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Biblioteca pública

Hace muchos años no leo: ni puedo ni hago algo parecido. Leer es un privilegio aquí y acullá. Me he adaptado a leer en formato digital: casi siempre libros pirateados, regalados o esas torturas que te envían algunos amigos escritores y hay que digerir sin chistar.

He visitado dos veces la biblioteca más cercana perteneciente al Sistema de Bibliotecas de West Palm Beach y siempre salgo agradecido de las maravillas que uno encuentra. Esa atmósfera me lleva a los pasillos de la biblioteca de Manicaragua, a la Provincial de Santa Clara o más allá a la del Obispado de Santa Clara que era un ir in crescendo en todo sentido donde tuve tantas amigas y amigos. Hoy uno de ellos está en pleno juicio político de esa dictadura atroz. 

Ir, buscar, devolver unos libros es también un recorrido por esos recuerdos: aunque no los lea y solo sea alguna maña posesiva. Una manera de regresar.

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Libro de la semana

Por debajo de la mesa de Juan Abreu

  A lo bildungsroman Debajo de la mesa de Juan Abreu es una «emanación dilatada», volcánica y a la vez íntima: vaciado de la memorabilia del autor donde todo es arrastrado en su eyaculación desde la hecatombe revolucionaria a la paja.

Y de la paja se trata y de la no revolución cubana. Pero la paja como aventura emocional y la paja como cultura nacional porque de irse y venirse va este libro. Del recobro cubano. Del saldo nacional. Porque la revolución también fue la paja nacional.

Juan Abreu implosiona hace mucho desde la Barcelona cercana toda la plaga comunista que lo cerca hoy y lo cercó en el pasado. Este libro es su testimonio desde la intimidad de su familia, otra más que se largó de la isla de Cuba y él las catapulta en su corazón.

Su rabia es nuestra rabia pero eso sí su paja es solo suya. Su libro no podría llamarse Por encima de la mesa porque esa Cuba sí no existe ni toda la rabia del mundo la podría alimentar.

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23 de julio en una casa de la calle angarilla, Trinidad, 1851.

Tres años antes lo intentamos, pero una delación nos truncó el plan. Delación que pagó con la vida su autor, dice desde el fondo Arcis, que sonríe. Fernando, prosigue: como siempre advierte el general López, «que si en esta tierra no se hace algo con el asunto de las delaciones nunca será país», y sonríe, junto al estrépito general. Porque mira que hay acá gente con la lengua suelta, concluye Echerri.

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Marchar(se)

Uno que no es valiente y tiene el cuerpo a salvo, lleno de nutrientes, a 10 000 kilómetros, cómo podría exigir marchar, cómo podría exigir al hermano, a la hermana de tristeza y zozobra que salgan, que se inmole ante la barbarie y la sinrazón. Ante el totalitarismo y la muerte.

Cómo los hay que lo exigen y excitan cuando nunca lo hicieron allí?

Cuando solo verán la golpiza en una pantalla de teléfono.

Y van y cenan un risotto y hablan de la isla con el mismo ahínco puesto a una telenovela o al tema de moda.

Solo anoto que aunque todo sea, quizá un amago, ya no hay revolución, hace mucho que no, ya no hay empatía, ya no hay entusiasmo, hace mucho que no. Solo queda esperar que la muerte sepa que es muerte y de paso a la vida que se parece al 11 de julio.

Es cuestión de tiempo.

El gobierno cubano es un cadáver insepulto.

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EL ABRAZO

Cada vez que pensaba en un encuentro con el gran viejo deseaba que lo recibiera con las manos abiertas y lo estrechara contra su pecho de tiburón flaco. Llevaba años a la espera de ese encuentro: en la guerra grande, cuando se reunieron en el Zanjón, ya el otro había abandonado el país y todo se vino abajo. Al lado del general Carrillo, aguardó a que las tropas decisivas desembarcaran pero todo quedó en el intento y años después no tuvo más ocasión de abrazarlo que en un mitin en Tampa, organizado por ese Delegado, pero tampoco pudo, porque al comprar el boleto: al no entender muy bien el idioma inglés, confundió rutas, horarios y llegó retrasado. Hasta pensó embarcarse a Monte Cristi pero una enfermedad repentina lo condenó a estar tres años prácticamente encamado y cuando por fin llegó la hora del alzamiento se reponía de su dolencia, y fue muchos después que pudo embarcarse con una expedición tardía, al mando de un general olvidable, de los llamados a dedo.

Muerto ya el delegado y el lugarteniente, no quedaba más lumbrera que el gran viejo, que envolvía con su táctica maestra a las atrofiadas tropas españolas. Y entonces pensó que llegaría el gran día, que abrazaría de un vez por toda al generalísimo y por eso esmerábase en cada combate, en cada guardia, en cada exploración y con cada enfermo, pero todo quedaba en el intento, siempre el abrazo se esfumaba en cada oportunidad: en un combate en Las Villas, en un ingenio de Santo Domingo, se destacó tanto que pensó llegada la hora, pero un ataque español al amanecer obligó a que se dispersaran la tropas y fuera entregado su ascenso a comandante por otro jefe.

