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Biblioteca pública

Hace muchos años no leo: ni puedo ni hago algo parecido. Leer es un privilegio aquí y acullá. Me he adaptado a leer en formato digital: casi siempre libros pirateados, regalados o esas torturas que te envían algunos amigos escritores y hay que digerir sin chistar.

He visitado dos veces la biblioteca más cercana perteneciente al Sistema de Bibliotecas de West Palm Beach y siempre salgo agradecido de las maravillas que uno encuentra. Esa atmósfera me lleva a los pasillos de la biblioteca de Manicaragua, a la Provincial de Santa Clara o más allá a la del Obispado de Santa Clara que era un ir in crescendo en todo sentido donde tuve tantas amigas y amigos. Hoy uno de ellos está en pleno juicio político de esa dictadura atroz. 

Ir, buscar, devolver unos libros es también un recorrido por esos recuerdos: aunque no los lea y solo sea alguna maña posesiva. Una manera de regresar.

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La grasa

West Palm Beach y junio del 25. 

Hoy he ido al gimnasio a las 5 pm  y está a reventar de grasa: manteca abdominal y glúteos llenos también de grasa. Es un gimnasio de grasa por todas partes y de todas partes. 

La migra no ha venido por la grasa pero de venir tendría que ir mucho atrás porque también hay mucha grasa nórdica, grasa irlandesa: quizá fundacional. 

No, la grasa engrasa la economía.

País de grasa. 

La economía circular produce la grasa y todo el ecosistema se basa en ello: en crear enfermedades así como se arman guerras convencionales pero estas a nivel estomacal: más sutiles, van en plan de enfermar y luego cobrar por curarte. 

Es un circuito cerrado.

Ese ciclo es el bumerán social y todo lo demás es propaganda: en el el fondo es incubar toda una ralea de enfermedades que van del cáncer a la diabetes y de esta a todo lo imaginable. La economía se basa en ello. Solo hay que ver la inmensidad de comida basura como norma y culto.

Hago mi plan de ejercicios cercado por la grasa, asqueado de grasa y me regreso.

Sigo la dieta keto y me pongo una sencilla hamburguesa coronada con american cheese para honrar al país de la grasa, ese que me habita y honro.

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Libro de la semana

Por debajo de la mesa de Juan Abreu

  A lo bildungsroman Debajo de la mesa de Juan Abreu es una «emanación dilatada», volcánica y a la vez íntima: vaciado de la memorabilia del autor donde todo es arrastrado en su eyaculación desde la hecatombe revolucionaria a la paja.

Y de la paja se trata y de la no revolución cubana. Pero la paja como aventura emocional y la paja como cultura nacional porque de irse y venirse va este libro. Del recobro cubano. Del saldo nacional. Porque la revolución también fue la paja nacional.

Juan Abreu implosiona hace mucho desde la Barcelona cercana toda la plaga comunista que lo cerca hoy y lo cercó en el pasado. Este libro es su testimonio desde la intimidad de su familia, otra más que se largó de la isla de Cuba y él las catapulta en su corazón.

Su rabia es nuestra rabia pero eso sí su paja es solo suya. Su libro no podría llamarse Por encima de la mesa porque esa Cuba sí no existe ni toda la rabia del mundo la podría alimentar.

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23 de julio en una casa de la calle angarilla, Trinidad, 1851.

Tres años antes lo intentamos, pero una delación nos truncó el plan. Delación que pagó con la vida su autor, dice desde el fondo Arcis, que sonríe. Fernando, prosigue: como siempre advierte el general López, «que si en esta tierra no se hace algo con el asunto de las delaciones nunca será país», y sonríe, junto al estrépito general. Porque mira que hay acá gente con la lengua suelta, concluye Echerri.

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Marchar(se)

Uno que no es valiente y tiene el cuerpo a salvo, lleno de nutrientes, a 10 000 kilómetros, cómo podría exigir marchar, cómo podría exigir al hermano, a la hermana de tristeza y zozobra que salgan, que se inmole ante la barbarie y la sinrazón. Ante el totalitarismo y la muerte.

Cómo los hay que lo exigen y excitan cuando nunca lo hicieron allí?

Cuando solo verán la golpiza en una pantalla de teléfono.

Y van y cenan un risotto y hablan de la isla con el mismo ahínco puesto a una telenovela o al tema de moda.

Solo anoto que aunque todo sea, quizá un amago, ya no hay revolución, hace mucho que no, ya no hay empatía, ya no hay entusiasmo, hace mucho que no. Solo queda esperar que la muerte sepa que es muerte y de paso a la vida que se parece al 11 de julio.

Es cuestión de tiempo.

El gobierno cubano es un cadáver insepulto.

