Sin categoría

Biblioteca pública

Hace muchos años no leo: ni puedo ni hago algo parecido. Leer es un privilegio aquí y acullá. Me he adaptado a leer en formato digital: casi siempre libros pirateados, regalados o esas torturas que te envían algunos amigos escritores y hay que digerir sin chistar.

He visitado dos veces la biblioteca más cercana perteneciente al Sistema de Bibliotecas de West Palm Beach y siempre salgo agradecido de las maravillas que uno encuentra. Esa atmósfera me lleva a los pasillos de la biblioteca de Manicaragua, a la Provincial de Santa Clara o más allá a la del Obispado de Santa Clara que era un ir in crescendo en todo sentido donde tuve tantas amigas y amigos. Hoy uno de ellos está en pleno juicio político de esa dictadura atroz. 

Ir, buscar, devolver unos libros es también un recorrido por esos recuerdos: aunque no los lea y solo sea alguna maña posesiva. Una manera de regresar.

Estándar
Miscelánea

Marchar(se)

Uno que no es valiente y tiene el cuerpo a salvo, lleno de nutrientes, a 10 000 kilómetros, cómo podría exigir marchar, cómo podría exigir al hermano, a la hermana de tristeza y zozobra que salgan, que se inmole ante la barbarie y la sinrazón. Ante el totalitarismo y la muerte.

Cómo los hay que lo exigen y excitan cuando nunca lo hicieron allí?

Cuando solo verán la golpiza en una pantalla de teléfono.

Y van y cenan un risotto y hablan de la isla con el mismo ahínco puesto a una telenovela o al tema de moda.

Solo anoto que aunque todo sea, quizá un amago, ya no hay revolución, hace mucho que no, ya no hay empatía, ya no hay entusiasmo, hace mucho que no. Solo queda esperar que la muerte sepa que es muerte y de paso a la vida que se parece al 11 de julio.

Es cuestión de tiempo.

El gobierno cubano es un cadáver insepulto.

Estándar
Miscelánea

Déjà vu de país

Esas mujeres asustadas y ridículas qué representan?

Esas rejas de hierro donde está empotrado el escudo de La Habana no serán las mismas rejas que protegían al Capitán General de la Isla cuando era colonia de España?

Hoy no protegen los designios de otro General que mueve los tentáculos mientras juega parchís y se sirve un vodka con hielo ante otro (el mismo) país en ruina?

Solo es cuestión de tiempo. Muy poco tiempo. El general lo sabe mientras mueve su vodka con ahínco como si moviera un ejército en pleno.

Sino es este muchacho, que aún no está preso como los otros, vendrán más. Siempre vienen más en este país.

Es el mismo juego de roles de siempre:
-un@s tontos útiles que defienden el reino con un cartel o una porra o un fusil
-un general embebido en alcohol y autocrático
-un joven con su derecho y razón que acecha y siempre es acusado de anexionista.

Déjà vu de país

Estándar
Artículos

Un país zombi y Pello el Afrokán

La historia de Cuba también puede contarse a través de sus actos de repudio. Un vademécum apretado y preciso compendiaría ese recorrido por la historia de un archipiélago que tiene oficio en el arte de lo grande pero ese trazado está permeado de esas bajezas, de esas lengüetas en la narrativa del cuerpo nacional.

Un acto de repudio en Cuba contra un opositor procura en el fondo vaciarlo de significado; dejarlo sin su capacidad de expresión social; sin su estatura; sin su dignidad de ser contrario, llanamente: ningunearlo. Y es un crimen.

Esa ceremonia del poder la podríamos empotrar en algún resquicio del choteo cubano, la conocida maniobra insular de tirar a mierda cualquier acto trascendente. Pero es un simulacro que pretende igualar, y a la larga, desautorizar al otro que se impone, se manifiesta, se erige en portador de una verdad, de su verdad.

Pero en un país como Cuba, privado de democracia, donde se ensaya una sola verdad desde la narrativa del poder eso no es posible.

Un estado que ejecuta metódicamente un asesinato de reputación no es un estado, es una factoría con capacidad legislativa y actuar delictivo.

Y tiene ese estado, porque allí todo es suyo o le da el visto bueno, la responsabilidad en ese sentido: si se lanza una piedra o un coctel molotov contra un opositor detrás estará el estado cubano o esa zona franca que es Villa Marista: a estas alturas quizá algún coronel dirige todo el país a través de su walkie talkie.

Y desde ese territorio minúsculo que es su buró, donde bebe su café, resopla con hastío, ese coronel echa a andar a todo un país. Ese, su país; ese, un país zombi.

7366 kilómetros es la distancia física que puede separarte del origen natal pero desde cualquier lugar se puede estar cerca, incluso desde esa lejanía algunos pueden ver mucho mejor. Es la obsesión, la fe de miles de los que viven lejos, de los que han decidido alejarse pero pretenden y asumen que eso no implica abandono ni impide participar.

La gravitación de Cuba ante un país tan poderoso como Estados Unidos de América: ya sea por negación o por aceptación, ha definido a cada generación política y desde ese corsé han anclado los límites de los proyectos de país junto a sus posibles coordenadas de sobrevivencia.