Las semanas pasaban y él sabía que ya era muy tarde para el abrazo, para estrechar al viejo. Con cada día pasado caían los obstáculos para el triunfo y para el desembarco norteamericano, ya la guerra estaba ganada y así fueron pasando los meses: al borde de los poblados, con apenas ropas y recursos para festejar. De vez en vez les obsequiaban ron y una noche celebró el nacimiento del primer hijo que le nacía en el monte y fue tal el gozó que se aventuró a realizar diez disparos al aire de su campamento cuando irrumpía la tropa comandada por el viejo, que venía crispado por el fracaso de las pláticas para cambiar el curso del tratamiento dado al ejército libertador.

El viejo general creyó ver plasmado el desorden del proceder, la desfachatez y el libertinaje atribuido a su ejército en ese oficial que disparaba embriagado al cielo de Cuba y no aguardó ninguna clase de explicaciones y se le vino encima hecho un rayo y le descargó cinco planazos que hicieron rodar al ebrio oficial desde su caballo hasta un lodazal. Y allí, cuando intentaba atenuar el dolor abrazando el escozor provocado por el metal en la espalda, descubrió, asombrado, al viejo general.

(Pertenece a un libro inédito)

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CULTURA DE LA TOGA Y DE LA ESPADA

Si se respeta este día para el Día de la Cultura Nacional, prefiero hacerlo por esta advertencia que José Martí (nos) hizo un día como hoy a un general porque en Cuba siempre ha sido un diálogo entre generales y doctores:

«Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento: –y cuando en los trabajos preparatorios de una revolución más delicada y compleja que otra alguna, no se muestra el deseo sincero de conocer y conciliar todas las labores, voluntades y elementos que han de hacer posible la lucha armada, mera forma del espíritu de independencia, sino la intención, bruscamente expresada a cada paso, o mal disimulada, de hacer servir todos los recursos de fe y de guerra que levante este espíritu a los propósitos cautelosos y personales de los jefes justamente afamados que se presentan a capitanear la guerra, ¿qué garantías puede haber de que las libertades públicas, único objeto digno de lanzar un país a la lucha, sean mejor respetadas mañana? ¿Qué somos, General?: ¿los servidores heroicos y modestos de una idea que nos calienta el corazón, los amigos leales de un pueblo en desventura, o los caudillos valientes y afortunados que con el látigo en la mano y la espuela en el tacón se disponen a llevar la guerra a un pueblo, para enseñorearse después de él?»…

Así de simple y donde la espada destruye una y otra vez a la toga. Todo lo demás es narrativa de esos hechos. Literatura. Balbuceo democrático y agonía.


New York, octubre 20, 1884

Sr. Gral. Máximo Gómez N.Y.

Distinguido General y amigo:

Salí en la mañana del sábado de la casa de Ud. con una impresión tan penosa, que he querido dejarla reposar dos días, para que la resolución que ella, unida a otras anteriores, me inspirase, no fuera resultado de una ofuscación pasajera, o excesivo celo en la defensa de cosas que no quisiera ver yo jamás atacadas, –sino obra de meditación madura: –¡qué pena me da tener que decir estas cosas a un hombre a quien creo sincero y bueno, y en quien existen cualidades notables para llegar a ser verdaderamente grande!– Pero hay algo que está por encima de toda la simpatía personal que Ud. pueda inspirarme, y hasta de toda razón de oportunidad aparente: y es mi determinación de no contribuir en un ápice, por amor ciego a una idea en que me está yendo la vida, a traer a mi tierra a un régimen de despotismo personal, que sería más vergonzoso y funesto que el despotismo político que ahora soporta, y más grave y difícil de desarraigar, porque vendría excusado por algunas virtudes, embellecido por la idea encarnada en él, y legitimado por el triunfo.

Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento: –y cuando en los trabajos preparatorios de una revolución más delicada y compleja que otra alguna, no se muestra el deseo sincero de conocer y conciliar todas las labores, voluntades y elementos que han de hacer posible la lucha armada, mera forma del espíritu de independencia, sino la intención, bruscamente expresada a cada paso, o mal disimulada, de hacer servir todos los recursos de fe y de guerra que levante este espíritu a los propósitos cautelosos y personales de los jefes justamente afamados que se presentan a capitanear la guerra, ¿qué garantías puede haber de que las libertades públicas, único objeto digno de lanzar un país a la lucha, sean mejor respetadas mañana? ¿Qué somos, General?: ¿los servidores heroicos y modestos de una idea que nos calienta el corazón, los amigos leales de un pueblo en desventura, o los caudillos valientes y afortunados que con el látigo en la mano y la espuela en el tacón se disponen a llevar la guerra a un pueblo, para enseñorearse después de él? ¿La fama que ganaron Uds. en una empresa, la fama de valor, lealtad y prudencia, van a perderla en otra?– Si la guerra es posible, y los nobles y legítimos prestigios que vienen de ella, es porque antes existe, trabajado con mucho dolor, el espíritu que la reclama y hace necesaria: -y a ese espíritu hay que atender, y a ese espíritu hay que mostrar, en todo acto público y privado, el más profundo respeto; –porque tal como es admirable el que da su vida por servir a una gran idea, es abominable el que se vale de una gran idea para servir a sus esperanzas personales de gloria o de poder, aunque por ella exponga la vida. El dar la vida constituye un derecho cuando se la da desinteresadamente.