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EL ABRAZO

Cada vez que pensaba en un encuentro con el gran viejo deseaba que lo recibiera con las manos abiertas y lo estrechara contra su pecho de tiburón flaco. Llevaba años a la espera de ese encuentro: en la guerra grande, cuando se reunieron en el Zanjón, ya el otro había abandonado el país y todo se vino abajo. Al lado del general Carrillo, aguardó a que las tropas decisivas desembarcaran pero todo quedó en el intento y años después no tuvo más ocasión de abrazarlo que en un mitin en Tampa, organizado por ese Delegado, pero tampoco pudo, porque al comprar el boleto: al no entender muy bien el idioma inglés, confundió rutas, horarios y llegó retrasado. Hasta pensó embarcarse a Monte Cristi pero una enfermedad repentina lo condenó a estar tres años prácticamente encamado y cuando por fin llegó la hora del alzamiento se reponía de su dolencia, y fue muchos después que pudo embarcarse con una expedición tardía, al mando de un general olvidable, de los llamados a dedo.

Muerto ya el delegado y el lugarteniente, no quedaba más lumbrera que el gran viejo, que envolvía con su táctica maestra a las atrofiadas tropas españolas. Y entonces pensó que llegaría el gran día, que abrazaría de un vez por toda al generalísimo y por eso esmerábase en cada combate, en cada guardia, en cada exploración y con cada enfermo, pero todo quedaba en el intento, siempre el abrazo se esfumaba en cada oportunidad: en un combate en Las Villas, en un ingenio de Santo Domingo, se destacó tanto que pensó llegada la hora, pero un ataque español al amanecer obligó a que se dispersaran la tropas y fuera entregado su ascenso a comandante por otro jefe.

Las semanas pasaban y él sabía que ya era muy tarde para el abrazo, para estrechar al viejo. Con cada día pasado caían los obstáculos para el triunfo y para el desembarco norteamericano, ya la guerra estaba ganada y así fueron pasando los meses: al borde de los poblados, con apenas ropas y recursos para festejar. De vez en vez les obsequiaban ron y una noche celebró el nacimiento del primer hijo que le nacía en el monte y fue tal el gozó que se aventuró a realizar diez disparos al aire de su campamento cuando irrumpía la tropa comandada por el viejo, que venía crispado por el fracaso de las pláticas para cambiar el curso del tratamiento dado al ejército libertador.

El viejo general creyó ver plasmado el desorden del proceder, la desfachatez y el libertinaje atribuido a su ejército en ese oficial que disparaba embriagado al cielo de Cuba y no aguardó ninguna clase de explicaciones y se le vino encima hecho un rayo y le descargó cinco planazos que hicieron rodar al ebrio oficial desde su caballo hasta un lodazal. Y allí, cuando intentaba atenuar el dolor abrazando el escozor provocado por el metal en la espalda, descubrió, asombrado, al viejo general.

(Pertenece a un libro inédito)

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Dos libros hoy

Tres años hace que no compro libros. La razón: una vida nómada, de alquiler en alquiler; los precios y la facilidad del pirateo digital.

Los que me conocen saben que dejé una biblioteca interesante en mi país (al final buena parte la cedí a un amigo, de esos amigos que uno siempre le tiene cariño aunque ya no ande «en el vagón que es nuestra vida, donde tantos bajan y otros suben, así es el recorrido»).

Pues tres años viendo precios abusivos en libros vacuos y olvidables, de ello no escapan amigos que se autopublican y se sobrevaloran sin saber que este es un ecosistema cada vez menos lector y cada vez más renuente a pagar por un libro.

Hoy ha sido una excepción: he visto estos dos ejemplares a un precio decente y no he podido dejarlos ahí. En el olvido.

Saco el dinero: pero sé que es intentar regresar tres años atrás.

Allá donde todo está mal pero es nuestro lugar.

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Artículos

Georges Simenon en la Habana

Un oficial de inmigración de Estados Unidos, uno de esos sujetos anodinos que se clonan en las kafkianas oficinas de frontera de cualquier país es el culpable que Georges Simenon deambule, casi un mes, junto a D. [Denise Ouimet, su segunda esposa] y sus dos hijos por una Habana llena de miseria, calor y vida nocturna. Todo aparece en su monumental libro Memorias íntimas.[1]

Es 1947. Cuba después de haberle declarado la guerra a Alemania pugna por salir adelante en paz, solo lucha con sus propias adversidades e imposibilidades, que son muchas. La Constitución del Cuarenta da un respiro y ofrece una plataforma de legalidad que como se sabe es muy endeble para la sarta de matones que bullen en la ciudad detrás del poder. Pende sobre este una amenaza que se respira y prospera una vida nocturna que ya quisieran Gomorra y Sodoma.

La filosofía de Yarini, el chulo tropical macho, remacho, y su barrio de tolerancia es solo recuerdo, símbolo. Ya el barrio del chulo es metástasis, es la ciudad. La noche cubana es una larga cama que se ofrece por unos cuantos dólares o quizá menos. Es el relajo como filosofía nacional. Al menos para el visitante la Habana ha sido tomada por un espíritu juerguista y prosaico.

