no ande «en el vagón que es nuestra vida, donde tantos bajan y otros suben, así es el recorrido»).

Pues tres años viendo precios abusivos en libros vacuos y olvidables, de ello no escapan amigos que se autopublican y se sobrevaloran sin saber que este es un ecosistema cada vez menos lector y cada vez más renuente a pagar por un libro.

Hoy ha sido una excepción: he visto estos dos ejemplares a un precio decente y no he podido dejarlos ahí. En el olvido.

Saco el dinero: pero sé que es intentar regresar tres años atrás.

Allá donde todo está mal pero es nuestro lugar.

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Las palabras que ahogamos

Existen palabras que no comprendemos hasta un momento determinado. Puedes buscarlas y analizarlas en los diccionarios pero ninguno te dará la dimensión exacta.

Sí, hay palabras que tienen dimensión, que pueden cuadricularse; hacernos una idea aproximada de su masa, convertirlas en un objeto físico más allá de su grafía.

Son palabras que te crucifican al enunciarlas, te desarman y relatan.

Cualquiera que haya emprendido el camino del exilio debió llevar consigo palabras como exiliado, desarraigo, paria, desterrado, extranjero y muchas más que llenan ese vacío que es estar lejos que es no estar.

Tengo una relación muy rara con las palabras, alguna me dan vueltas y vueltas y nunca se posan, hay otras que nunca las pronuncio porque sé me traen mala suerte, otras me definen, me delatan y las suelto casi como acción refleja en ese caos que define mi existencia.

Los mejores test de inteligencia son los de palabras o vocabularios que permiten medir mejor la comprensión del concursante.

Hay tantas palabras que callamos, que ahogamos sin estupor.

Son esos autotest los que mejor nos definen.

Tú, busca esas palabras y quizá te encuentres

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Uber y yo

Llevo seis días de uber. Totalmente de uber. Me desplazo de un lado a otro de la ciudad llevando hamburguesas, huevo frito y pan integral. En eso consiste el trabajo. De hecho no es gran trabajo pero llevo tres años en España y aún no tengo un gran trabajo: todos son en la categoría nominativa de peón. Y ya saben por aquello del ajedrez qué es un peón.

Es más: casi todos los que conozco son peones, tal parece un ambiente peón y algunos ni lo saben como el encargado del último trabajo que lleva treinta años descargando carne en tres bodegas refrigeradas;  desplazando esas carnes llegadas de todas partes del reino.

Treinta años,  ocho horas de lunes a viernes, en esas paredes refrigeradas entre el trasiego de toneladas de carne y tres o cuatro peones a su mando y viene y te habla como si fuera el marqués del Iregua.

 No, te vas a la mierda tú, tu carne, tu marquesado y esa carne de porquería.

Me voy al uber, al menos aquí desplazo hamburguesas, huevo frito y pan integral. Me la suda tu marquesado

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Los voluntarios involuntarios

En el retrato desolador de la Habana, solo digo y me perdonan o no los aludidos: apoyar hoy al gobierno en nombre de una tranquilidad nacida del ahogo del cuerpo de la nación es ser un puto cómplice de la represión.

No quiero Mantras aquí ni el Cuento de la buena pipa que te hacen algunos: esos megas se lo gastan en ver lo que la ntv no puso.

La burguesía de las dictaduras actúa igual desde la colonia: El mismo proceder, se escuda en sus zonas de confort, ya sea físico o ideológico.

Nunca he apoyado invasión alguna ni lo haré pero ya esto es demasiado.

No pido acción ni nada. Solo silencio, que ya es gritar.

En la ecuación social que gobierna en Cuba no hay saldo positivo ni honor ni civilidad ni derechos.

Esos escritores y artistas que se preocupan por su trascendencia y hoy levantan junto a la PNR y a los voluntarios del siglo XXI el mazazo al pueblo, les digo: hay un mañana

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Trinidades

(Fragmento de novela)

Trinidades

(Fragmento de novela)