Ya lo veo a Ud. afligido, porque entiendo que Ud. procede de buena fe en todo lo que emprende, y cree de veras, que lo que hace, como que se siente inspirado de un motivo puro, es el único modo bueno de hacer que hay en sus empresas. Pero con la mayor sinceridad se pueden cometer los más grandes errores; y es preciso que, a despecho de toda consideración de orden secundario la verdad adusta, que no debe conocer amigos, salga al paso de todo lo que considere un peligro, y ponga en su puesto las cosas graves, antes de que lleven ya un camino tan adelantado que no tengan remedio. Domine Ud., Gral,. esta pena, como dominé yo el sábado el asombro y disgusto con que oí un inoportuno arranque de Ud., y una curiosa conversación que provocó a propósito de él el Gral. Maceo, en la que quiso– ¡locura mayor!–darme a entender que debíamos considerar la guerra de Cuba como una propiedad exclusiva de Ud., en la que nadie puede poner pensamiento ni obra sin cometer profanación, y la cual ha de dejarse, si se la quiere ayudar, servil y ciegamente en sus manos. –¡No: no por Dios!: –¿pretender sofocar el pensamiento, aun antes de verse, como se verán Uds. mañana, al frente de un pueblo entusiasmado y agradecido, con todos los arreos de la victoria? La patria no es de nadie: y si es de alguien, será, y esto sólo en espíritu, de quien la sirva con mayor desprendimiento e inteligencia.

A una guerra, emprendida en obediencia a los mandatos del país, en consulta con los representantes de sus intereses, en unión con la mayor cantidad de elementos amigos que pueda lograrse; –a una guerra así, que venía yo creyendo –porque así se la pinté en una carta mía de hace tres años que tuvo de Ud. hermosa respuesta– que era la que Ud. ahora se ofrecía a dirigir; –a una guerra así el alma entera he dado, porque ella salvará a mi pueblo; –pero a lo que en aquella conversación se me dio a entender, a una aventura personal, emprendida hábilmente en una hora oportuna, en que los propósitos particulares de los caudillos pueden confundirse con las ideas gloriosas que los hacen posibles; a una campaña emprendida como una empresa privada, sin mostrar más respeto al espíritu patriótico que la permite, que aquel indispensable, aunque muy sumiso a veces, que la astucia aconseja, para atraerse las personas o los elementos que pueden ser de utilidad en un sentido u otro; a una carrera de armas, por más que fuese brillante y grandiosa, y haya de ser coronada con el éxito–, y sea personalmente honrado el que la capitanee; –a una campaña que no dé desde su primer acto vivo, desde sus primeros movimientos de preparación, muestras de que se la intenta como un servicio al país, y no como una invasión despótica; –a una tentativa armada que no vaya pública, declarada, sincera y únicamente movida del propósito de poner a su remate en manos del país, agradecido de antemano a sus servidores, las libertades públicas; a una guerra de baja raíz y temibles fines cualesquiera que sean su magnitud y condiciones de éxito –y no se me oculta que tendría hoy muchas –no prestaré yo jamás mi apoyo. –Valga mi apoyo lo que valga, y yo sé que él, que viene de una decisión indomable de ser absolutamente honrado, vale por eso oro puro, –yo no se lo prestaré jamás.

¿Cómo, General, emprender misiones, atraerme afectos, aprovechar los que ya tengo, convencer a hombres eminentes, deshelar voluntades, con estos miedos y dudas en el alma? –Desisto, pues, de todos los trabajos activos que había comenzado a echar sobre mis hombros.
Y no me tenga a mal, General, que le haya escrito estas razones. Lo tengo por hombre noble, y merece Ud. que se le haga pensar. Muy grande puede llegar a ser Ud., –y puede no llegar a serlo. Respetar a un pueblo que nos ama y espera de nosotros, es la mayor grandeza. Servirse de sus dolores y entusiasmos en provecho propio, sería la mayor ignominia.– Es verdad, Gral., que desde Honduras me habían dicho que alrededor de Ud. se movían acaso intrigas, que envenenaban, sin que Ud. lo sintiese, su corazón sencillo; que se aprovechaban de sus bondades, sus impresiones y sus hábitos para apartar a Ud. de cuantos hallase en su camino que le acompañasen en sus labores con cariño, y le ayudaran a librarse de los obstáculos que se fueran ofreciendo –a un engrandecimiento a que tiene Ud. derechos naturales.– Pero yo confieso que no tengo ni voluntad ni paciencia para andar husmeando intrigas, ni deshaciéndolas. Yo estoy por encima de todo eso. Yo no sirvo más que al deber, y con éste, seré siempre bastante poderoso.