Desde que los patricios de la nación, muchas veces hijos del rico colonialista español, vislumbraron la posibilidad de quitarse de encima al gobierno español, la circunstancia de tener cerca a vecinos tan ricos, aupados por el aura de libertad, condicionó ese camino.

Y en ese instante estaba ya la figura del voluntario como protagonista del acto de repudio junto a la sospecha de pretender, el opositor que lucha contra el poder imperante, la solapada anexión a la nación norteamericana. Esa última es la mayor mácula y saeta que invade cualquier proyecto político, lo escuece y lo zarandea.

No importa que todo movimiento libertario en Cuba haya sido ayudado de algún grado desde Estados Unidos, esa asistencia es una carga difícil de soportar y un error estratégico en lo ideológico a la hora de blasonar la futura independencia.

Los métodos usados por la prensa cubana en el siglo XXI parecen calcos a las del siglo XIX. Cuando no hay libertad de pensamiento todo se asemeja.

Y el acto de repudio es el mismo en el siglo XIX, XX o XXI: siempre una masa acéfala que agrede física o verbalmente al otro. Que asalta su espacio e intimida. Siempre con el apoyo tácito del gobierno que deja hacer desde la complicidad de la tolerancia o activamente con sus efectivos muchas veces de civil.

Hace décadas es un secreto a voces que cada efectivo de Tropas Especiales o del Minint en la Habana revolucionaria tiene entre sus uniformes reglamentarios uno del Contingente Obrero Blas Roca Calderío, otro de miliciano, además sus ropas de civil que emplean según el cuadro operativo.

Siempre el acto de repudio envilece y mata. Coarta la libertad de pensamiento y de movimiento. Es un crimen. Cuando se articula como expresión estatal a mitad del siglo XIX junto al cuerpo de voluntarios tienen los mismos rasgos que hoy. Una turba desprovista de legalidad que arrecia la presión social contra los núcleos opositores al poder. Baste solo recordar los sucesos del teatro Villanueva en 1869.

Unos años antes El Conde de Pozos Dulces reclamaba a aquella prensa virulenta de la Habana lo mismo que se le reclama hoy:

Confiados en el sentido común de los lectores, jamás hemos querido ocuparnos del periodismo habanero, sino para desahogar accesos de hilaridad que no otra cosa nos ha inspirado siempre la quijotesca y mercenaria defensa del gobierno (…) Personajes de mala ley que jamás supieron ganar el pan en el campo del trabajo y de la industria; que ni en la categoría de empleados tuvieron nunca la moderación suficiente para no abusar de la rapacidad tan lícita y provocativa en el mecanismo burocrático de nuestra administración; acogidos hoy al seguro de la impunidad que procuran siempre la celebración de la fuerza y la adulación al poder… [1]

Cuando el acto de repudio es enaltecido desde el gobierno esa turba que lo ejecuta cree festivamente que hace el bien y más si cuenta con el visto bueno de los medios de comunicación que los promueve con difamaciones o inexactitudes: asesinatos de reputación.

Entonces en ese contexto estamos asistiendo a un crimen de estado y muchas veces en esa clave festiva. Es tal la degradación moral que asistimos a una manifestación zombi. Un alarde de expresión corporal, una catarsis.

Si se analiza distintos testimonios visuales de algunos de esos actos de repudio en Cuba podemos ver la similitud entre estos y las propias expresiones carnavalescas de la cultura cubana: gritos, bailes, avanzadas a ritmo de conga; cuerpos que se pegan; violencia verbal y física; bramidos guturales, manos que se alzan y amenazan, invocaciones de pertenencia  y golpes en pecho, movimientos sincronizados en una puesta en escena para el poder.

Ese segmento memorable en el inicio del filme Memorias del Subdesarrollo, con música de Pello el Afrokán, sería la banda de música arquetípica para el acto de repudio. Allí vemos cómo dentro de la fiesta se comete un asesinato. La turba gira y gira, manotea, grita, ríe, bebe, no se desconcierta, abre momentáneamente un redondel en su cuerpo, y deja pasar el cuerpo del caído que es alzado en manos del poder, mira de reojo y prosigue en el baile.

Un baile que no cesa. El baile de la historia.

En Cuba, ni pensando igual que el poder se está exento de sufrir un acto de repudio. El Poeta Nacional Nicolás Guillén, en los años sesenta sufrió también el suyo. Lo vivió su esposa a 17 pisos por encima de la concentración que gritaba, según narra Guillermo Cabrera Infante en Vidas para leerlas: ¡Nicolás, tú no trabajas ná!/ ¡Nicolás, tú no eres poeta ni ná!

Poco antes, en la Universidad de la Habana, Fidel Castro, había dudado de la entrega del Poeta Nacional al trabajo productivo de la nación y había ensalzado al Indio Naborí que publicaba un poema casi a diario en la prensa.

Rebellón, es ese clásico funcionario de segunda que con el tiempo lo hacen desaparecer, guió a los estudiantes a la tángana a Guillén. Cada generación tiene sus oscuros funcionarios y sus voluntarios y sobre todo un pueblo que sabe mirar para el lugar indicado del baile para no ver nada, para seguir bailando.


[1] Francisco de Frías, Conde de Pozos Dulces: periódico La Verdad, 25 de diciembre de 1854.

Estándar