Cuál es la orden, pregunta Clara detrás de la puerta. Le dices que pase y tome el lío de ropas, lo lave y trate con cuidado las de Mariano: las demás se las pueden repartir entre ellos, enviándole después dos mudas a los huérfanos de la villa, que guarde las de él en su habitación, para cuando llegue algún día. Preguntas por qué no levanta la cabeza cuando se le dirige la palabra, la hunde más en el pecho. Te acuestas y mandas que abran puertas y ventanas, quieres respirar aire puro, es uno de los pocos placeres que te quedan y el aire aquí es más agradable que el de Trinidad, aunque no tiene salitre y desde la ventana no puedes ver el mar, ni los veleros entrar a Casilda o a La Boca. Cierras los ojos y ves todo ese verde infinito de los cañaverales que parecen llegar a Sancti Spíritus, acosando las montañas con las mareas incontenibles de tiempos de cosecha. La torre de la Iznaga semeja un fuerte español, no una atalaya con campanario. Quieres oír el canto del tomeguín, tocas la campanilla, sitúan la jaula al lado de la mampara y lo ves saltar, comer, saltar de nuevo, vuela entre los güines, pero no canta, le retiras la comida, el agua, esperas, pero no canta, deseas aplastarlo como a una naranja. Sales al corredor pensando en las mujeres que raptaron los piratas, qué habrá sido de ellas, de su honra, y ríes por esa preocupación de la honra, cuándo te ha robado el sueño su tenencia. Ya hace un mes que se las llevaron y no saben en la villa si fueron ingleses o franceses, qué estarán haciendo a estas horas. Desde la baranda miras a Clara, siempre sospechaste que era hija de Don José y que él lo que más sufre es que te pertenezca. Ofreció un hato de ganado en Manicaragua, pero dijiste no, un no rotundo que hizo palidecer a los abogados, que sufriera, decidiste, como sufre Mariano en Sevilla. Recuerdas cómo intentó explicar que la había comprado a unos holandeses en Cabagán, que a su vez la adquirieron en Puerto Rico; la vendieron muy a pesar de la tripulación, por la cantidad de vómitos que le provocaba el mar a la mulata de ojos verdes, «esos ojos idénticos a los tuyos, Don José», y él se levantó y te besó en la frente con los labios secos, le pediste que la dejara a tu lado para de alguna forma resarcir los daños de la vida marítima. No la habrán robado en alguna hacienda de Vuelta Abajo y dijo que no, la había cambiado por unas tozas de caoba a esos holandeses, medio piratas, medio armadores de empresas marítimas. Ayer recibiste noticias de que el señor estaba ausente de la villa, que embarcó en Casilda con rumbo desconocido y estabas segura que tramaba algo, juró no quedarse avasallado por una mujer. La esclava se ajusta el faldón de dril hasta el nacimiento de los muslos y en inclinaciones rápidas se agacha a golpear las piezas para dejarlas caer con premura, volviéndolas a golpear una tras otra. Te quedas hipnotizada con esas piernas, siempre te pasa igual: los ojos empotrados en la carne, como clavos de bronce, sientes envidia por la firmeza de sus muslos; los tuyos, únicamente cuando niña se expusieron así, con tanta lujuria, en el río Agabama, cuando nadabas con tu hermano escondidos de tu padre y de los caimanes. Tu hermano menguaba el miedo con zambullidas largas, e imaginas que debió hacer lo mismo en los ríos de San Agustín de la Florida hasta que murió. Clara sigue mostrando las piernas y mira hacia arriba, tu mirada la turba y huye a resguardarse debajo del piso del corredor. La dejas huir y le gritas que tenga cuidado con la ropa de Mariano, que venga al cuarto. Después despachas unas cartas a La Habana y varias a Vuelta Abajo para que te digan si Don José está por allá, sientes el malestar de decir Don José, pero si no le pegas el Don, la lengua se espina, fuerza de la costumbre seguro.