¿Se ha acercado a Ud. alguien, Gral., con un afecto más caluroso que aquél con que lo apreté en mis brazos desde el primer día en que le vi? ¿Ha sentido Ud. en muchos esta fatal abundancia de corazón que me dañaría tanto en mi vida, si necesitase yo andar ocultando mis propósitos para favorecer ambicioncillas femeniles de hoy o esperanzas de mañana? Pues después de todo lo que he escrito, y releo cuidadosamente, y confirmo, a Ud., lleno de méritos, creo que lo quiero: –a la guerra que en estos instantes me parece que, por error de forma acaso, está Ud. representando, –no-.

Queda estimándole y sirviéndole

JOSÉ MARTÍ

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Déjà vu de país

Esas mujeres asustadas y ridículas qué representan?

Esas rejas de hierro donde está empotrado el escudo de La Habana no serán las mismas rejas que protegían al Capitán General de la Isla cuando era colonia de España?

Hoy no protegen los designios de otro General que mueve los tentáculos mientras juega parchís y se sirve un vodka con hielo ante otro (el mismo) país en ruina?

Solo es cuestión de tiempo. Muy poco tiempo. El general lo sabe mientras mueve su vodka con ahínco como si moviera un ejército en pleno.

Sino es este muchacho, que aún no está preso como los otros, vendrán más. Siempre vienen más en este país.

Es el mismo juego de roles de siempre:
-un@s tontos útiles que defienden el reino con un cartel o una porra o un fusil
-un general embebido en alcohol y autocrático
-un joven con su derecho y razón que acecha y siempre es acusado de anexionista.

Déjà vu de país

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Espera

Atiende inquieto la entrada de los proyectiles en la madera del techo: chirridos simples y sonidos fofos. Todo junto. Se recuesta a la pared de barro y flexiona lentamente las rodillas como si se dejara caer a una cama. Está muy cansado. Hace tres días lo expuso pero nadie le hizo caso: ralea de estúpidos oficiales, se dice, es el costo de un ejército inmenso y plagado de mocetes. Lo mismo pasó en San Juan de los Caballeros y fuimos blandos. Nunca se puede ser blando y menos con estos tipejos que son bosta de buey; malagradecidos hijos de su puta madre. Ahora dicen que uno de los oficiales mantenidos por el Rey, es uno de los instructores principales de estos marranos, suspira.  Da dos largas chupadas al tabaco y lo tira al suelo con rabia. No resiste mucho este cuartel y menos con los ánimos como están. Cierra los ojos y solo ve el río Ebro, engañoso, diamantino. Desea estar allí y no en esta isla perdida. Solo espera.

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Creo

Creo en las vacunas, en la savia y humildad del científico de la isla.

Creo en su empeño.

Creo que el 15 de noviembre, la fecha anunciada, está adecuada si se cumple  como anuncian el ciclo de vacunación. El mayor daño posible ya lo hizo el gobierno y la mayoría de muertes y contagios es resultado de su arrogancia, su sinsentido, su falta de objetividad al medir consecuencias.

Creo que han sido muertes evitables.

Creo que un día rendirán cuenta de ello.

Creo que un país, si depende su economía del turismo, debe abrirlo tan pronto sea posible. Lo mismo hizo España y otros.

Creo y quiero creer que esta tragedia, evitable en muchos grados, tiene que tener un final muy pronto.

Creo y quiero creer eso

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No se respira, Miguel

Miguel Díaz Canel, funcionario que reúne parte de los cargos del fallecido Fidel Castro y de su hermano Raúl Castro, celebra eufórico que funcione una planta de oxígeno medicinal.

Satisfecho publica en Twitter: «OxiCuba S.A. cumplió. En la madrugada de este sábado, se ha concluido exitosamente la reparación de la planta de oxígeno medicinal, asumida por técnicos cubanos y extranjeros. Se aliviarán las tensiones hospitalarias. Esto es #CubaPorLaVida».

Todos nos alegramos de ello: quién no va alegrarse de que se abastezca de oxígeno medicinal la red hospitalaria de la isla. Cuántos muertos no se hubieran evitado de estar funcionando?

Díaz Canel escoge muy bien el sitio para presentarse.

Él, o sus asesores de imagen, intentan resaltarlo como gestor de ese logro que, hablando en plata, es muy normal que una planta industrial de esa naturaleza funcione: lo inconcebible es no haber previsto esa contingencia que tanto dolor y muerte ha causado pero es que esa hornada de funcionarios no tienen vergüenza. No tienen piedad.