Así lo cree ver Simenon en su visita azarosa a una ciudad que lo cautiva y mete de cabeza en orgías donde el voyerismo y el ménage à trois llevan la voz cantante. Cualesquiera que fueran las habaneras que ejercieron ‘el oficio’ entre Georges Simenon y D., quizá lo último que supieron es que se habían acostado o «divertido» con uno de los autores más fecundos, seductores y temperamentales del siglo xx.

A la primera integrante del ménage à trois se refiere como: «una chica negra hermosísima y con un cuerpo sin defecto alguno» y más adelante en las esperas habaneras el director del hotel donde se hospeda, que él cree pertenece al sindicato, Mafia, le recomienda otra casa de cita muy famosa entre turistas norteamericanos, y allí aparecen las siguientes: «Elegimos a dos mujeres, una rubia procedente de Dios sabe dónde, y una mulata bella y lasciva. En el patio, bebemos con ellas. Luego nos llevan a una habitación, donde estaremos cerca de dos horas. D. lo pasa tan bien que volvemos dos, tres veces, quizá más. La rubia nos regala, ruborosa, una foto suya, desnuda, en gran formato, y nos la dedica a los dos.»

Los nombres de las prostitutas no figuran pero dejaron marca en la afición que adquirió D. por ese tipo de relación. Afición que es un síntoma más de su enfermedad mental que conduce el matrimonio por un camino incierto, lleno de dolor y desamparo.

Lleva Georges Joseph Christian Simenon más de medio año deambulando por Estados Unidos, lo recorre como un loco en su régimen de vivir a tope y absorber la vida. Es un autor prolífico. Uno de los más prolíficos de la historia de la literatura. Solo necesita un trámite para hacerse residente allí: debe salir y volver a ingresar porque su pasaporte lleva un membrete de «Government Official» que lo hace ‘misionero’ del gobierno francés y le imposibilita la otorgación de la residencia. Cuba, le dice el oficial, queda cerca y de Miami salen muchos vuelos.

Se realiza el viaje a la isla y comienza la gestión del visado que demora mucho más de lo previsto. Entonces comienza la estancia para él en la Habana y en su noche. Que descubre pueden ser dos ciudades.

En la Habana el embajador norteamericano en persona le oficia de guía: lo escolta, le indica lugares, ofrece servicios de representación, y por último lo despide. También el embajador francés lo acoge con estima, así lo refiere Simenon en sus memorias: «… buen amigo. Es un hombre soltero, culto y gourmet. Comemos varias veces en su casa…», y como curiosidad apunta que tiene un prófugo de la justicia como chef: «y nos revela que su cocinero es un preso evadido de un penal.»

Debió parecerle la Habana una ciudad dislocada. Toma al vuelo algunas impresiones:

Calor: «El calor resulta mucho más agobiante que en Florida. Apenas se acuesta uno y las sábanas ya están empapadas. De noche se duerme mal, y de día no se puede a causa de las voces y de los cantos de las mujeres de afuera.»

Ruido: «La ciudad es ruidosa, los tranvías llevan a cuestas racimos humanos que uno siempre teme ver caer; los autos, muy viejos, se cruzan en todos los sentidos, se suben a las aceras y se acometen estridentemente con el claxon. El barullo es ensordecedor.

Al anochecer, en el Prado, se pasean grupos de muchachas, casi todas hermosas, mientras chicos de camisa blanca las piropean provocando alegres carcajadas.»

Pobreza: «Muchos mendigos por las calles, sobre todo mendigos cubiertos de andrajos que llevan en brazos a un niño lloroso.

–Alquilan los bebés por días. Las mujeres llevan en la mano una aguja con la que los pinchan cuando se acerca un posible cliente de próspera apariencia.»

Riqueza: «En La Habana hay fortunas iguales a las de Texas: los cinco o seis fabricantes de puros, por ejemplo, o los propietarios de las plantaciones de caña de azúcar. El dueño de la marca de habanos más célebre del mundo casó a su hija durante nuestra estancia en el país. Para esta fiesta, mandó venir de Estados Unidos a los dos conjuntos de jazz más conocidos. Se dice que, sólo en flores, gastó cincuenta mil dólares. Y que la fiesta le costó más de un millón.»

Esclarecido el estatus de Simenon con el gobierno francés obtiene el visado. De la embajada norteamericana anota: «Casi siento vergüenza al ver la cola que se prolonga ante la embajada, con gente que ha pasado toda la noche esperando y que tendrá, probablemente, que pasar aún una noche más».

Quizá la misma cola que  vio Simenon aquel día, nos decimos, es la cinta humana que permanecerá por años allí, a la vera de una visa tal como el creador del célebre comisario Maigret.

Antes eran solo D. y Simenon y una relación que se derrumba ahora se suma la afición de D. por los ménage à trois que ha recabado en la Habana y les provocará otros sinsabores a la pareja que va sin freno camino al desastre.

Lo último que beben es un daiquirí, para muchos la bebida nacional. Del otro lado del canal los espera un reluciente Buick para cruzar las zonas pantanosas de la Florida.


[1] Todas las citas proceden del libro: Georges Simenon: Memorias íntimas, capítulo XXVII, sin paginado. (Versión digital del autor).

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