El agua de pozo deja ver los nubarrones de mármol de la bañera, agua traslúcida que abrillanta el fondo. Los dedos juegan en la superficie remolinándola por instantes, y ondulan pequeñas olas semejando un brazo de mar, el brazo de mar de la desembocadura del Güarabo, quisieras haber estado allí cuando se llevaron a las mujeres. Esperas, desnuda, que Clara llegue con las dos docenas de mangas blancas y deslizas las piernas de gacela enferma, como las bautizó Don José. El agua está fría, muy fría para un solo cuerpo. Escuchas la algarabía en la cocina, seguro encontraron algún alacrán escondido en las sombras o un jubo reptando en los sacos de azúcar, porque negras para algazara, las tuyas. Recuerdas los primeros días de esta bañera, traída desde Jamaica a un precio exorbitante, comprada por tu capricho de tener un pequeño brazo de mar. Aquellas primeras zambullidas llenas de placer entre él, tú, y la bañera. La bañera también jugaba un papel principal, con sus doce pies de largo y siete de ancho, donde dos cuerpos se separan o unen por puro capricho del agua. Las manos bajan despacio hasta el vientre y se entretienen ensortijando los cabellos, creando pequeñas piras incendiarias. Don José decía: tú allá abajo eres una yesca del Olimpo, y la risa te estremece el cuerpo. Clara no llega, la mano derecha se apoya en el borde curvo de la bañera, anclando tu cuerpo en esa posición, un dedo se introduce en las paredes carnosas del pubis y entra y sale repetidamente, los ojos fijos en los nubarrones del mármol, en las vetas que lo hacen caro en el Caribe, esperas que el alma, esa cosa insustancial para ti, se escape por las piernas y flotas hasta que caes, despacio, como una hoja de sauce, al fondo, a los nubarrones que aguardan fundiéndose entre sí. Intentas flotar un rato después, esperando que llegue la esclava con las mangas; se justifica diciendo que fue necesario ir a la arboleda y que todos los hombres están en el corte de caña, y los del trapiche son intocables, la dejas hablar, miras sus labios redondos, y ella, sola, fue a la arboleda y se encontró, menuda suerte, una vara de cañabrava y uno a uno los tumbé mi ama, le dices que está bien, calla esa boca dulce, leguleya y desnúdate para que entres, duda, pero con la mirada la obligas a despojarse de las ropas, ves los senos, más pequeños que los tuyos, salir al aire con frescor, las caderas también, miras su monte de Venus, una catarata negra tienes ahí abajo, susurras, cambia la mirada: siempre es igual desde el primer día, de quién tienes miedo, a Don José, es tu padre, ella calla y hunde la cabeza en su pecho desnudo, le preguntas si conoce la historia de Venus, la diosa de espuma y ella niega con la cabeza, entonces acércate, ven, lo hace vacilante, en su oído le relatas las historias de la diosa, con la otra mano tocas los círculos concéntricos de la corona de los senos en recorridos lentos, rápidos. Le dices del nacimiento de la diosa y que ella era tu Venus, tu diosa africana, una diosa de chocolate, tiembla su carne, le pides que entre, lo hace, te levantas y echas las mangas al agua, todas van al fondo junto a las vetas grises, ella explica que tiene marido y no quiere hacer nada de esto, no la escuchas, sopesas los senos con arrebato en la superficie, le pides que desmenuce las mangas y tire las cáscaras al agua. Comienza uno por uno, observas sus labios trabajar y las mangas enturbian con su pulpa el agua clara que se torna viscosa. Las mangas poco a poco van abriéndose en el fondo, no ves las vetas, te acercas y la besas, tu lengua se introduce entre los molares y el comienzo de la garganta, carraspea y mira asustada como siempre, como si esta fuera la primera vez, quién es él, le preguntas y dice con miedo, Madrigal el Carabalí, sonríes, pues pensabas que fuera ese mayoral medio incompetente, no ese negro horrible, pero te habla temblorosa y le pides un abrazo fuerte, fuerte como si quisieran fundirse en una sola persona, tiene sus senos tibios comprimidos con los tuyos, ya fláccidos por el tiempo, exiges que abrace más fuerte, las manos recorren las espaldas. Bésame y lo hace tímida, le demuestras con tu lengua, sientes la de ella en tu boca, busca una salida que no encuentra, que no encontrará, porque choca con las paredes de la garganta, con la campanilla de carne que gustas mirar en el espejo, tomas una mano suya y la posas en el vientre y el dedo más grueso que encuentras lo introduces, despacio, mirándole los ojos verdes y sientes los espasmos otra vez. La besas detenidamente, abre sus ojos y llorando pide que la mandes al corte de caña, pero esto no, no, mi ama, dices que amas, que la amas, y que ella te ame. Agacha la cabeza y la hunde en el agua, sales.