Viven en una Cuba paralela y la dirigen desde ese limbo.

Las cientos de muertes evitables que han sacudido a la isla pesan y cuentan más para el imaginario social que toda la caravana de facciones opositoras que por décadas han puesto el pecho al implacable brazo de la represión gubernamental.

Hoy sí está muy solo el general Raúl Castro en su laberinto. Allí teje y desteje los hilos del poder. Es una olla podrida de funcionarios que caen y vuelven a caer en la isla de las caídas y puertas giratorias.

Lo triste es que los muertos, como siempre, los ponemos desde el pueblo y la falta de oxígeno más todo lo demás ausente es para el pueblo.

Es que hace décadas no se respira, Miguel.

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Los seis y los cuatro grados: y los otros

Existe la teoría de los seis grados de separación. Formula que los grados de distancia con el ser más alejado en el globo son únicamente esos: seis.

Una teoría más reciente los reduce a cuatro ante la multiplicidad de las redes sociales o comunidades virtuales.

Cuando estudié la primera de las formulaciones saqué cuenta rápido y esgrimí a dos personas públicas y alejadas de mí: Obama/Fidel Castro. Del primero un amigo recibió un importante premio en sus manos, un abrazo y del segundo, la prima (trinitaria como yo) de un primo, era su esposa.

Con ese esbozo di por terminada la cuestión: ¡acientífico que soy! De cierta forma, me dije, soy optimista, ya está probada. Sé que no es para nada irrefutable pero me demostró que había algo. Una certeza, una corazonada y para las corazonadas siempre he sido un tonto.

Una teoría bella en su planteamiento siempre me seduce: como el aleteo de la mariposa y el Caos.

Pero cada vez que abro alguna red social solo veo horror, sufrimiento, la muerte inconcebible en personas sanas y jóvenes. Veo a mi país en el caos que lo ha llevado la ceguera política de unos cuantos privilegiados, la indiferencia de millones y el brazo armado de los primeros.

Hasta personas que vivían en una burbuja intocable y las cuestiones políticas les resbalaban estallan en sus muros, en el teléfono o en el grito de balcón a balcón.

Qué más hay que esperar para el orgullo de unos decisores ceda y el país, en sus voces de dirigentes pida, clame y acepte ayuda aunque sea del propio gobierno norteamericano que es también cínico y alimenta sus posturas de una casta de cubanos que viven de esa guerra.

Ya es hora de decir alto. Los cubanos en su mayoría han creído por seis décadas en eso que se ha llamado Proceso Revolucionario y al cabo de tantos años se han descubierto timados, no cuidados y prescindibles.

Omito aquí los cientos de presos por cuestiones políticas, que luchando por nuestro derecho a pensar diferente se consumen en calabozos: a esos los admiro y abrazo.

Ahora mismo Cuba está en la crisis más grande de su historia donde no existe una correspondencia entre cifras oficiales de muertes y las reales que afloran en las redes: el país va perdiendo, por desatención y falta de recursos, a muchos de sus hijos.

El orgullo político de unos pocos no puede estar por encima de la vida millones y si no lo ves así no solo eres un mal cubano eres un indolente hijo de puta.

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Las palabras que ahogamos

Existen palabras que no comprendemos hasta un momento determinado. Puedes buscarlas y analizarlas en los diccionarios pero ninguno te dará la dimensión exacta.

Sí, hay palabras que tienen dimensión, que pueden cuadricularse; hacernos una idea aproximada de su masa, convertirlas en un objeto físico más allá de su grafía.

Son palabras que te crucifican al enunciarlas, te desarman y relatan.

Cualquiera que haya emprendido el camino del exilio debió llevar consigo palabras como exiliado, desarraigo, paria, desterrado, extranjero y muchas más que llenan ese vacío que es estar lejos que es no estar.

Tengo una relación muy rara con las palabras, alguna me dan vueltas y vueltas y nunca se posan, hay otras que nunca las pronuncio porque sé me traen mala suerte, otras me definen, me delatan y las suelto casi como acción refleja en ese caos que define mi existencia.

Los mejores test de inteligencia son los de palabras o vocabularios que permiten medir mejor la comprensión del concursante.

Hay tantas palabras que callamos, que ahogamos sin estupor.

Son esos autotest los que mejor nos definen.

Tú, busca esas palabras y quizá te encuentres

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Los voluntarios involuntarios

En el retrato desolador de la Habana, solo digo y me perdonan o no los aludidos: apoyar hoy al gobierno en nombre de una tranquilidad nacida del ahogo del cuerpo de la nación es ser un puto cómplice de la represión.

No quiero Mantras aquí ni el Cuento de la buena pipa que te hacen algunos: esos megas se lo gastan en ver lo que la ntv no puso.

La burguesía de las dictaduras actúa igual desde la colonia: El mismo proceder, se escuda en sus zonas de confort, ya sea físico o ideológico.

Nunca he apoyado invasión alguna ni lo haré pero ya esto es demasiado.

No pido acción ni nada. Solo silencio, que ya es gritar.

En la ecuación social que gobierna en Cuba no hay saldo positivo ni honor ni civilidad ni derechos.

Esos escritores y artistas que se preocupan por su trascendencia y hoy levantan junto a la PNR y a los voluntarios del siglo XXI el mazazo al pueblo, les digo: hay un mañana

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Georges Simenon en la Habana

Un oficial de inmigración de Estados Unidos, uno de esos sujetos anodinos que se clonan en las kafkianas oficinas de frontera de cualquier país es el culpable que Georges Simenon deambule, casi un mes, junto a D. [Denise Ouimet, su segunda esposa] y sus dos hijos por una Habana llena de miseria, calor y vida nocturna. Todo aparece en su monumental libro Memorias íntimas.[1]

Es 1947. Cuba después de haberle declarado la guerra a Alemania pugna por salir adelante en paz, solo lucha con sus propias adversidades e imposibilidades, que son muchas. La Constitución del Cuarenta da un respiro y ofrece una plataforma de legalidad que como se sabe es muy endeble para la sarta de matones que bullen en la ciudad detrás del poder. Pende sobre este una amenaza que se respira y prospera una vida nocturna que ya quisieran Gomorra y Sodoma.

La filosofía de Yarini, el chulo tropical macho, remacho, y su barrio de tolerancia es solo recuerdo, símbolo. Ya el barrio del chulo es metástasis, es la ciudad. La noche cubana es una larga cama que se ofrece por unos cuantos dólares o quizá menos. Es el relajo como filosofía nacional. Al menos para el visitante la Habana ha sido tomada por un espíritu juerguista y prosaico.

Así lo cree ver Simenon en su visita azarosa a una ciudad que lo cautiva y mete de cabeza en orgías donde el voyerismo y el ménage à trois llevan la voz cantante. Cualesquiera que fueran las habaneras que ejercieron ‘el oficio’ entre Georges Simenon y D., quizá lo último que supieron es que se habían acostado o «divertido» con uno de los autores más fecundos, seductores y temperamentales del siglo xx.

A la primera integrante del ménage à trois se refiere como: «una chica negra hermosísima y con un cuerpo sin defecto alguno» y más adelante en las esperas habaneras el director del hotel donde se hospeda, que él cree pertenece al sindicato, Mafia, le recomienda otra casa de cita muy famosa entre turistas norteamericanos, y allí aparecen las siguientes: «Elegimos a dos mujeres, una rubia procedente de Dios sabe dónde, y una mulata bella y lasciva. En el patio, bebemos con ellas. Luego nos llevan a una habitación, donde estaremos cerca de dos horas. D. lo pasa tan bien que volvemos dos, tres veces, quizá más. La rubia nos regala, ruborosa, una foto suya, desnuda, en gran formato, y nos la dedica a los dos.»

Los nombres de las prostitutas no figuran pero dejaron marca en la afición que adquirió D. por ese tipo de relación. Afición que es un síntoma más de su enfermedad mental que conduce el matrimonio por un camino incierto, lleno de dolor y desamparo.

Lleva Georges Joseph Christian Simenon más de medio año deambulando por Estados Unidos, lo recorre como un loco en su régimen de vivir a tope y absorber la vida. Es un autor prolífico. Uno de los más prolíficos de la historia de la literatura. Solo necesita un trámite para hacerse residente allí: debe salir y volver a ingresar porque su pasaporte lleva un membrete de «Government Official» que lo hace ‘misionero’ del gobierno francés y le imposibilita la otorgación de la residencia. Cuba, le dice el oficial, queda cerca y de Miami salen muchos vuelos.

Se realiza el viaje a la isla y comienza la gestión del visado que demora mucho más de lo previsto. Entonces comienza la estancia para él en la Habana y en su noche. Que descubre pueden ser dos ciudades.

En la Habana el embajador norteamericano en persona le oficia de guía: lo escolta, le indica lugares, ofrece servicios de representación, y por último lo despide. También el embajador francés lo acoge con estima, así lo refiere Simenon en sus memorias: «… buen amigo. Es un hombre soltero, culto y gourmet. Comemos varias veces en su casa…», y como curiosidad apunta que tiene un prófugo de la justicia como chef: «y nos revela que su cocinero es un preso evadido de un penal.»

Debió parecerle la Habana una ciudad dislocada. Toma al vuelo algunas impresiones:

Calor: «El calor resulta mucho más agobiante que en Florida. Apenas se acuesta uno y las sábanas ya están empapadas. De noche se duerme mal, y de día no se puede a causa de las voces y de los cantos de las mujeres de afuera.»