A las once de la mañana vienen a decirte que han llegado, los haces pasar como corresponde a una mujer que vive sola y como se debe tratar a los prestamistas de baja alcurnia, estos criollos que nunca llegarán a nada, estás segura. Entran comedidos y exponen sus necesidades, hablan de la solicitud de préstamos de varias personas, familiares de las mujeres raptadas y los piratas exigen un Potosí, de esa manera, el dinero de la deuda de su hijo será empleado en una buena causa, dicen, asientes con la cabeza y dices que les pagarás, que regresen a las tres de la tarde, que ahora estás indispuesta y que estabas agradecida de su ayuda a Mariano en los momentos de desgracia, aun con intereses tan altos. Regresen a esa hora y me harán un gran favor, pueden pasar por la cocina a comer algo y los corceles cambiarlos por otros descansados, para que visiten a quienes quieran en el valle. Aceptan los caballos para llegarse al campanario de la Iznaga, que tiene progresos maravillosos. Los sientes marcharse y ríes con todo el cuerpo, los tienes en las manos, solícitos en tus caballos, en dirección al camino real, cabalgan en bestias de otros y puedes prenderlos por ladrones y si resisten matarlos como tales. Matías pide permiso para hablar, dice que trae una carta del cura Don Ignacio Cagigal y Morales, le miras a los ojos, crees ver insolencia, lo reprendes como se reprende a un perro de mierda, que si tuvieras contactos lo venderías en la costa para no verlo jamás, querer vejar a Clara. Cuando entrega la carta le dices que mande a los cuatro negros del trapiche y le diga al mayoral que los sustituya por hoy, piérdete, negro, le gritas. Miras los cuadros de la sala, encargados a un pintor italiano que, insolente, resaltó más el brillo de la diadema que tus ojos y se lo dijiste con presteza, bien caro que se le pagó, la cara de palo de Don José nunca ha cambiado, piensas, y lo jóvenes que estaban allí, el cuadro también está avejentado, no imaginabas que esto llegaría a suceder, tener a Mariano en Sevilla, casi expatriado como un político de poca monta, sufriendo el vicio que él mismo le inculcó con visitas a burdeles y casas de juego y hubo de ser aquellos días de la compra del cafetal de Güinía cuando caíste en desgracia, Mariano; ahora te preguntas qué hubiera pasado si él hubiese pagado la deuda en lugar de dejar a su hijo sin merced y sin un peso fuerte, todos acechando a Mariano en la villa y su padre renuente a pagar la deuda y aquel negro con la sugerencia de raptarlo y esconderlo en alguna cueva para pedir un rescate y pagar las deudas de Mariano. El esclavo ganaba la libertad más unos miles de pesos y ser un ineficaz el negro, que lo único bueno que hizo fue no hablar para que todo fuera sospechas de Don José contra tu proceder, por ser el negro de tu dotación. Don José es un viejo zorro. Los cuatros negros llegan y les explicas que el plan no puede ser cambiado y menos realizarlo mal, que les costaría la vida, uno porque si la justicia los atrapa, los ahorca y si huyen al monte soy capaz de contratar a la partida de Armona, los ojos de los negros se asustan, el mismo que mató a Caniquí en María Aguilar, lo mató como a una mojarra, igual los mataría a ustedes, los negros asienten, les dices una parte de la recompensa, la otra será al final.