Ruido: «La ciudad es ruidosa, los tranvías llevan a cuestas racimos humanos que uno siempre teme ver caer; los autos, muy viejos, se cruzan en todos los sentidos, se suben a las aceras y se acometen estridentemente con el claxon. El barullo es ensordecedor.

Al anochecer, en el Prado, se pasean grupos de muchachas, casi todas hermosas, mientras chicos de camisa blanca las piropean provocando alegres carcajadas.»

Pobreza: «Muchos mendigos por las calles, sobre todo mendigos cubiertos de andrajos que llevan en brazos a un niño lloroso.

–Alquilan los bebés por días. Las mujeres llevan en la mano una aguja con la que los pinchan cuando se acerca un posible cliente de próspera apariencia.»

Riqueza: «En La Habana hay fortunas iguales a las de Texas: los cinco o seis fabricantes de puros, por ejemplo, o los propietarios de las plantaciones de caña de azúcar. El dueño de la marca de habanos más célebre del mundo casó a su hija durante nuestra estancia en el país. Para esta fiesta, mandó venir de Estados Unidos a los dos conjuntos de jazz más conocidos. Se dice que, sólo en flores, gastó cincuenta mil dólares. Y que la fiesta le costó más de un millón.»

Esclarecido el estatus de Simenon con el gobierno francés obtiene el visado. De la embajada norteamericana anota: «Casi siento vergüenza al ver la cola que se prolonga ante la embajada, con gente que ha pasado toda la noche esperando y que tendrá, probablemente, que pasar aún una noche más».

Quizá la misma cola que  vio Simenon aquel día, nos decimos, es la cinta humana que permanecerá por años allí, a la vera de una visa tal como el creador del célebre comisario Maigret.

Antes eran solo D. y Simenon y una relación que se derrumba ahora se suma la afición de D. por los ménage à trois que ha recabado en la Habana y les provocará otros sinsabores a la pareja que va sin freno camino al desastre.

Lo último que beben es un daiquirí, para muchos la bebida nacional. Del otro lado del canal los espera un reluciente Buick para cruzar las zonas pantanosas de la Florida.


[1] Todas las citas proceden del libro: Georges Simenon: Memorias íntimas, capítulo XXVII, sin paginado. (Versión digital del autor).

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Un país zombi y Pello el Afrokán

La historia de Cuba también puede contarse a través de sus actos de repudio. Un vademécum apretado y preciso compendiaría ese recorrido por la historia de un archipiélago que tiene oficio en el arte de lo grande pero ese trazado está permeado de esas bajezas, de esas lengüetas en la narrativa del cuerpo nacional.

Un acto de repudio en Cuba contra un opositor procura en el fondo vaciarlo de significado; dejarlo sin su capacidad de expresión social; sin su estatura; sin su dignidad de ser contrario, llanamente: ningunearlo. Y es un crimen.

Esa ceremonia del poder la podríamos empotrar en algún resquicio del choteo cubano, la conocida maniobra insular de tirar a mierda cualquier acto trascendente. Pero es un simulacro que pretende igualar, y a la larga, desautorizar al otro que se impone, se manifiesta, se erige en portador de una verdad, de su verdad.

Pero en un país como Cuba, privado de democracia, donde se ensaya una sola verdad desde la narrativa del poder eso no es posible.

Un estado que ejecuta metódicamente un asesinato de reputación no es un estado, es una factoría con capacidad legislativa y actuar delictivo.

Y tiene ese estado, porque allí todo es suyo o le da el visto bueno, la responsabilidad en ese sentido: si se lanza una piedra o un coctel molotov contra un opositor detrás estará el estado cubano o esa zona franca que es Villa Marista: a estas alturas quizá algún coronel dirige todo el país a través de su walkie talkie.

Y desde ese territorio minúsculo que es su buró, donde bebe su café, resopla con hastío, ese coronel echa a andar a todo un país. Ese, su país; ese, un país zombi.

7366 kilómetros es la distancia física que puede separarte del origen natal pero desde cualquier lugar se puede estar cerca, incluso desde esa lejanía algunos pueden ver mucho mejor. Es la obsesión, la fe de miles de los que viven lejos, de los que han decidido alejarse pero pretenden y asumen que eso no implica abandono ni impide participar.

La gravitación de Cuba ante un país tan poderoso como Estados Unidos de América: ya sea por negación o por aceptación, ha definido a cada generación política y desde ese corsé han anclado los límites de los proyectos de país junto a sus posibles coordenadas de sobrevivencia.

Desde que los patricios de la nación, muchas veces hijos del rico colonialista español, vislumbraron la posibilidad de quitarse de encima al gobierno español, la circunstancia de tener cerca a vecinos tan ricos, aupados por el aura de libertad, condicionó ese camino.