Cuando son las nueve pides un chocolate caliente para aguardar las noticias que los negros deben traer. Bebes despacio, saboreándolo con las imágenes de lo seguro acontecido en la guardaraya. Cierras los ojos con sorbos del líquido en la boca, ves caer del caballo a uno de los prestamistas, el brazo cortado de cuajo, resbalará desde la silla y quedará en el suelo con un pie enredado en el estribo. Su grito vagará en los cañaverales, un grito de pánico que asustará al otro sin tiempo para huir del machetazo en el vientre. Los intestinos saldrán como los de un cerdo, esos dos son un par de cerdos, el machetazo siguiente será en el cuello, y la cabeza rodará en la tierra, los cuerpos temblando en un estertor violento. Los caballos intentarán irse, azorados por tanta sangre. Los negros llegan a las nueve, traen las noticias esperadas, han cumplido a cabalidad todo lo planeado, los caballos de los prestamistas están tirados en un pozo seco, donde nadie puede encontrarlos y los que usted les prestó, como deseaba, están en el fondo del Agabama; los bichos fueron acercándose poco a poco y de pronto era un enjambre, mi ama, y las burbujas subían alocadas entre la sangre. Les das la primera parte del dinero y unos garrafones de aguardiente, acuérdense del silencio. Se van callados por la puerta de la cocina, si todo saliera siempre así, Mariano no estuviera ahora donde está y no fuera lo que es. Mandas a buscar a Clara para dormir, que se presenta fría la noche. Adiós prestamistas, ríes. Se acuestan en silencio, los cuerpos separados, estás cansada de este día, lo has repasado como siempre y no quieres mucha proximidad con Clara, que duerma como le plazca en la otra esquina y forme ese ovillo de estambre claro que semeja dormida, cierras los ojos soñolienta, pero la campana te estremece, aun más los desesperados gritos del mayoral, pero estos duran unos instantes, después todo es un silencio misterioso, como alaridos silenciados en los barracones. Te asomas a la ventana para cerciorarte de que no fuera lo dicho por el cura Don Ignacio Cagigal y Morales: un castigo del Señor por los tráficos de negros en la costa de esta villa luciferina, casi un emporio de la desmesura, igual que fue, que es Haití, pero no, parece el ulular del viento, y quiera Dios que jamás ocurra un levantamiento de esclavos. Recuestas tus piernas a las de Clara, acaparas su calor y piensas en Mariano, solo en Sevilla, viviendo tan mal, deseas que no sea arrastrado al juego por sus manías. Le añoras, y esos peninsulares por el dinero más nimio saldan la deuda a puñal limpio. Sientes otro grito, ahora en la cocina, te intriga tal desfachatez, hacer eso en la casa vivienda y con tanto bullicio, vestida para bajar escuchas la algarabía en el cuarto de las esclavas, desconfías en la certeza de oídos viejos, mueves la cabeza dudando de ti, no será un ruido de puertas abiertas sin comedida, o botas resonando en el descanso de la escalera, ella duerme sin importarle nada. Las esclavas invocan clemencia a los dioses y confunden nombres africanos con católicos, risas femeninas recorren el corredor, si es alguna de las negras la azotarás, la mandarás al cepo. Empujan las hojas de la puerta, esperas, quieres ver sus ojos, sus rostros atrevidos. La oscuridad apenas deja ver y gritas quién anda, pero nadie responde y unos manotazos te recorren el cuerpo, gritan para sujetarte entre todas. Te prenden. Toman rumbo al río. La luna redonda no alumbra el camino porque no hay camino, lo sabes por el silbido de los sables en la manigua y dan trompicones tus pies con las piedras, enredándose con bejucos y otras inmundicias que aborreces, quieres gritar pero tienes la boca amordazada, aunque gritar aquí es en balde. Quién escuchará tus gritos, y si los oyen, qué harán, ¿salvarte? En estos lugares sólo cimarrones puedes encontrar y figurarán que son gritos de aparecidos, de brujas, mente de infelices tienen estos animales. Haces fuerza con los hombros, dicen que no resistas, que de nada vale resistir con ellas y crees reconocer la voz, pero son figuraciones. Por el temor los pasos son agitados, las escuchaste hablar de los esclavos, de la posibilidad de que escapen de las barracas y las persigan para rescatarte y recibir de premio la libertad, sabes que ellos, los negros, harán algo, se beberán los barriles de aguardiente y formarán juerga hasta que aparezca otra autoridad, porque ese mayoral no vale un real, te das cuenta, y debe estar huyendo, pero salvarte jamás lo harán, nada puede esperarse de ellos, los pasos disminuyen cuando llegan al cañón del río, dan gritos y les responden desde un bote en la distancia, tienes miedo de ellas, de Mariano en España, del río, de los caimanes, recuerdas a los esclavos que intentaron irse apenas llegaron al ingenio, y saltaron al agua creyendo poder escaparse y los hombres de la partida sólo vieron los muñones sangrantes de los brazos saltar en el agua, y un instante después hundirse entre las burbujas rojas. Bajan al cañón y te hacen saltar al bote, ellas silban una melodía, silban todas a la vez. Pero no es una zarzuela, es una canción de mar, son putas de mar y ríen despreocupadas de llevar esta carga inútil e inofensiva, destapan tu cara y ves solo cinco siluetas que beben de un garrafón, después entonan la misma melodía, y una toca tus senos y los deja con violencia, dice que para qué él querrá esta cosa vieja y todas ríen y se abrazan con efusión. Los árboles que bordean el cañón se descubren aguzando la vista y con un poco de imaginación, las estrellas apenas parpadean. De un salto caes al agua oscura y te dejas hundir pensando en Clara que nada supo, o quizás todo…

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