Y en ese instante estaba ya la figura del voluntario como protagonista del acto de repudio junto a la sospecha de pretender, el opositor que lucha contra el poder imperante, la solapada anexión a la nación norteamericana. Esa última es la mayor mácula y saeta que invade cualquier proyecto político, lo escuece y lo zarandea.

No importa que todo movimiento libertario en Cuba haya sido ayudado de algún grado desde Estados Unidos, esa asistencia es una carga difícil de soportar y un error estratégico en lo ideológico a la hora de blasonar la futura independencia.

Los métodos usados por la prensa cubana en el siglo XXI parecen calcos a las del siglo XIX. Cuando no hay libertad de pensamiento todo se asemeja.

Y el acto de repudio es el mismo en el siglo XIX, XX o XXI: siempre una masa acéfala que agrede física o verbalmente al otro. Que asalta su espacio e intimida. Siempre con el apoyo tácito del gobierno que deja hacer desde la complicidad de la tolerancia o activamente con sus efectivos muchas veces de civil.

Hace décadas es un secreto a voces que cada efectivo de Tropas Especiales o del Minint en la Habana revolucionaria tiene entre sus uniformes reglamentarios uno del Contingente Obrero Blas Roca Calderío, otro de miliciano, además sus ropas de civil que emplean según el cuadro operativo.

Siempre el acto de repudio envilece y mata. Coarta la libertad de pensamiento y de movimiento. Es un crimen. Cuando se articula como expresión estatal a mitad del siglo XIX junto al cuerpo de voluntarios tienen los mismos rasgos que hoy. Una turba desprovista de legalidad que arrecia la presión social contra los núcleos opositores al poder. Baste solo recordar los sucesos del teatro Villanueva en 1869.

Unos años antes El Conde de Pozos Dulces reclamaba a aquella prensa virulenta de la Habana lo mismo que se le reclama hoy:

Confiados en el sentido común de los lectores, jamás hemos querido ocuparnos del periodismo habanero, sino para desahogar accesos de hilaridad que no otra cosa nos ha inspirado siempre la quijotesca y mercenaria defensa del gobierno (…) Personajes de mala ley que jamás supieron ganar el pan en el campo del trabajo y de la industria; que ni en la categoría de empleados tuvieron nunca la moderación suficiente para no abusar de la rapacidad tan lícita y provocativa en el mecanismo burocrático de nuestra administración; acogidos hoy al seguro de la impunidad que procuran siempre la celebración de la fuerza y la adulación al poder… [1]

Cuando el acto de repudio es enaltecido desde el gobierno esa turba que lo ejecuta cree festivamente que hace el bien y más si cuenta con el visto bueno de los medios de comunicación que los promueve con difamaciones o inexactitudes: asesinatos de reputación.

Entonces en ese contexto estamos asistiendo a un crimen de estado y muchas veces en esa clave festiva. Es tal la degradación moral que asistimos a una manifestación zombi. Un alarde de expresión corporal, una catarsis.

Si se analiza distintos testimonios visuales de algunos de esos actos de repudio en Cuba podemos ver la similitud entre estos y las propias expresiones carnavalescas de la cultura cubana: gritos, bailes, avanzadas a ritmo de conga; cuerpos que se pegan; violencia verbal y física; bramidos guturales, manos que se alzan y amenazan, invocaciones de pertenencia  y golpes en pecho, movimientos sincronizados en una puesta en escena para el poder.

Ese segmento memorable en el inicio del filme Memorias del Subdesarrollo, con música de Pello el Afrokán, sería la banda de música arquetípica para el acto de repudio. Allí vemos cómo dentro de la fiesta se comete un asesinato. La turba gira y gira, manotea, grita, ríe, bebe, no se desconcierta, abre momentáneamente un redondel en su cuerpo, y deja pasar el cuerpo del caído que es alzado en manos del poder, mira de reojo y prosigue en el baile.

Un baile que no cesa. El baile de la historia.

En Cuba, ni pensando igual que el poder se está exento de sufrir un acto de repudio. El Poeta Nacional Nicolás Guillén, en los años sesenta sufrió también el suyo. Lo vivió su esposa a 17 pisos por encima de la concentración que gritaba, según narra Guillermo Cabrera Infante en Vidas para leerlas: ¡Nicolás, tú no trabajas ná!/ ¡Nicolás, tú no eres poeta ni ná!

Poco antes, en la Universidad de la Habana, Fidel Castro, había dudado de la entrega del Poeta Nacional al trabajo productivo de la nación y había ensalzado al Indio Naborí que publicaba un poema casi a diario en la prensa.

Rebellón, es ese clásico funcionario de segunda que con el tiempo lo hacen desaparecer, guió a los estudiantes a la tángana a Guillén. Cada generación tiene sus oscuros funcionarios y sus voluntarios y sobre todo un pueblo que sabe mirar para el lugar indicado del baile para no ver nada, para seguir bailando.


[1] Francisco de Frías, Conde de Pozos Dulces: periódico La Verdad, 25 de diciembre de 1854.

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